La IA es un gran reto de futuro para el sistema escolar
La acumulación de informes y tristezas burocráticas, que Remedios Zafra empezó a poner en evidencia en 2017, desde su análisis del Entusiasmo o Precariedad y trabajo en la era digital, ayuda a observar sus reflejos en el sistema educativo. Sobre todo, si se recuerda que su debilidad ya era notable antes de que el trumpismo de Elon Musk y asociados, como Zukerberg o Pável Dúrov, completaran un círculo que Dante podía haber puesto en el Inferno. La historia escolar ya había acumulado una larga tradición de violencias censoras sobre supuestos desvaríos cognitivos de la doxa y, en especial, sobre quienes hubieran entendido que “enseñar” implicaba “educar”, “liberar” y verbos afines a la autonomía personal. En el periplo educador, los pasos intermedios de lo burdo y lo sutil han producido control, obediencias cómplices y una desmemoria de constantes negligencias silenciosas. Prueba relevante es que, en lo que atañe a una educación común, las limitaciones que había antes de la Constitución de Cádiz, acomodaron en su articulado la exclusiva doctrinal de la Iglesia Católica, de modo que leer, escribir y contar reflejaran su verdad única. En 1851, el Concordato determinó ese mismo horizonte a la Ley Moyano en 1857 y, desde 1953, alcanzó a condicionar, en 1979, el panorama que tiene hoy enmarcado en continuidades limitantes de las políticas educativas.
El único momento histórico en que el Estado ha asumido autónomo un compromiso serio con la educación de todos fue el de la CE31, que apenas duró cinco años. Desde 1936, un peculiar derecho educativo apartó a las/los estudiantes “selectos” de la desidia con que la escuela pública -cuando la había- limitaba las capacidades de los demás. En 1957, la doctrina oficial aseguraba que, frente a “las doctrinas subversivas” del “ser tradicional de los españoles”, “el Nacionalsindicalismo” había edificado “un sistema orgánico sobre el campo escombrado de la realidad nacional”. Después de la Transición, la gestión del artc. 27 de la CE78 -que debiera haber fortalecido la equidad educativa- dio pie a los partidarios de su fragilidad para continuar teniendo mucho predicamento, de modo que conjuntar su “universalidad” y “libertad” sigue siendo confuso. Los viejos acuerdos, en combinación con beneficios económicos contables, colonizan la Educación e impiden que la Administración pública construya una “casa educadora común”, en que todos puedan “habitar” y “ser” ciudadanos.
Durante este tiempo, la entrada de las TIC en los circuitos educativos ha ido a más desde los años ochenta y, sin corregir la siempre incompleta atención a un amplio sector del alumnado, además de reproducir inequidad, plantea nuevos problemas. La posibilidad de los candidatos a docentes para formarse individualmente on-line es un negocio que copan fondos de capital riesgo y, sin que su eficiencia se vincule a la convivencia de todos, esta tecnocracia acorta el aprecio a la educación común. Por otro lado, la existencia de políticas y políticos para quienes esta educación de todos no está entre sus ambiciones, favorece que la información, gracias a la IA, pueda subvertir mejor las cualidades que debería tener. La imparable presencia de las plataformas digitales quiere rentabilizar sus algoritmos y genera una alienante inseguridad -parecida a la del Internet mutante-, en que la creciente robotización de las actividades productivas precariza el valor de las aulas para cuantos interaccionan en ellas. Docentes y alumnos ya experimentaron durante la pandemia una híbrida comunicación digital que hizo sospechar que, en vez de profesores, podrían ser más útiles, por más baratos, los dispositivos tecnológicos. Muy turbadora es igualmente la saturación que, con Fake news, memes e incitaciones al copieteo del corta y pega, o supuestos divertimentos -a cuenta de inocentes- pueblan situaciones disruptivas de un trabajo escolar coherente y valioso. El entrenamiento de los algoritmos puede abrigar tendencias poco favorables a la justicia social, al funcionamiento democrático y a la simple convivencia; en la Red, incluso el odio, como informa MUNDIARIO, pretende aprovechar el supuesto anonimato para hacer daño. Son muchos, por tanto, los frentes que la IA abre, en la escuela, a su obligada presencia en el currículum y, sobre todo, en las metodologías apropiadas para aprovechar la multiplicidad informativa que propicia. Prohibirla es poner puertas al campo, y formar docentes que sólo “bancaricen” saberes es contradecir la deontología profesional que los capacite para gestionar que el alumnado aprenda a construir conocimiento desde la pluralidad cognitiva y actitudinal.
¿Un espacio de todos?
La IA y los móviles son una oportunidad para revisar a fondo las exigencias que una escuela valiosa debe tener. Desde los años cincuenta -sin contar los anteriores-, la gran cuestión escolar en España siempre fue que una creciente “libertad” de centros, individualista y competitiva, ha contradicho la equidad del derecho a una digna educación. Lograda la escolarización universal, la robotización informativa con que trabaja la IA es ambigua, y sería lamentable que fortaleciera la idea de que todo el alumnado padece el mal de escuela, que decía Pennac. Hoy no es de todos, ni para todos; no cubre las necesidades de buena parte del alumnado, ni lo capacita para moverse con igualdad de partida en el rudo engranaje relacional y laboral. Las leyes presupuestarias siguen sin estar de parte de su equidad, y la atención a una escuela pública -que a. veces se demanda blindar- es “residual” frente al creciente peso de la privada y concertada. Si el sistema ya era alérgico a “todos” los educandos, la reciente interferencia de la IA en su hábitat anima a múltiples agentes económicos, culturales y políticos, a ampliar las señas de una privacidad segregadora. Una mayor exclusión externa –unida a la no corregida internamente en muchos centros- debilita, más todavía, el criterio de lo justo e injusto que rige el derecho ciudadano a una educación digna.
Conjuntar voluntades para cuidar qué deba ser educar hoy y cómo hacerlo plantea una ética universal que el trumpismo -muy militante en España- no propicia. Los señores de los medios de producción, que siempre han dispuesto de medios para involucionismos, tienen su mejor cómplice hoy en la anfibológica presencia de la IA en móviles y aparatos digitales, que hacen accesible pasar de la información al conocimiento, pero también embaucan y distraen en la mentira. Cuando nos llevaban de excursión y cantábamos Montañas nevadas, el espectro de “lo normal” no cambiaba aunque cantáramos: Vamos a contar mentiras, tralará. De modo parecido, la “normalidad” de estos útiles electrónicos puede ser una trampa para que el sistema educativo sea de todos. Si no se atiende la sutil influencia de sus dominios, mutilará más el derecho a una “buena educación”; se resentirá la solidaridad con los otros y con el medio. La “universalidad” educativa, si falsifica la “libertad” escolar y digital, seguirá siendo -entre mucha palabrería- la Ciudad ausente de que hablaba María Zambrano en 1928: “todo son allí puntos de partida, problemas para la mirada”, los ojos sólo “la sueñan”, aunque esté en el intelecto “en presencia ideal, llena de gracia”. @mundiario


