Starmer mira a China sin soltar a Washington: la búsqueda británica de una relación “más sofisticada”
La visita de Keir Starmer a Pekín marca algo más que un deshielo diplomático tras ocho años sin un primer ministro británico en China. El viaje refleja una recalibración estratégica del Reino Unido en un contexto internacional marcado por la incertidumbre transatlántica, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y la presión interna sobre un Gobierno laborista que necesita mostrar resultados económicos.
Starmer intenta sostener un delicado equilibrio: reafirmar la histórica alianza con Estados Unidos mientras construye con China una relación que define como “estratégica, coherente y completa”, pero, sobre todo, “más sofisticada”.
El objetivo central del viaje es económico. China es el tercer socio comercial del Reino Unido y Londres mantiene con Pekín un déficit comercial cercano a los 42.000 millones de libras (unos 48.480 millones de euros). Starmer llegó acompañado por más de medio centenar de directivos y representantes empresariales, en una señal clara de que el Gobierno busca inversión, acceso a mercado y alivio a las tensiones derivadas de la dependencia británica de socios tradicionales.
El primer ministro ha insistido en que este giro no responde a afinidades ideológicas, sino a una lógica pragmática. “Prometí cuando llegamos al Gobierno (…) que el Reino Unido volvería a mirar hacia fuera”, afirmó ante Xi Jinping, vinculando la política exterior con cuestiones cotidianas como los precios o la seguridad económica. En ese marco se explican acuerdos como la ampliación del acceso temporal sin visado para británicos, las conversaciones sobre aranceles al whisky o el respaldo público a inversiones como la anunciada por AstraZeneca en China.
El telón de fondo del viaje es la creciente imprevisibilidad de Estados Unidos bajo Trump. Sus amenazas comerciales, su discurso sobre la OTAN y episodios como las referencias de anexar Groenlandia han sacudido a aliados históricos y acelerado una reflexión en Europa y el mundo anglosajón. Starmer se ha sumado a una tendencia visible: Canadá, Corea del Sur, Francia, Irlanda o Finlandia han reforzado en los últimos meses sus contactos con Pekín, buscando diversificar relaciones sin romper con Washington.
Desde Pekín, el líder laborista ha sido explícito al rechazar una lógica de bloques. Ha defendido que el Reino Unido no se verá obligado a elegir entre China y Estados Unidos y que su política exterior puede sostener vínculos sólidos con ambos. Para el Gobierno británico, el mensaje es claro: la “relación especial” con EE UU sigue siendo central, pero ya no basta por sí sola para garantizar crecimiento y estabilidad.
“Relación más sofisticada”: qué significa
Starmer ha descrito a China como un “actor vital en el escenario global” y ha abogado por una relación “más sofisticada”, una expresión que resume su enfoque. Se trata de cooperar donde existan intereses comunes —comercio, inversión, seguridad global— y, al mismo tiempo, mantener un “diálogo significativo” en los desacuerdos. El primer ministro ha asegurado que puede plantear cuestiones sensibles, como los derechos humanos o el caso del activista prodemocracia Jimmy Lai, sin poner en riesgo el conjunto de la relación ni la alianza con Estados Unidos.
Xi Jinping, por su parte, ha reconocido los “altibajos” de los últimos años y ha instado a “superar las diferencias y defender el respeto mutuo”, ofreciendo una “asociación estratégica sólida y duradera”. El mensaje chino encaja con su estrategia de atraer a socios occidentales en un momento de tensiones con Washington, apoyándose en su peso económico y en la promesa de estabilidad comercial.
El acercamiento no está exento de críticas. Sectores políticos y de seguridad en el Reino Unido alertan desde hace años sobre riesgos de espionaje y dependencia tecnológica. Bajo gobiernos conservadores, Londres restringió inversiones chinas y elevó el tono por la situación del deterioro democrático en Hong Kong. Incluso durante esta visita, esas preocupaciones siguen presentes, aunque Starmer ha optado por una narrativa de gestión del riesgo más que de confrontación abierta.
VIDEO | Starmer apuesta en China por el deshielo con Pekín tras casi dos décadas de fricción. pic.twitter.com/WyDydJYl7n
— EFE Noticias (@EFEnoticias) January 29, 2026
La reciente autorización para construir una megaembajada china cerca del distrito financiero de Londres, tras meses de bloqueo, ilustra ese cambio de enfoque: aceptar la relación, regularla y tratar de obtener beneficios, en lugar de congelarla.
La apuesta de Starmer no es una ruptura con Washington ni una alineación con Pekín, sino un intento de ampliar el margen de maniobra británico en un orden global fragmentado. En un momento en que la agenda de Trump introduce volatilidad y la economía británica necesita impulso, China aparece como un socio inevitable, aunque incómodo.
El reto para Londres será sostener esa “relación más sofisticada” sin erosionar la confianza de su aliado estadounidense ni alimentar tensiones internas. Por ahora, el viaje a Pekín deja claro que el Reino Unido de Starmer busca diversificar sin romper, negociar sin alinearse y adaptarse a un mundo en el que la dependencia de un solo eje ya no parece una opción viable. @mundiario


