PSOE y PP: entre el desgaste del poder y la ansiedad por alcanzarlo
El 21º Congreso del Partido Popular ha confirmado lo que ya era evidente desde hace meses: Alberto Núñez Feijóo controla por completo su partido y lo encamina con paso firme hacia un único objetivo, conquistar La Moncloa. La elección de perfiles duros como Miguel Tellado y Ester Muñoz en puestos estratégicos indica que el PP ha optado por la confrontación directa, aprovechando el momento de debilidad del Gobierno y, especial, del PSOE. A su alrededor, se ha cerrado filas con un entusiasmo casi unánime, hasta Isabel Díaz Ayuso, habitualmente díscola, ha dejado aparcada su ambición para sumarse a la coreografía de unidad. Ahora bien, a Feijóo le fue bien en Galicia ninguneando a Vox, pero está por ver que le vaya bien en España con tanta comprensión hacia la extrema derecha, eso sí, maquillada por Tellado al advertir de que Feijóo fija su línea roja ante Vox: o Gobierno en solitario o repetición electoral. Mientras, el PSOE reacciona, pero a remolque.
La escenografía no oculta un dilema central: cómo llegar al poder sin entregarse demasiado a Vox, socio necesario en muchos gobiernos autonómicos y cuyo ideario está muy alejado del centro liberal que Feijóo dice representar. La nueva ponencia sobre inmigración, más dura y difusa a partes iguales, es un ejemplo de este juego de equilibrios con la extrema derecha. Mientras tanto, la idea de establecer contactos con Junts, antes anatematizada, muestra hasta qué punto el PP está dispuesto a explorar cualquier fórmula de geometría variable que le permita gobernar sin un socio único, pero sin dejar de contar con Vox si las cifras no dan para más.
En esta búsqueda del poder, el PP parece haber aparcado la autocrítica. En su congreso no hubo referencias a los casos de corrupción que llevaron al partido a la condena judicial en el caso Gürtel. Aznar y Rajoy reaparecieron con energía para golpear al PSOE, pero no para mirar al espejo. Esa omisión alimenta un discurso que, por momentos, roza la hipérbole: la España de Sánchez como una suerte de Venezuela chavista. La sobreactuación puede movilizar al electorado más fiel, pero también alejar al votante moderado, que no necesariamente comparte el marco de confrontación total.
Al otro lado del tablero, el PSOE vive sus horas más oscuras en mucho tiempo. Pedro Sánchez ha logrado el apoyo casi unánime de su partido en el último comité federal, pero lo ha hecho bajo el peso de un nuevo escándalo que afecta a su entorno más próximo. La caída de Francisco Salazar, antes de asumir el cargo, por acusaciones de comportamientos inapropiados, ha dejado en evidencia lo que muchos en el partido ya temían: que los círculos de confianza del presidente han generado más problemas que soluciones. La destitución de Santos Cerdán tras su ingreso en prisión –provisional– ha sido un mazazo simbólico para un partido que se presenta como garante de la regeneración democrática.
El pleno parlamentario de esta semana pondrá a prueba hasta qué punto la coalición aún puede sostenerse
El PSOE reacciona, pero a remolque. Las medidas internas para combatir la corrupción han sido recibidas con escepticismo por sus socios de Gobierno, en especial por Sumar, que exige más ambición, más reformas y más distancia con las zonas oscuras del poder. Las tensiones internas afloran, y aunque nadie quiere unas elecciones anticipadas –suponen que solo beneficiarían al PP y a Vox–, el malestar crece y la confianza se erosiona. El pleno parlamentario de esta semana pondrá a prueba hasta qué punto la coalición aún puede sostenerse.
Una cuerda tensa
El tablero político se ha convertido, en definitiva, en una cuerda tensa. El PP espera que el desgaste del Gobierno le permita llegar al poder, aunque sea con socios incómodos y sin un proyecto nítido. El PSOE intenta resistir, aferrado a sus logros legislativos y a la lealtad de unos aliados que cada vez dudan más. Mientras tanto, Vox gana terreno entre los jóvenes y Sumar lucha por no diluirse. A izquierda y derecha, los extremos empujan. En el centro, la política española parece haber perdido su equilibrio.
La democracia, como sistema y como cultura, necesita más que alternancia: necesita exigencia, coherencia y autocrítica. Hoy, ni el PSOE ni el PP parecen dispuestos a asumir plenamente ese compromiso. El primero se atrinchera frente al escándalo. El segundo se blinda frente al pasado. Y el país, en medio, contempla cómo la política se convierte, una vez más, en un campo de batalla donde ganar importa más que gobernar. @mundiario



