Trump eleva la presión sobre Irán y Teherán amenaza con desatar el “caos” en Oriente Próximo

El régimen de los ayatolás lanza una advertencia directa a las tropas estadounidenses y agita el fantasma de una desestabilización regional, después de que el presidente de EE UU avisara de que podría intervenir militarmente para “rescatar” a los manifestantes.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel y Donald Trump, presidente de EE UU. / @IsraeliPM
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel y Donald Trump, presidente de EE UU. / @IsraeliPM

La crisis iraní ha entrado en una fase más volátil tras el cruce de advertencias entre Washington y Teherán. El presidente de EE UU, Donald Trump, ha declarado que su Administración está “lista, cargada y preparada” para intervenir militarmente si las autoridades iraníes reprimen “violentamente” las protestas que se han extendido por buena parte del país. La respuesta iraní ha sido de abierta hostilidad: el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Alí Lariyani, ha señalado que cualquier interferencia estadounidense equivaldría a provocar el “caos en toda la región” y ha deslizado la posibilidad de apuntar contra tropas de EE UU.

El choque verbal se produce en un contexto de movilización social creciente en Irán, impulsada por la inflación, la devaluación del rial y el deterioro del poder adquisitivo en una crisis multifactorial de larga data. Desde el domingo, las protestas —iniciadas entre comerciantes de Teherán— se han extendido a universidades y ciudades medianas. Los lemas han evolucionado rápidamente desde reivindicaciones económicas hacia consignas que reclaman el fin el sistema político clerical y militar instaurado en 1979. Según medios locales y organizaciones de derechos humanos, al menos seis personas han muerto a manos de las fuerzas del Gobierno de los ayatolás, entre ellas un menor de 15 años, mientras decenas han sido detenidas.

La dimensión económica es el motor inicial del descontento. El rial ha perdido más de un tercio de su valor frente al dólar en el último año, y la inflación —con picos interanuales que superan el 50 %— ha erosionado los ahorros y estrechado una clase media que se ve abocada a asumir segundos empleos nocturnos o a la emigración. Este deterioro se arrastra desde hace años, pero se aceleró tras la retirada de EE UU del acuerdo nuclear en 2018 y la reimposición de sanciones durante la primera presidencia de Trump.

El presidente iraní, el reformista Masoud Pezeshkian, elegido en 2024 tras la muerte de Ebrahim Raisi en un accidente en helicóptero con un discurso de mejor gobernanza, ha intentado un tono empático y ha prometido diálogo. Sin embargo, su margen de maniobra es limitado: no controla las fuerzas de seguridad, que han actuado con detenciones y uso de la fuerza. Como en estallidos anteriores (2019, 2022), la protesta ha incorporado rápidamente a estudiantes, pensionistas y a la Generación Z, con demandas que trascienden la dimensión económica y apuntan al fin del sistema instaurado en el fragor de la Revolución Islámica de 1979.

La advertencia de Trump y sus contradicciones

La amenaza de Trump introduce una segunda contradicción estratégica respecto a su abordaje sobre Teherán y las ideas que rigen la política exterior de su base MAGA. El mandatario ha defendido en distintas ocasiones una política de contención y rechazo a nuevas “guerras lejanas”, pero su historial incluye acciones de alto impacto contra Irán, como el bombardeo de las instalaciones nucleares de Fordo en 2025 durante la breve guerra iniciada por Israel, y el asesinato del general Qasem Soleimani en 2020, neutralizado por el impacto de un dron en Irak, en una operación que acabó con el número dos del régimen y el comandante de las fuerzas de élite de la Guardia Revolucionaria, encargadas de pilotar la red de grupos armados impulsados por Teherán en la región.

“Si Irán dispara y mata violentamente a los manifestantes pacíficos, que es su costumbre, los Estados Unidos de América acudirán en su rescate”, advirtió Trump en su red social personal, Truth. “Estamos listos, cargados y preparados para salir”, avisó el presidente republicano.

Desde Teherán, la respuesta apela a la disuasión regional. Tradicionalmente, Irán ha contado con una red de aliados armados autodenominada como Eje de la Resistencia —Hezbolá, Hamás, milicias chiíes en Siria e Irak y los hutíes de Yemen— para proyectar influencia. Hoy, esa capacidad está debilitada: la caída del régimen de Bachar El Asad en 2024 y el desgaste de sus aliados han reducido el margen iraní. Aun así, la amenaza de desatar el caos en Oriente Próximo no es retórica vacía: cualquier incidente que involucre a tropas estadounidenses podría activar una cadena de respuestas difícil de contener.

Intervención externa: ¿disuasión o efecto bumerán?

El debate sobre una posible intervención divide incluso a la oposición iraní. Sectores monárquicos y reformistas coinciden en una advertencia: la intervención extranjera puede fortalecer al régimen al permitirle presentarse como defensor de la soberanía nacional. Analistas afines a Reza Pahlavi, heredero del Sha depuesto en la revolución, han señalado que un ataque externo alteraría el equilibrio interno y podría desmovilizar a una protesta que, sin liderazgo unificado, avanza de forma orgánica y frágil.

Desde el punto de vista regional, una acción militar de EE UU pondría a prueba los frentes latentes en el Golfo y el Levante, y complicaría los equilibrios con aliados y rivales.

El pulso entre Trump e Irán resume una triple tensión: la de una economía colapsada frente a un sistema político rígido y en un percibido fin de ciclo; la de una potencia externa que amenaza con intervenir mientras proclama contención; y la de una región donde la disuasión se sostiene sobre equilibrios cada vez más precarios. A corto plazo, el desenlace dependerá de dos variables: el grado de violencia en las calles y la capacidad del régimen para ofrecer salidas creíbles sin recurrir a la fuerza masiva antes de colapsar.

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