Las Bolsas se inquietan por lo que pasa en el interior de Irán
Carlos Bousoño, irónico, escribía en 1947 que “Los ríos van a la mar/el mar a las playas de moda/de manera que el mundo está bien hecho./ Sobre esta cuestión no puede discutirse. Mas si alguien/quisiera alzar su voz contra el aserto,/le taparíamos la boca con la prueba más firme: el General…/. El “orden en las filas” a que aludía, y “la bueno mano” que había tenido para hacer lo que había hecho, y “la armonía preestablecida” para hacerlo, no le llevaban a decir que, “en general”, las playas todas de este mundo eran suficientes para bañarse “en el más general regocijo del General en Jefe”. Mutatis mutandis -que solía decirse para cambiar la temporalidad de lo que se cuenta- no parece que hayan cambiado tanto. La tentación es decir que no ha pasado nada desde entonces, y que todo sigue ahí. En 2026, en pleno marzo, el comandante en jefe americano aparece como el gendarme de un orden en que el mundo debiera ser otro, pero su empeño en que lo sea no tiene “buena mano”; solo logra que las playas de medio mundo sean más peligrosas.
La que fuera cuna cultural del mundo occidental, sometida a cursilería imperial, repite una indignidad de mortandad sigilosa que, sin pausa ni concierto, no cesa de mover trenes que atraviesan la noche, medio furtivos, repletos de niños, mujeres y personas que desde Palestina, Beirut, Teherán, Abu Dabi y otros países del Golfo Pérsico, reviven Treblinka y Auschwitz, Berlín y Dresde, a los huidos de Guernica, la “desbandá”de Málaga, y a los dspavoridos de Benasal, Ares del Maestre, Villar de Canes y Albocácer, en el Maestrazgo. Aquellas pruebas de precisión para la Legión Cóndor ya no cesaron; las ciudades alemanas -en que los aliados combinaron fósforo y metralla para destruir mejor gran parte de las de Europa Central- y una buena parte de Londres quedaron muy tocadas. Pero, Hiroshima y Nagasaki señalaron hitos nuevos para un terror que, en Corea y Vietnam, y en las masacres del Congo, Uganda y Ruanda, no cesaron de ser paradigma de nuevo orden imperial en Sudamérica, y en sucesivas batallas en unas u otras ciudades de ese no bien llamado “Oriente Medio”. Incluso, en las violentas maneras de operar la policía en tantas partes de EE UU, los ICE (fuerzas de inmigración) de Trump actúan como si las raíces del mal cainita –el personaje de la Biblia que mató a su hermano-, hubieran rejuvenecido una vez más.
Este clamor por una crueldad renovada contra Irán -y su área de influencia-, artillada con misiles, drones y aviones de última generación, más acerados y rápidos que antes, más digitalizados por sus fabricantes para que las bombas caigan certeras sobre objetivos prefijados, concita en este momento muchas banderas, patrias y paladines feroces. Invasores y depredadores de lo que es de otros, forman compactas filas, ordenadas en escuadras que comandan mentes cuadriculadas, cerradas a toda razón que no sea la del nuevo orden imperial. Hasta en los Parlamentos se discute, con palabras duras como piedras, si conviene o no ponerse del lado del más fuerte, empeñado en imponer su ley arbitraria. Sus “intereses”, amoldados a lo que diga el nuevo “Rey sol”, le hacen sentir como el emperador de cuanto se mueva en el mundo, cuidadoso de que sus negocios crezcan al ritmo cambiante de sus previsiones en una guerra de la que tan bien dice que “está casi terminada” como que “no parará” hasta acabar con el potencial bélico de los ayatolás. El más contento es, Netanyahu, su Grigori Rasputín particular, que trata de cumplir la misión que se arroga de lograr, cual nuevo Saúl, que la “tierra prometida” alcance, caiga quien caiga, su máxima extensión e influencia en esa área codiciada en toda la Historia.
¿Confianza?
Al resto de vasallos, les empieza a inquietar. Si no por los principios que están en juego -Derechos Humanos, Derecho Internacional, fundamentos y Estado de Bienestar de la UE, y supuestos avances en el concierto multilateral de los pueblos-, al menos, porque el comercio, el gas y del petróleo, tan determinantes en los hábitos productivos y relacionales de la vida cotidiana de la gente, no aguanta bien tanta violencia. Tampoco la vida democrática y las elecciones, inminentes para el propio candidato a emperador en este arriesgado juego. La confianza es fundamental según la Bolsa, y en el nuevo orden que quiere imponer el supuesto soberano absoluto desde la Casa Blanca, implica excesivo “desorden”. Por más que quiera parecer lúcido con tanto poder concentrado en sus manos, su desprecio a cuanto desde el final de la IIGM constituyó “el viejo orden” -como le llama su fámula Von der Leyen- asoma cataclismos en las gasolineras, en los fertilizantes y precios del gasóleo agrícola, y una cadena de causas y efectos interminable para quien quiere cambiar el pasado para comandando el futuro. Como si de un cuento se tratara, los garbanzos y las patatas, el queso y la mantequilla, la leche y los tomates, pronto repercutirán en las bolsas de compra este imperialismo tramposo.
En cuanto al derecho internacional y los derechos humanos, un arma de destrucción de neuronas ya está en marcha entre cuantos siguen esta desquiciada serie televisada. Si Alberti ya sentenciaba en 1941 que “la paloma se equivocaba”, y que en vez de ir al norte había ido al Sur confundiendo mar con cielo, trigo con agua, y noche con mañana, desnortados parecidos han roto la supuesta unidad en política exterior; la parcialidad partidista del conservadurismo, reservona en lo suyo, culpa por si acaso al Gobierno. Estos patriotas, inmisericordes con el “no a la guerra” no quieren -como en 1990 y 2003, sobre todo- que sea el ideario de todos. No les espanta, sin embargo, qué pueda venir tras la fecha de caducidad al “viejo orden”, cuya Declaración de Derechos tanto costó redactar en 1947. Quieran o no -pues el vacío no existe en política-, el colonialismo que dibuja la mano del Comandante en Jefe americano, exhibe una soledad única ante la que deban desfilar sumisos, con sus banderas y estandartes humillados porque, como certificaba Jorge Manrique, los ríos sigan yendo “a dar a la mar, que es el morir”. @mundiario


