En Francia estalla la burbuja socialista

Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa./RR.SS
Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa. / RR SS
Clásicos del socialismo francés, como es el caso de Martine Aubry, aunque con reticencias y dudas, apoyan el pacto, y reconocen que se inicia una etapa de necesaria reconstrucción socialista interna y externa.
En Francia estalla la burbuja socialista

De tiempo en tiempo, los partidos políticos necesitan romper con sus usos y costumbres, y con su propia cultura establecida, para no morir a manos de la rutina, aunque corran el riesgo de perecer en el intento. Cuando la profesionalización de los dirigentes y la esclerosis de la burocracia inmovilizan la acción política y generan resistencias casi insuperables, se hace imprescindible un golpe de timón, y abrir la ventana a ideas que pueden parecer heterodoxas, pero que obligan a establecer nuevos horizontes.

En España, el PSOE, entre el otoño de 2016 y la primavera de 2017, afrontó una dura y casi cruel crisis interna, que hizo estallar la burbuja en la que vivía. Estallido que algunos aún no han sido capaces de asimilar.

Para salvar su subsistencia tuvo que renunciar a ser el gran partido bipartidista de siempre, y asumir un derrotero de dudoso futuro que, si bien terminó llevándolo al Gobierno, lo situó en la terrible realidad fraccionada tanto política como socialmente que, tras 40 años de democracia “clásica” y estable, comenzó a vivir nuestro país.

Asombrosamente, aquella apuesta, sin dejar de generar sustos y sobresaltos -y a pesar de que tuvo que afrontar una crisis mundial prolongada, como la de la pandemia, y otras vicisitudes sobrevenidas-, logró ir superando lo que los clásicos llaman “un gobierno débil”, para ir generando una estabilidad de país, a la que aún le falta mucho camino por recorrer, pero que va abriendo vías a la esperanza.

Una estabilidad basada en un alto grado de pacificación del desgarrador conflicto catalán; en el tratamiento de la crisis a base de ERTEs y ayudas a empresas y a autónomos; en el alcance de una consistencia económica y social -desde la arriesgada doble subida del salario mínimo hasta la azarosa modificación de la reforma laboral que realizó la derecha en 2012, el crecimiento del empleo y de los contratos fijos, la mayor recaudación fiscal, la superación de los 20 millones de cotizantes a la Seguridad Social, la creación del llamado Ingreso Mínimo Vital, el camino a la disminución del déficit público y al menor coste de la deuda pública, o el logro de seis pactos sociales con Sindicatos y Patronal-; una mayor relevancia e influencia en la política europea (que acaba de reconocer la presidenta de la Comisión); así como una importante excepción en la política energética, a la que precisamente ayer la Unión Europea terminó de dar la definitiva luz verde.

Bien es verdad que, a pesar de todos estos logros, y de muchos más, como es el hecho de un funcionamiento prolífico y eficiente de nuestra vida parlamentaria, el Partido Socialista no parece haber sacado provecho propio (según lo que dicen las encuestas), incrementando su poder electoral, pero sí manteniendo sus posiciones, que no es poco cuando hay que navegar sorteando sucesivos escollos, teniendo que desarrollar negociaciones poliédricas, que cuando satisfacen a unos alcanzan la malquerencia de otros.

Personalmente -aun mirando con ojos críticos algunos errores de los que he dejado constancia en las páginas de este diario- me atrevería a hacer un balance positivo del convulso proceso iniciado en el otoño de 2016. Y que mantiene los resquemores y las dudas de los sectores más clásicos, o más conservadores, en las filas socialistas, amén de los temores de muchos ciudadanos, que podríamos considerar votantes clásicos o simpatizantes del socialismo, pero que aún sufren el desconcierto respecto a aliados coyunturales como son los partidos independentistas. Pero -sin ser ninguna casualidad- así es España: fracturada y diversa, porque su propia Historia la ha hecho de esa manera.

Hoy le toca al Partido Socialista francés el turno de hacer estallar su burbuja de confort, de costumbre, de rutina incluso. Tiene que hacerlo desde un punto de partida aún más difícil que aquél desde el que comenzó el PSOE, tras verse prácticamente pulverizado en las pasadas elecciones presidenciales. Aunque el declive venía ya desde 2017. Y tiene que hacerlo casi a las órdenes de un incómodo viejo tránsfuga de sus filas, como es Jean Luc Mélenchon, cuya radicalización le ha llevado a abrazar postulados populistas y nacionalistas, que ponen en cuestión algunos principios que siempre ha defendido a ultranza el socialismo francés.

