Empieza a ser difícil que el sentido de lo que hacemos no esté robotizado
Es cada vez más frecuente que aparezcan en conversaciones coloquiales referencias a la IA. Su facilidad para avanzar trabajos de cierta rutina rapidiza proyectos operativos en gran variedad de asuntos e, incluso, aconseja remedios y soluciones para tratar problemas muy variados. Su sistema operativo, nutrido de gran cantidad y amplitud de información tiene, incluso, sobrada capacidad para configurar una armonización de sentido. Si el usuario tiene una perspectiva global, en que encuadrar esa mecánica, puede sacarle mucho partido sin complicarse la vida, como puede comprobarse en las versiones estandarizadas, al alcance en cualquier móvil. Lo confirman los equipos de investigación compleja, necesitados de muchos más megabytes para procesar secuencias de información, en que las múltiples variables a considerar permitan relacionar causas y efectos de algún fenómeno o predecir modelos de comportamiento, sean de tipo estrictamente físico o, más aleatorios, sobre comportamientos humanos.
Sin embargo, los malos usos generan inconvenientes. En todos los sectores de actividad, tras las diferencias o coincidencias críticas, no pocas son de clase; no es igual el juicio que le merezcan a un alto ejecutivo, que ha de rentabilizar al máximo la producción de lo que sea al mínimo coste, que lo que diga un obrero que, según vaya el ritmo de la empresa, puede quedar fuera de juego al implementarse un sistema digitalizado al que le sobre personal. Pero, además, en la entraña de la IA, al margen de esta perspectiva, hay aspectos que afectan a todos. Este instrumento tecnológico puede ayudar o estorbar la convivencia colectiva, exige una regulación que evite su degradación mediante abusos diversos. Urge, por tanto, a una conversación democrática, alejada de ruidos más aptos para la confusión que para la transparencia.
Distinguir el orégano en el monte
La IA, asociada al tráfico de comunicación en las redes sociales y a la fácil disponibilidad de los móviles en todas las edades, puede entorpecer en niños y adolescentes su autonomía personal, condicionándola bajo apariencia de libertad, diversión y facilidad de entretenimiento. Ha multiplicado los problemas de bullying en colegios y escuelas, que asociados a los que genera el acceso al porno, la desinformación y los bulos -que propagan grupos y empresas interesadas en su consumo-, evidencian carencias de las familias y del sistema educativo. Lo malo no es que algunos tabúes hayan encontrado un modo de transgredir reglas curriculares y conductuales distintivas del “niño malo y del niño bueno”, que decía Mark Twain, sino el daño causado a las sinapsis neuronales para procesar la información que trasladan, sólo comparables a la nadería que condenan también a las personas adultas, al manipularlas en cuestiones relevantes. Por ejemplo, qué merece la pena comprar y consumir; qué hábitos desarrollar en situaciones dubitativas como pueda ser la del voto democrático o, sobre todo, qué pensar y opinar, qué criterios seguir para poder escoger y decidir de manera autónoma.
Dejarse llevar por las proposiciones que solapadamente induce –de modo nada inocente- el uso de las redes sociales, hasta hacer parecer que algo concreto es lo mejor a defender o hacer, está en la esencia de la relación de la IA con el aprendizaje de las personas. Dicho de otro modo, que en este debate el inocente es el que cree que los instrumentos tecnológicos son neutros, no albergan intereses detrás y que han aparecido para que haya más armonía en la Tierra. Los algoritmos que los gobiernan tienen capacidad sobrada para transmitir predeterminados sesgos a los usuarios. Cualquiera puede comprobarlo a poco que haga una búsqueda en una gama de productos; antes de que caiga en la cuenta, le propondrá determinadas compras en ese mismo segmento y que no se canse en averiguaciones. Por contra, en lo que atañe a reclamaciones -administrativas o de cualquier género-, las desviaciones de respuestas sustituyen con su silencio o lentitud a la queja de Mariano José de Larra sobre el “Vuelva usted mañana” .
Tal vez sea urgente advertir que lo sucedido en Extremadura, y ayer mismo en Aragón –a la inversa de Portugal-, aconseje repensar qué haya acontecido en el pasado reciente y en el más sobrepasado. Mientras los actores de la vida política recalculan su posición en los afanes de los votantes –sin parar de disputar sobre sí mismos-, en el tablero geopolítico hay movimientos de fondo que obligan a mantenerse despiertos para ver cómo los algoritmos de la razón matemática rentabilizan la oscura utilidad de “que inventen ellos” (Continuará). @mundiario


