¿Es Vox el socio o el verdugo del PP? La encrucijada de Feijóo

El Partido Popular se asoma a un dilema que marcará su futuro inmediato: mantener un perfil propio o dejarse arrastrar por la ola ultraderechista que capitaliza Vox.
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP y Santiago Abascal, líder de Vox. / Mundiario
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP y Santiago Abascal, líder de Vox. / Mundiario

El arranque del nuevo curso político ha devuelto al PP a su peor pesadilla: la hemorragia de votos hacia Vox. Los barómetros más recientes coinciden en la magnitud del problema: en torno a un 16 % de su electorado se ha fugado hacia el partido de Santiago Abascal. No es solo un dato estadístico, es un síntoma político. Un millón de votos pueden parecer recuperables en abstracto, pero en un escenario tan polarizado, ese trasvase amenaza con consolidarse y reconfigurar el tablero de la derecha española.

En la sede de Génova el análisis es inquietante, aunque no siempre compartido en público. El discurso oficial de Feijóo se aferra a la idea de que el bloque de derechas suma más que nunca y que, por tanto, la victoria es posible. Pero debajo de esa narrativa late una contradicción: Vox ya no es solo un socio incómodo para alcanzar mayorías, sino un competidor directo que puede condicionar toda la estrategia del PP.

La respuesta de los populares ha sido, hasta ahora, un endurecimiento del tono. La consigna parece clara: “el centro está muerto”. El problema es que ese epitafio puede ser también el del propio PP. Al renunciar al espacio moderado, que históricamente le dio sus mayores victorias, Feijóo corre el riesgo de convertir al partido en un satélite de Vox. La reciente utilización del ya célebre “me gusta la fruta” en redes sociales —una forma velada de insultar al presidente Sánchez— es sintomática de esta deriva. El líder que aterrizó en Madrid prometiendo respeto y templanza se ha dejado arrastrar al terreno del exabrupto.

El giro no es casual. Desde hace meses, las voces internas repiten que el votante de derechas “demanda contundencia”, sobre todo frente al nacionalismo y la inmigración. El PP cree que si no ocupa ese espacio, lo ocupará Vox. Pero la estrategia plantea un dilema elemental: ¿hasta dónde puede imitar el PP a la ultraderecha sin perder su identidad? Si se radicaliza, los electores más centristas se pueden dispersar o abstenerse; si se modera, los ultras le arrancan votos por la derecha.

El problema no es exclusivo de España. En Europa, desde Francia hasta Italia, los partidos conservadores tradicionales han sufrido el mismo dilema. Allí donde intentaron competir en el terreno de la ultraderecha, acabaron debilitados. Marine Le Pen y Giorgia Meloni son los ejemplos más claros de cómo los extremos devoran al centro-derecha cuando este carece de una estrategia diferenciada. Feijóo debería leer esas experiencias como advertencia, no como manual de imitación.

Además, el PP afronta un calendario que no admite errores. Castilla y León y Andalucía serán los próximos termómetros electorales. El primero, con un Vox en ascenso y un Mañueco vulnerable, puede convertirse en un laboratorio del coste político de depender de la ultraderecha. El segundo, con un Moreno Bonilla que insiste en mantener un perfil moderado, será el contraste más evidente con la estrategia de la confrontación. Dos elecciones, dos modelos, y un mismo interrogante: ¿qué PP sobrevivirá?

No faltan dirigentes que advierten de los riesgos. El crecimiento de Vox, dicen, no se explica únicamente por factores coyunturales —la dana, los incendios o la indignación con Sánchez— sino por una desafección más profunda hacia un PP que no termina de ilusionar. Feijóo, percibido como un líder correcto pero gris, no logra conectar con una parte de la derecha que reclama un relato emocional, más que racional. Y ahí Vox ha sabido ocupar el vacío con un discurso simple, directo y cargado de símbolos.

La gran paradoja es que mientras Génova insiste en que “la gente pide más dureza”, el votante indeciso —ese que decide elecciones— observa con recelo esta escalada verbal. Los insultos velados, la crispación constante y la ausencia de propuestas concretas pueden dar oxígeno a Vox, pero también desgastar la credibilidad de quien aspira a gobernar.

En el fondo, el PP se debate entre dos almas: la que busca construir una mayoría amplia y centrista, al estilo de los tiempos de Aznar y Rajoy, y la que prefiere una derecha sin complejos, confrontativa, que renuncie a la moderación. La primera garantiza estabilidad; la segunda puede proporcionar titulares inmediatos, pero a costa de hipotecar el futuro.

El “centro está muerto”, repiten algunos dirigentes. Quizá lo que está en crisis no es el centro, sino la capacidad de los grandes partidos para representarlo. Y si el PP renuncia a ser esa fuerza aglutinadora, alguien más lo ocupará, ya sea en el espacio progresista o en nuevas formaciones que emerjan ante el desencanto. La historia enseña que los vacíos políticos rara vez duran mucho tiempo.

La cuestión no es si Vox crece o no, sino si el PP está dispuesto a dejar de ser alternativa para convertirse en rehén. Porque gobernar con la ultraderecha no solo significa compartir escaños: implica aceptar su agenda, sus prioridades y, en última instancia, su cosmovisión. Y eso es lo que debería inquietar a Feijóo, más allá de las encuestas de septiembre. @mundiario

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