La apuesta de la izquierda francesa trata de darle la réplica a las políticas de Macron -que en realidad carecen de un proyecto estratégico de país- y apuesta por ganar las elecciones legislativas para obligarle a un Gobierno de cohabitación correctora que, si sale bien, puede llevar a un proceso de reformas y transformaciones políticas, económicas y sociales como las que se han iniciado en España.

El Consejo Nacional del Partido Socialista francés ha aprobado, con un 62,3% de los votos, y 24 abstenciones, sumarse a esta apuesta de una izquierda coaligada, haciendo estallar el propio espacio de “confort” interno del socialismo galo, y generando el malestar, las dudas e incertidumbres de personajes que han sido una referencia clásica del partido, como Bernard Cazeneuve, ex-primer ministro con François Hollande, que ha anunciado su abandono del Partido Socialista. Otros clásicos del socialismo francés, como es el caso de Martine Aubry, aunque con reticencias y dudas, apoyan el pacto, y reconocen que se inicia una etapa de necesaria reconstrucción socialista interna y externa. Aunque habrá disidentes que mantendrán candidaturas separadas en algunas circunscripciones.

Aún no sabemos cuál será el contenido completo del programa de la Unión de Izquierdas, y menos aún, en su momento, el programa de gobierno, si llegan a ganar esta partida. Pero sí es cierto que hay algunos planteamientos de Mélenchon que marcan una cierta rebeldía hacia algunas políticas y estructuras de la Unión Europea (casi una blasfemia en el ambiente fielmente europeísta del socialismo francés): aunque en el pacto ha quedado claro que existe una línea roja ante cualquier planteamiento de salida de la UE o frente a cualquier propuesta de desintegración, al igual que ocurre en relación con la moneda única. Y ciertos cuestionamientos respecto a la OTAN: menos raros en una Francia que inició su andadura en la Alianza Atlántica sin participar en su estructura militar.

Dos temas que realmente necesitan una revisión importante. Una Unión Europea que -a pesar de sus aciertos en el afrontamiento de la crisis de la pandemia- tiene una quiebra subyacente de soberanía, donde su Parlamento no termina de tener el peso y la influencia de un legislativo pleno, y donde una Comisión elegida en segundo grado mantiene un fuerte poder ante la soberanía de los Estados miembros. Y que necesita revisar sus políticas y sus dependencias externas (quizá muy condicionadas precisamente por la OTAN) para llegar a ser una potencia verdaderamente autóctona, y ser tomada como tal por las otras potencias internacionales. Tal vez no le venga mal un revulsivo que obligue a una renovación, llegado precisamente de un país fundamental en su estructura como es Francia.

En cuanto a la OTAN, tampoco vendrá mal una reconsideración de su razón y de su forma de ser, si es que queremos verdaderamente que concluya una guerra fría que creíamos finalizada con la caída del muro de Berlín. Tal vez este planteamiento sea más difícil de entender en medio de una guerra invasora de Rusia, aunque -si lo miramos bien- la OTAN en sí no tiene legítimamente vela en esa confrontación.

La ventaja de esa coalición de izquierdas reside en dos decisiones importantes: en primer lugar, que cada partido que la integra podrá mantener su autonomía propia y su grupo parlamentario dentro de la Asamblea francesa: y eso dará juego -aunque Mélenchon llegue a ser primer ministro- para un debate y unas negociaciones capaces de generar muchos matices y condicionantes en la acción de gobierno. En segundo lugar -y vinculado a lo anterior- que se ha negociado con un reparto de circunscripciones electorales, en el que la Francia Insumisa de Mélenchon -consecuentemente a su potencia electoral lograda en las presidenciales- va a mantener una mayoría; pero en cuyo reparto el Partido Socialista, con un 12,13% de las circunscripciones, no queda tan mal parado, a la luz de la debacle electoral de hace pocas semanas.

La fórmula, sobre todo si moviliza un voto suficiente para la cohabitación, puede permitir a la Izquierda un diálogo y una contaminación mutua (en el mejor sentido), de los que no anda muy sobrada, y que puede llegar a ser fecunda de cara a movilizar transformaciones y alternativas que la sociedad francesa agradecerá. Porque la paradoja de la izquierda, en Francia y en España, es que no habla entre sí; pero que cuando lo hace, siempre surgen iniciativas de progreso. @mundiario

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