Trump y Xi consolidan la distensión global: comercio, Ucrania y Taiwán en una llamada clave
La diplomacia de las grandes potencias se ha activado esta semana con una sincronía poco habitual. En apenas 24 horas, el presidente de China, Xi Jinping, habló primero con su homólogo ruso, Vladímir Putin, y después con el presidente de EE UU, Donald Trump. El resultado no es menor: un nuevo paso en la distensión entre Washington y Pekín, dos rivales sistémicos que, sin renunciar a sus profundas diferencias estratégicas, parecen apostar por estabilizar su relación justo cuando el orden mundial está mutando.
La llamada entre Trump y Xi, descrita por el mandatario estadounidense como “larga y profunda”, abordó un abanico amplio de cuestiones comerciales y geopolíticas: desde la guerra en Ucrania hasta la situación de Taiwán, pasando por Irán, la cooperación energética y el comercio agrícola. Más allá del contenido concreto, el gesto político es significativo. Se trata de una conversación preparatoria de la cumbre bilateral prevista para abril en Pekín y confirma un cambio de tono en el segundo mandato de Trump, más alejado de la confrontación abierta que marcó su primera presidencia y en los meses de 2025 en los que declaró una alarmante guerra arancelaria al gigante asiático.
En el plano económico, la llamada dejó entrever que el comercio vuelve a funcionar como eje estabilizador de la relación bilateral. Trump anunció que China se ha comprometido a aumentar sus compras de soja estadounidense hasta 20 millones de toneladas, frente a los 12 millones previstos inicialmente. Para la Casa Blanca, este acuerdo tiene un fuerte componente interno, al beneficiar directamente a los agricultores del Medio Oeste, uno de los principales pilares electorales del presidente republicano.
También se discutieron las compras chinas de petróleo y gas estadounidenses, en un contexto en el que Pekín busca diversificar sus suministros energéticos mientras mantiene su estrecha cooperación con Rusia. Estos gestos económicos no eliminan los aranceles ni la rivalidad tecnológica, aún vigentes, pero sí rebajan la tensión y refuerzan la idea de una competencia gestionada, no descontrolada.
Taiwán, el límite de la distensión
Si el comercio acerca posiciones, Taiwán sigue siendo la principal línea roja. El comunicado oficial chino fue explícito: Xi recordó que la isla es “territorio chino” y pidió a Estados Unidos que gestione con “extrema cautela” las ventas de armas a Taipéi. El mensaje llega tras el anuncio, en diciembre, de la mayor venta de armamento estadounidense a Taiwán, valorada en más de 11.000 millones de dólares.
Según la versión oficial difundida por Pekín, Trump afirmó que comprende las preocupaciones chinas sobre Taiwán y se mostró dispuesto a mantener la comunicación abierta. Sin embargo, Washington mantiene su compromiso de suministrar armas a la isla, pese a no reconocerla formalmente como Estado independiente. La llamada no resolvió esta divergencia estructural, pero sí confirmó que ambas partes prefieren gestionarla mediante el diálogo, evitando escaladas innecesarias.
El contexto de la llamada es tan relevante como su contenido. Horas antes, Xi había conversado con Putin, quien calificó la relación con China como un “factor estabilizador en tiempos turbulentos”. Pekín y Moscú reforzaron su asociación estratégica, especialmente en materia energética y de coordinación en foros internacionales como la ONU, los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái (OSC).
Esta secuencia de contactos sitúa a China en el centro de un triángulo de poder que conecta Washington, Moscú y Pekín en plena guerra de Ucrania y en la antesala de la expiración del tratado New START, el último gran acuerdo de control de armas nucleares entre EE UU y Rusia. Trump insiste en que China se sume a futuras negociaciones de desarme, pero Pekín rechaza esa opción alegando que su arsenal nuclear es muy inferior al de las otras dos potencias.
Distensión sin ingenuidad
El deshielo entre Estados Unidos y China no implica un cambio de fondo en sus estrategias nacionales. Las doctrinas de defensa estadounidenses siguen considerando a Pekín como el principal rival estratégico, y la política de Washington hacia América Latina busca limitar la influencia china. Al mismo tiempo, el Pentágono ha mostrado interés en reforzar los canales de comunicación militar para evitar incidentes de consecuencias graves.
Desde la perspectiva china, la diplomacia telefónica con Trump y Putin responde a un objetivo más amplio de proyectarse como actor indispensable en la gobernanza global y defensor de un orden multipolar “más justo y equitativo”, una fórmula habitual del discurso de Xi frente a la hegemonía estadounidense.
El reto será sostenerla. Las diferencias sobre Taiwán, el comercio, la tecnología y la arquitectura de seguridad global siguen intactas. Pero, por ahora, Washington y Pekín parecen coincidir en algo esencial: en un mundo cada vez más volátil, hablar —y hacerlo con regularidad— es preferible a confrontar sin canales de comunicación. @mundiario




