Las emergencias que nunca lo son
Cuántas emergencias anunciamos que no se secundan porque siempre hay otras prioridades. En esto España tampoco es ajena. Del drama de los desahucios ya nadie se acuerda. Los okupas también resisten en las trincheras y Madrid no es el centro del universo.
Igual les resulta familiar. Es una emergencia la falta de sanitarios en la red pública de Salud que abusa, pese a la reforma laboral, de precariedad y contratos temporales. Madrid no es el centro del universo aunque lo intenten. También lo es la carencia de maestros y docentes en la universidad, de científicos y hasta de mano de obra manual cualificada. Otra emergencia es salir de la crisis y según quien hable, o no es tanta o hemos salido de ella con pírricas tasas de crecimiento rayando el cero.
Es otra emergencia acabar con la sangrienta invasión rusa en Crimea, pero no por las miles de muertes y millones de desplazados que ponen en evidencia la solidaridad europea, sino porque nos afecta al bolsillo por el alza del gas y el petróleo. O sea, es una emergencia económica y no humanitaria.
Sin embargo, en esa invasión las incoherencias políticas beneficia la venta de armas y el reciclaje de balística diversa descatalogada como hace Alemania. Para calmar la moral, Berlín vende armas a terceros en vez de suministrar directamente a Kiev para que no se diga.
Luego está la emergencia climática que nunca es emergencia porque está recalificando su categoría entre: ”infierno climático “ y “holacausto medioambiental” sin ponernos de acuerdo en salvar el ecosistema aunque cada año consumanos tres planetas. En su lugar vestimos las glorietas con perfume de CO2, asfixiamos las ciudades hasta niveles nada salubre y los mandatarios a la cumbre de la Tierra en Egipto viajan en jets privados, para evitar colas en los aeropuertos.
Por culpa de Ucrania en guerra, en vez de estimular el fin de los fósiles y las renovables, damos coartada a los hidrocarburos para no enfriar aún más ni las economías ni los muebles del salón. Nunca es emergencia suficiente aunque el jefe de la ONU haya proclamado hace unos días desde el atril a los cuatro vientos lo de: “O cooperamos o perecemos”. Tampoco es una emergencia cumplir, al menos en España, el principio de “quien contamina paga” y que las peores catástrofes medioambientales ocurridas en el país queden impunes y las sufrague al final el contribuyente.
Es una emergencia que las familias ahorren para pagar impuestos sin importar si llegan a fin de mes. O que las reiteradas promesas de ayudas no lleguen sin tanta burocracia a su destino. No lo es por contra financiar seriales de TV sobre el guapo inquilino de La Moncloa, la multimillonaria campaña institucional para culpar a los españoles de “derrochólicos” en energía, que el Banco de España sufrague paradores lujosos en la costa para disfrute de sus funcionarios a cargo del erario público, el aparente descontrol de los fondos europeos que nos iban a sacar de la crisis y llevar a los cielos, o que se quiera costear un nuevo NODO que todos echábamos de menos.
Pagar impuestos tanto para la sanidad pública universal como para la privada y resulta que no tenemos médicos suficientes en las consultas porque racaneamos sueldos miserables acordes a la categoría profesional en el noble oficio de salvar vidas.
La atención en urgencias o la curación de las dolencias graves no son una emergencia sino un arma de batalla política. Como si la precariedad médica se diera sólo en Madrid y en el resto del país estuviéramos estupendos. Hay comunidades autónomas que pese a todo se permiten el lujo de prescindir de profesionales sanitarios por falta de catalán o vasco. Menudo dilema en las morgues: entre la vida y la muerte, pesa más un idioma minoritario.
¿Alguien hace caso a las declaradas emergencias? ¿Advierten los políticos de la gravedad de esa urgencia climática que es la más democrática de todas tras años de discusión y cumbres alrededor del globo? Parece que no. Seguimos derrochando y contaminando, y cuando nos piden austeridad el gobierno sin dar ejemplo.
Tuvimos otra emergencia que se ha cobrado millones de vidas humanas en el mundo que pronto queremos olvidar. Tanto ansia por tomar copas sin máscaras que los rebrotes de la pandemia en invierno volverán a colapsar las urgencias y hospitales sin haber hecho aún los deberes.
Puede considerarse una emergencia aunque política la “cuestión catalana”. Tras los indultos, la presunta derogación de la sedición y la amnistía encubierta de los golpistas en ciernes, solo queda admitir el referéndum de autodeterminación. Así cualquiera soluciona la mayor crisis institucional en Democracia dando la razón plena al enemigo con tal de perpetuarse en el poder a costa de la estabilidad en España.
Mientras los verdaderos problemas se aparcaban, no fue una emergencia pero actuaron como sí lo fuese con diferentes acciones gubernamentales en: la celeridad de exhumar los huesos de Franco, la prisa en los indultos y preparar los siguientes para encubrir la corrupción política, la reforma ad hoc del código penal para beneficiar a un puñado de antidemócratas que anhelan romper España por la fuerza, la ley Trans, la del “No es No”, el lenguaje inclusivo hasta lo grotesco, la educación sexual de los infantiles, iniciativas alimentarias en Consumo, la diplomacia femenina, o disparar como nunca antes el desmesurado gasto público en duplicidades y chiringuitos.
De la crisis no saldremos pero sí lo haremos en los telediarios que es lo que vale. Pero tranquilos, que la oposición promete revertir las cosas cuando vuelva al poder, como no hicieron cuando pudieron con la ley del aborto, del divorcio, de la memoria histórica o la bajada de impuestos.
Todas esas emergencias ficticias para tapar las otras urgencias verdaderas, como poner fin al imperio de los embustes, la corrupción, el cumplimiento de las leyes, el paro y el fin de las peores políticas de empleo de Europa (UGT reconoce que más del 90% de los parados de larga duración jamás han recibido una oferta laboral del SEPE), los desahucios y los okupas, las reformas estructurales que nunca se afrontan, despolitizar las instituciones faltando a la neutralidad y agilizar la justicia mientras forzamos la máxima transparencia en democracia.
Está visto que tantas prisas no nos deja actuar. El único consuelo, seguir entrenando las tragaderas encíclicas. @mundiario


