El PP endurece su política migratoria para disputar el terreno a Vox en plena ola ultra en Europa

La tensión de los populares entre pragmatismo y estrategia electoral para evitar perder fuelle ante la ultraderecha se evidencia en las autonomías con mayor presión migratoria, como Andalucía, Murcia o Canarias.
Alberto Núñez Feijóo en la Junta Directiva Nacional del PP. / Partido Popular
Alberto Núñez Feijóo en la Junta Directiva Nacional del PP. / Partido Popular

La inmigración se ha convertido en uno de los grandes ejes de la política española y, de forma creciente, en un campo de batalla electoral. El Partido Popular, bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, ha decidido dar un giro restrictivo a su discurso en materia migratoria con el objetivo de frenar la fuga de votantes hacia Vox, una formación que no solo crece en las encuestas nacionales, sino que se inspira en el auge de la ultraderecha en Europa.

El viraje comenzó hace más de un año, en plena campaña de las elecciones catalanas y europeas. Desde entonces, los populares han ido asumiendo postulados que hasta ahora parecían exclusivos de la ultraderecha, como la vinculación entre inmigración irregular e inseguridad o la necesidad de un modelo de integración más exigente. Este fin de semana, en una reunión en Murcia, los barones populares avalarán el plan diseñado por Génova, que plantea un endurecimiento normativo con medidas como la reforma del Código Penal para expulsar a extranjeros que cometan delitos, restricciones al uso de símbolos religiosos como el niqab y el burka en espacios públicos, y la priorización de la inmigración hispana frente a la africana.

La estrategia, pilotada por figuras del ala dura del partido, como Rafael Núñez, cercano a la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, responde a la percepción de que la inmigración es uno de los principales problemas señalados por la opinión pública. Los sondeos internos del PP muestran un respaldo transversal, incluso entre votantes socialistas, a propuestas como la expulsión de inmigrantes que delincan. Sin embargo, dentro del partido no faltan las voces que llaman a la prudencia: algunos dirigentes temen que asumir el tono bronco de Vox pueda movilizar a la izquierda y alejar al electorado moderado de centroizquierda, clave para las aspiraciones de Feijóo.

La tensión entre pragmatismo y estrategia electoral se evidencia especialmente en las regiones con mayor presión migratoria, como Andalucía, Murcia o Canarias. En esos territorios, dirigentes populares admiten que la economía local —especialmente en sectores como la agricultura— depende de la mano de obra inmigrante, y que el verdadero reto pasa por la integración social y laboral. Frente a la visión catastrofista de Vox, en estos sectores del PP se insiste en que el futuro debe construirse evitando guetos, garantizando la educación de los hijos de inmigrantes y promoviendo la convivencia.

La competencia electoral con Vox

Mientras el PP ajusta su posición, Vox intensifica su ofensiva. El partido de Santiago Abascal ha desplegado campañas en lugares como El Ejido (Almería), donde acusa tanto a socialistas como a populares de “repartir ilegales”. Sus líderes defienden abiertamente la polarización como estrategia y miran a referentes europeos como la primera ministra Giorgia Meloni en Italia o la líder de la oposición Marine Le Pen en Francia, convencidos de que la ola ultraderechista acabará consolidándose también en España. Los últimos sondeos sitúan a Vox entre el 15 % y el 18 % de intención de voto, cifras que igualan o superan sus mejores resultados históricos.

El fenómeno no es aislado. En buena parte de Europa, los partidos ultraconservadores han logrado imponerse sobre las formaciones tradicionales, alcanzando incluso el poder mediante coaliciones con fuerzas conservadoras. La referencia es nítida: en Italia, Meloni gobierna con la Lega y Forza Italia; en Países Bajos, Geert Wilders pactó con los conservadores antes de romper por discrepancias en migración; y en Francia, Le Pen ha consolidado un bloque de apoyo sin precedentes. Vox aspira a seguir esa estela, convencido de que su futuro pasa por convertirse en alternativa de Gobierno y no en mero socio del PP.

En este escenario, el desafío para Feijóo es doble. Por un lado, debe evitar que Vox capitalice el descontento social ante la inmigración, como ha ocurrido en otros países europeos. Por otro, corre el riesgo de diluir la imagen de moderación con la que pretende atraer al votante centrista desencantado con Pedro Sánchez. La línea que separa competir con Vox y parecerse a Vox es cada vez más fina, y en ese equilibrio se juega buena parte del futuro político del PP.

La batalla por el voto en torno a la inmigración refleja no solo la pugna entre PP y Vox, sino también la influencia de una tendencia continental que ha reconfigurado el tablero político europeo. España aún no ha vivido un sorpasso de la ultraderecha, pero las encuestas sugieren que el desenlace de esta disputa marcará la próxima etapa electoral. @mundiario

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