El giro migratorio de Feijóo bajo el influjo de Vox

La evolución del discurso migratorio del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, revela no solo una adaptación táctica al empuje de la extrema derecha, sino también una deriva ideológica preocupante.
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario

Pocos temas condensan de forma tan clara la mutación discursiva del Partido Popular como la cuestión migratoria. El caso de Alberto Núñez Feijóo resulta paradigmático. En 2018, como presidente de la Xunta de Galicia, ofrecía su comunidad para acoger a personas rescatadas por el barco Aquarius, apelando a una “política humanitaria” que debía mantenerse al margen de la contienda ideológica. Hoy, sin embargo, ese mismo episodio lo describe como “un barco lleno de inmigración ilegal”. Un salto retórico abismal que no responde a una transformación reflexiva, sino a una presión creciente: la que ejerce Vox sobre la agenda y el relato de la derecha española.

Lo que estamos viendo es el efecto arrastre de la ultraderecha sobre el PP, y no solo por una cuestión de alianzas puntuales en gobiernos autonómicos. Es una absorción simbólica, una colonización del discurso que arrastra al partido fundado por Fraga hacia territorios donde antaño nunca se habría sentido cómodo. El discurso de Feijóo, cada vez más afín al de Vox, apunta a un vínculo directo entre inmigración y delincuencia, entre descontrol migratorio y desprotección ciudadana. Todo ello aderezado con apelaciones a la “inmigración que se integra” frente a una “irregularidad que vive de ayudas”, trazando una frontera moral entre buenos y malos pobres.

Este viraje no es un fenómeno aislado, se enmarca en una tendencia continental en la que la derecha tradicional ha optado por competir con los ultras no desmarcándose, sino acercándose. En vez de construir un discurso firme desde el liberalismo clásico o el conservadurismo moderado, cede terreno, asume marcos conceptuales y reproduce eslóganes, esperando que la imitación contenga la sangría electoral. El resultado, como ya se ha visto en países como Italia, puede ser justo el contrario: la dilución del espacio de centro-derecha y el refuerzo de sus rivales más radicales.

Feijóo, en su intento de parecer más firme que Vox, no solo traiciona su pasado político, sino que demuestra una preocupante falta de brújula ideológica. Sus declaraciones recientes tras los disturbios en Torre Pacheco son reveladoras: equipara la violencia racista sufrida por menores migrantes con el descontrol gubernamental, deslizando que la llegada de inmigrantes ilegales es el verdadero problema. Lo hace además sin atender al contexto, sin mencionar las agresiones xenófobas ni el clima de odio alentado desde ciertos sectores mediáticos y políticos.

El endurecimiento de este discurso va más allá de una simple estrategia electoral. Tiene consecuencias concretas sobre el terreno. En comunidades gobernadas por el PP en coalición con Vox, como la Comunidad Valenciana o Murcia, ya se han vivido episodios en los que medidas de acogida o protección social han sido rectificadas o paralizadas por presión de la extrema derecha. En muchos casos, los menores no acompañados se convierten en el chivo expiatorio de una narrativa que busca rédito político a costa de los más vulnerables.

Frente a esta deriva, voces autorizadas han alzado la voz. Desde la sociedad civil, Lourdes Reyzábal, presidenta de la Fundación Raíces, ha denunciado la frivolidad con la que se usan los discursos de odio como moneda de cambio política. Desde dentro del propio PP, figuras como José María Lassalle han advertido del riesgo que supone esta cercanía con el modelo de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, cuyo ascenso ha dejado poco más que cenizas en lo que fue la derecha moderada italiana.

El verdadero problema de fondo no es solo la dureza del discurso, sino la falta de un proyecto propio. El PP actual no lidera, reacciona. No propone, responde a Vox. Y en ese terreno, siempre será percibido como una copia, no como el original. Vox no necesita gobernar cuando ya impone el marco del debate desde la oposición. Cada vez que el PP endurece su tono, la extrema derecha gana un poco más. Y mientras tanto, los verdaderos desafíos de la inmigración —la integración real, la gestión de flujos, la protección de menores, el acceso al empleo o la lucha contra las redes de trata— siguen sin respuestas eficaces.

España, como toda Europa, necesita un debate sereno, informado y responsable sobre inmigración. Pero eso no se logrará con declaraciones alarmistas ni con discursos diseñados para captar votos en la franja más temerosa del electorado. Se logrará, si acaso, con políticas públicas sostenidas, con compromiso con los derechos humanos y con una narrativa que no olvide que, tras cada migrante, hay una historia. Y que muchas de esas historias son ya parte de la nuestra.

El gran reto del Partido Popular no es ganar a Vox en su terreno, sino demostrar que aún tiene uno propio. De lo contrario, como advirtiera Lassalle, el laboratorio italiano podría convertirse en un espejo muy incómodo. @mundiario

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