Conferencia de Presidentes: la escenificación del pulso entre Feijóo y Sánchez

El Gobierno cede ante la presión del PP y acepta sus exigencias para evitar el plante en la Conferencia de Presidentes. Aunque Feijóo y sus barones celebran el logro como un triunfo político, el episodio deja al descubierto la creciente polarización institucional.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, Alberto Núñez Feijóo, líder del PP; y José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid. / @NunezFeijoo.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, Alberto Núñez Feijóo, líder del PP; y José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid. / @NunezFeijoo.

Lo que debía ser un espacio de diálogo y cooperación territorial, la Conferencia de Presidentes, ha vuelto a convertirse en un nuevo campo de batalla partidista. Esta vez, el Gobierno ha tenido que aceptar a contrarreloj todas las condiciones impuestas por Alberto Núñez Feijóo y el Partido Popular para evitar el plante de sus presidentes autonómicos en la reunión convocada este viernes en Barcelona. Aunque el Ejecutivo logra salvar la imagen institucional, lo hace a costa de una concesión que pone de relieve la erosión del espíritu de concertación que debería guiar a este foro.

El Partido Popular ha presentado el desenlace como una victoria. Según su relato, han logrado “doblarle el brazo” al Gobierno y colocar sobre la mesa hasta 16 temas, la mayoría ajenos al guion inicialmente propuesto por Moncloa. Desde financiación autonómica y déficit sanitario hasta inmigración o el caos ferroviario, las exigencias del PP han sido asumidas para desactivar un órdago sin precedentes. La amenaza de ausentarse de un foro presidido por el jefe del Estado era algo que, hasta ahora, solo habían protagonizado los partidos independentistas. Que el principal partido de la oposición se situara en esa misma línea es un síntoma preocupante del estado de nuestra política.

Más allá de la pugna por los puntos del orden del día, lo que realmente ha estado en juego es el control del relato. El Gobierno ha intentado preservar la normalidad institucional, aunque a costa de ceder terreno a un PP que buscaba exhibir fuerza y cohesión territorial. Feijóo, que había dado vía libre al plante de sus presidentes autonómicos, encuentra ahora una narrativa cómoda: ha forzado al Ejecutivo a respetar lo que considera un mandato reglamentario, basado en su mayoría en la Conferencia. Pero lo cierto es que el episodio esconde más ruido que sustancia.

La inclusión de los 16 temas no garantiza un debate de calidad, ni mucho menos una solución a los problemas planteados. Tal y como advirtió la portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, meter un listado tan amplio de cuestiones en una reunión de estas características puede dificultar más que facilitar los acuerdos. El PP, por su parte, ha utilizado la literalidad del reglamento para imponer una agenda política que responde más a una estrategia de confrontación que a una verdadera voluntad de diálogo multilateral.

La instrumentalización de la Conferencia de Presidentes no es nueva, pero lo ocurrido esta semana marca un nuevo nivel de deterioro. El foro, concebido para coordinar políticas entre el Estado y las autonomías, ha devenido en un escaparate de pulsos políticos, donde cada parte busca no tanto consensos como titulares. Esta vez, el PP ha logrado llevarse el suyo: ha evitado el plante sin perder la imagen de firmeza. Pero la pregunta es a qué precio.

El precedente es inquietante. Si cada partido con mayoría autonómica impone su voluntad bajo amenaza de boicot, se vacía de contenido la lógica del consenso que sustenta este tipo de órganos. El PP ha justificado su pulso apelando a la legalidad y al equilibrio institucional, pero no deja de ser paradójico que la defensa del Estado de derecho se ejerza mediante una actitud que bordea el desacato simbólico a la jefatura del Estado, al que supuestamente se respeta.

Tampoco resulta menor el hecho de que muchas de las propuestas del PP toquen competencias estatales, no autonómicas, como la reforma del Poder Judicial o la condonación de deuda. Este intento de desbordar el marco competencial por la vía de la presión política convierte la Conferencia en una mesa de reivindicación unilateral más que en un espacio de cooperación.

En resumen, la victoria que celebra el PP tiene más que ver con las formas que con el fondo. Ha ganado el pulso, pero ha contribuido a debilitar una herramienta clave de articulación territorial. El Gobierno, por su parte, ha preferido ceder para evitar una crisis institucional de mayor calado, pero ha aceptado unas condiciones que abren la puerta a futuras amenazas como método de negociación.

Este episodio no augura grandes consensos el viernes. Más bien, anuncia una cita marcada por la desconfianza mutua, el exceso de agenda y la ausencia de un horizonte compartido. La Conferencia de Presidentes, una vez más, corre el riesgo de ser víctima de su politización. Y con ello, los grandes retos del país —sanidad, vivienda, financiación, cohesión territorial— seguirán atrapados en el ruido, mientras el diálogo se diluye entre estrategias partidistas. @mundiario

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