La nueva NASA que moldea Trump: del liderazgo científico a la conquista comercial del espacio

La nueva estrategia del presidente de EE UU busca convertir la agencia en una lanzadera para los sueños de conquista de Marte de Elon Musk, sacrificando ciencia y liderazgo internacional en el proceso.

Donald Trump. / @TeamTrump
Donald Trump. / @TeamTrump

La NASA siempre ha representado el pináculo del ingenio humano, una institución pública dedicada a la investigación científica, la innovación tecnológica y la exploración del cosmos como patrimonio colectivo de la humanidad. Pero si algo dejan claro los primeros presupuestos del segundo mandato de Donald Trump, es que la era de la agencia espacial estadounidense como punta de lanza del conocimiento está en peligro. La nueva hoja de ruta del presidente no solo anticipa recortes históricos: reconfigura el propósito mismo de la agencia, convirtiéndola en una plataforma logística adecuada a la empresa espacial de Elon Musk y su ambición por colonizar Marte.

La propuesta presupuestaria de Trump para 2026 reduce en un 25 % los fondos de la NASA, cayendo de 24.900 millones de dólares a 18.800 millones. Pero la motosierra no es uniforme: mientras casi la mitad de los programas científicos serían eliminados, el presupuesto incluye una partida inédita de 1.000 millones de dólares específicamente destinada a la exploración humana de Marte. No es coincidencia. Este es el sueño personal de Musk, fundador de SpaceX, y piedra angular de su narrativa empresarial desde el origen de su compañía. En otras palabras, se financia con dinero público la aventura privada de un multimillonario.

El documento presupuestario lo dice sin rodeos: se quiere cancelar el programa de retorno de muestras marcianas de la misión Perseverance, entregar la exploración a los astronautas y priorizar “misiones emocionantes” sobre programas educativos. También se propone el desmantelamiento del SLS (el cohete más potente de la NASA) y la cápsula Orion tras Artemis 3, reemplazándolos por naves privadas como Starship, que ni siquiera ha demostrado aún ser capaz de alcanzar una órbita terrestre. Es una apuesta arriesgada que no responde a lógica científica, sino ideológica y empresarial.

Este enfoque rompe con el equilibrio que históricamente ha mantenido la NASA entre exploración tripulada y ciencia robótica. Las misiones científicas han sido claves para estudiar el cambio climático, monitorear desastres naturales, e inspirar generaciones a través del conocimiento del universo. Con Trump, ese legado parece considerado secundario o, directamente, prescindible. La cancelación de proyectos sobre el clima, la eliminación de fondos para aviación ecológica y el abandono de programas STEM que promueven vocaciones científicas son más que recortes: son señales de desprecio hacia la ciencia pública.

La carrera a la Luna, desplazada por Marte

Trump defiende esta transformación con una retórica nacionalista y marciana. Habla de “plantar la bandera” en Marte antes que nadie, como si el espacio fuese un campo de batalla geopolítico y no un esfuerzo común de la humanidad. Su prioridad declarada es que EE UU vuelva a la Luna antes que China —una meta que tiene sentido estratégico—, pero lo hace desmantelando la cooperación internacional, como la cancelación de la estación Lunar Gateway, en la que trabajaban la NASA y la Agencia Espacial Europea.

Mientras tanto, la Estación Espacial Internacional, símbolo de colaboración científica global durante décadas, se verá drásticamente afectada con un recorte de 508 millones. La NASA ya ha encargado su futura desorbitación a SpaceX, en una muestra más de cómo se transfiere responsabilidad pública a manos privadas sin un debate serio sobre consecuencias o beneficios sociales.

La designación de Jared Isaacman como próximo administrador de la NASA completa el viraje. Empresario del sector privado, protagonista de misiones financiadas por SpaceX, y crítico del actual modelo de la agencia, su visión responde a una lógica puramente de eficiencia económica. Aunque ante el Senado ha suavizado su discurso prometiendo mantener el programa Artemis en el corto plazo, sus prioridades son claras: primero Marte, luego el desmantelamiento del aparato público para dar paso a empresas como SpaceX y Blue Origin.

Trump no está simplemente recortando a la NASA: está redefiniéndola. Pone fin al modelo científico-tecnológico de exploración abierta y lo reemplaza por uno utilitario y privatizado, donde el Estado asume los costes y los riesgos iniciales para que luego las empresas capitalicen los beneficios. Lo que debería ser un esfuerzo común, sostenido y basado en el conocimiento, se convierte en una carrera a medida de intereses corporativos, envuelta en un discurso nacionalista de “grandeza nacional”. @mundiario

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