Washington reconfigura su estrategia: Trump apunta a Irán para ampliar los Acuerdos de Abraham
El presidente Donald Trump ha retomado el papel de mediador en Oriente Próximo con una estrategia poco común dada su trayectoria reciente: tender la mano a Irán, un país históricamente enfrentado a Israel y a EE UU. Se trata de un patrón retórico que el republicano ha empleado desde principios de septiembre, pero que adquirió mayor relevancia este miércoles, tras anunciar que Tel Aviv y Hamás aceptan su plan de paz, que allanaría el camino para poner fin a dos años de hostilidades en Gaza. En palabras del propio Trump, “esto es más que Gaza; es la paz en Oriente Próximo”.
La afirmación encierra una ambición mayor que un simple acuerdo de tregua. El presidente busca proyectar una imagen de pacificador global y consolidar un legado diplomático basado en la expansión de los Acuerdos de Abraham, firmados durante su primer mandato con los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos. La incorporación de Irán, aunque improbable, representaría una transformación radical en el equilibrio geopolítico regional.
“Quién sabe, quizás incluso Irán pueda entrar ahí”, había dicho Trump el 29 de septiembre en una conferencia de prensa en la Casa Blanca, junto al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. “Creo que van a estar abiertos a ello. Realmente lo creo”.
"Esperamos poder llevarnos bien con Irán", insistió el presidente estadounidense. La propuesta parece un sueño descabellado dada la profunda y histórica enemistad entre los dos países de Oriente Próximo. Este nuevo discurso sorprende por el contexto: apenas tres meses antes, Israel e Irán se habían enfrentado en una guerra relámpago de doce días, con ataques aéreos, misiles balísticos y cientos de víctimas.
Durante su primera presidencia, Trump adoptó una política de máxima presión contra Irán, imponiendo duras sanciones tras la retirada del acuerdo nuclear de 2015. Sin embargo, su tono actual parece marcar un viraje hacia el pragmatismo.
La implicación de Estados Unidos en los bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes parecía cerrar cualquier posibilidad de diálogo. Pero el actual Trump parece interpretar aquel episodio como un punto de inflexión que podría, paradójicamente, abrir la puerta a la negociación.
La estrategia del equilibrio regional
La visión de Trump parte de un principio que ha guiado su política exterior: los acuerdos económicos y diplomáticos pueden sustituir a los conflictos prolongados. Al promover la inclusión de Irán en los Acuerdos de Abraham, busca crear una arquitectura de seguridad regional que desplace la confrontación por la mera cooperación económica. Para Washington, esto también significaría estabilizar el mercado energético y reducir la influencia de China y Rusia en las zonas controladas por Teherán.
En este sentido, la propuesta no es solo un gesto simbólico. Probablemente implicaría el levantamiento gradual de sanciones y la reintegración de Irán en ciertos canales comerciales internacionales, siempre que el régimen iraní acepte condiciones de transparencia nuclear y limitación militar.
Teherán no ha reaccionado oficialmente a las palabras de Trump, pero los analistas coinciden en que el régimen podría ver la iniciativa como una oportunidad para aliviar su aislamiento económico tras la reimposición de las sanciones de la ONU. Sin embargo, las divisiones internas entre sectores conservadores y reformistas, sumadas a la hostilidad persistente hacia Israel, dificultan cualquier avance inmediato.
Desde 2020, los Acuerdos de Abraham se convirtieron en una pieza central de la diplomacia estadounidense en Oriente Próximo. Representaron un cambio de paradigma al sustituir la lógica del conflicto árabe-israelí por la de la normalización y la cooperación. Trump pretende ahora extender ese modelo a un adversario histórico, transformando el enfrentamiento en influencia negociada.
Para los estrategas de su administración, lograr que Irán se sume —aunque sea parcialmente— validaría la doctrina de que la presión combinada con incentivos diplomáticos puede redefinir alianzas tradicionales.
El desafío, sin embargo, es monumental. Las heridas de la reciente guerra, la rivalidad religiosa entre chiíes y suníes, y la desconfianza mutua entre Israel e Irán convierten la idea en una apuesta de alto riesgo. Pero en la lógica política de Trump, precisamente ese riesgo puede traducirse en una victoria simbólica.
La posible entrada de Irán en los Acuerdos de Abraham sería no solo un triunfo diplomático, sino un gesto de reconfiguración global en un contexto de tensiones múltiples entre Occidente y Oriente.
El intento de Trump por reconciliar a Irán e Israel marca un giro sorprendente en su segundo mandato. Más allá de las expectativas de éxito o fracaso, la iniciativa refleja un cambio de mentalidad más drástico en la política exterior de Trump: un mayor enfoque hacia los intereses comunes. @mundiario


