El dilema de la derecha: cómo frenar a Vox sin fortalecerlo

Las encuestas disparan a la ultraderecha por encima del 17% y abren un debate incómodo en el PP: endurecer el discurso puede ser la mejor manera de alimentar al adversario.
Ilustración sobre la lucha del PP contra Vox. / Mundiario
Ilustración sobre la lucha del PP contra Vox. / Mundiario

La última encuesta de 40dB. para El País y la cadena Ser ha confirmado lo que ya se intuía: Vox no solo resiste, sino que crece con fuerza. Supera el 17% en intención de voto y se lleva casi un millón de antiguos votantes del Partido Popular. El interrogante es evidente: ¿qué alimenta este ascenso y quién es realmente responsable?

En el PP reconocen su inquietud. Vox no deja de ser una escisión suya, y su crecimiento amenaza con complicar la ecuación de la derecha. La dirección de Alberto Núñez Feijóo confía en que el fenómeno sea coyuntural, pero las fugas se acercan al 16% de su electorado. La paradoja es cruel: aunque el bloque de derechas roza la mayoría absoluta, cuanto más crece Vox, más se debilita la autoridad de Feijóo.

El Gobierno, por su parte, no tiene dudas: el PP es culpable de haber abierto la puerta al radicalismo al endurecer su discurso, sobre todo en inmigración. Al competir con Santiago Abascal en el terreno del miedo y la indignación, Feijóo estaría abonando el terreno que pretende contener. El paralelismo con el auge de Podemos en 2015 es ilustrativo: el PSOE resistió entonces porque se negó a copiar el discurso de su adversario. Si el PP no toma nota, corre el riesgo de engordar al monstruo.

Los populares, en cambio, señalan a Pedro Sánchez. Acusan al presidente de “vivir de Vox” y de haber hecho del enfrentamiento con la ultraderecha una pieza central de su estrategia. Según este relato, es el Gobierno quien agita el fantasma ultra para dividir a la derecha y blindar el liderazgo socialista.

Pero la explicación es más compleja que el eterno cruce de reproches entre PP y PSOE. Vox crece porque conecta con malestares sociales de fondo, en un contexto europeo en el que las extremas derechas avanzan sin cesar. El fenómeno no se entiende sin el impacto de las redes sociales, convertidas en un ecosistema de desinformación y emociones extremas que la ultraderecha ha sabido colonizar antes que nadie. Mientras tanto, las instituciones reaccionan con lentitud.

El problema para el PP es que la estrategia de radicalización tiene un límite. Abascal siempre podrá ir más lejos, obligando a Feijóo a decidir hasta dónde quiere acompañarle. El ejemplo de Isabel Díaz Ayuso, celebrando la confrontación permanente, es tentador para parte de la derecha. Pero ese camino puede llevar a la irrelevancia de los sectores moderados y, a la larga, a la hegemonía de Vox.

En el horizonte inmediato, las elecciones en Castilla y León y Andalucía pondrán a prueba la estrategia popular. Si Vox se dispara en Castilla y León, Feijóo se verá de nuevo atrapado en la necesidad de pactar con ellos, aunque haya prometido lo contrario. Y esa visualización de un Gobierno compartido puede resultar letal para su aspiración de liderar en solitario.

La izquierda tampoco tiene una receta clara. Sánchez insiste en polarizar y presentarse como el dique frente a la ultraderecha. Yolanda Díaz apuesta por lo contrario: medidas sociales que devuelvan esperanza y reduzcan la bronca. Ambas estrategias parecen parciales.

Lo único cercano a un consenso es que la imitación es suicida. Copiar el discurso ultra nunca debilita a los ultras: al contrario, les da legitimidad. El gran desafío de la derecha española, y también de la democracia, no es tanto quién señala a Vox como encontrar la manera de frenarlo sin convertirse en su reflejo. @mundiario

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