La Conferencia de Presidentes escenifica la ruptura total entre el Gobierno y el PP

Más que cooperación, lo que reinó fue confrontación, acusaciones y un clamor unánime de los presidentes populares por la convocatoria inmediata de elecciones generales y la insistencia de Sánchez de que serán en 2027.

Pedro Sánchez, Felipe VI y los barones autonómicos en la Conferencia de Presidentes. / La Moncloa
Pedro Sánchez, Felipe VI y los barones autonómicos en la Conferencia de Presidentes. / La Moncloa

El Palacio de Pedralbes acogió esta semana una Conferencia de Presidentes que lejos de fomentar la cooperación interterritorial, ha servido como escaparate de la parálisis institucional que vive España. Lo que debía ser un espacio de entendimiento entre el Ejecutivo central y las comunidades autónomas derivó en un enfrentamiento frontal entre el Gobierno y los presidentes autonómicos del Partido Popular. Las formas fueron gélidas desde el inicio, pero el fondo fue aún más devastador: no se aprobó ninguna propuesta y todas las iniciativas del Ejecutivo naufragaron sin el más mínimo consenso.

El presidente del Gobierno central, Pedro Sánchez, intentó imponer un tono conciliador en su intervención inicial, apelando a la “honestidad” y al “espíritu constructivo”, pero sus palabras cayeron en saco roto. Uno tras otro, los líderes autonómicos del PP exigieron la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones, convirtiendo el foro en un escenario de presión política coordinada. Para los populares, la legislatura ha llegado a su fin y el bloqueo institucional es insostenible.

La intervención de los presidentes del PP no fue casual ni improvisada. La exigencia de elecciones fue una acción sincronizada, diseñada desde la dirección nacional del partido. Alfonso Rueda, Juanma Moreno, Isabel Díaz Ayuso, Fernando López Miras y otros barones populares desplegaron una retórica común: España atraviesa una crisis institucional, el Gobierno carece de apoyos parlamentarios y no puede sacar adelante ni un solo Presupuesto. Incluso hubo críticas directas a la gestión de la financiación autonómica, el reparto de menores migrantes o la desigualdad en las inversiones territoriales.

Lejos de asumir el golpe, Sánchez se reafirmó en su calendario: no habrá elecciones hasta 2027. En lugar de diálogo, el presidente devolvió desdén y escepticismo, cortando intervenciones, riéndose ante las críticas y cerrando el foro con una conclusión lapidaria: “no hay consenso en ningún punto, por tanto, no se aprueba nada. Una declaración que resume el fracaso político del encuentro.

El Gobierno, sin propuestas claras ni capacidad de pacto

La reunión no solo estuvo marcada por la falta de acuerdos, sino también por las disputas simbólicas. Ayuso abandonó la sala cuando algunos presidentes hablaron en euskera y catalán, denunciando “una instrumentalización del pinganillo para hacernos sentir extranjeros en nuestra casa”. La cuestión lingüística volvió a convertirse en un arma arrojadiza, mientras que desde el PNV y el PSC se reivindicó su valor integrador.

Pero fue la amnistía el asunto que encendió las mayores alarmas. Ayuso pidió consultar a los ciudadanos sobre esta medida que, en su opinión, “altera los principios básicos de la convivencia”. Por su parte, el presidente socialista de Castilla-La Mancha Emiliano García-Page rompió el guion del PSOE al tildar de “obsceno” el acuerdo con Junts, acusando al Gobierno de pactar con un partido “de extrema derecha” y cuestionando su legitimidad.

Más allá del rifirrafe político, Sánchez intentó introducir propuestas como un pacto estatal por la vivienda o la regulación de los centros privados de Formación Profesional. Sin embargo, no encontró eco entre los presidentes autonómicos. Su plan para frenar la proliferación descontrolada de centros privados de FP fue interpretado como una medida sin consenso previo, lanzada de forma unilateral.

Además, el presidente anunció 175 millones para la educación infantil gratuita para familias de rentas bajas, un gesto que, en otro contexto, habría sido bien recibido. Pero en medio del ambiente de confrontación, pareció más un intento de desviar la atención que una propuesta sólida y compartida.

Una legislatura bloqueada, un país a la deriva

La Conferencia de Presidentes ha confirmado lo que ya se percibía en el ambiente político: España está bloqueada. El Gobierno no cuenta con mayoría estable, sus reformas están paralizadas, los presupuestos siguen sin ver la luz y el conflicto con los territorios se acentúa. La estrategia del PP pasa ahora por canalizar esta crisis hacia la calle, con una gran manifestación prevista para el 8 de junio en Madrid. Una señal más de que la batalla por el relato político ha abandonado los cauces institucionales.

Sánchez insiste en resistir, pero cada vez más voces —no solo del PP, también de barones socialistas como Page— cuestionan la viabilidad de una legislatura que nació frágil y que hoy parece inviable. El foro creado para unir a las autonomías se ha convertido en el espejo de un país dividido, con un Ejecutivo atrincherado y una oposición en pie de guerra. La Conferencia de Presidentes, en lugar de tender puentes, ha sellado la ruptura. Y eso, para una democracia, siempre es una derrota. @mundiario

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