Irán estalla en las calles: el malestar económico reaviva las mayores protestas desde 2022

En los últimos días, manifestaciones masivas contra el aumento del coste de vida derivaron en enfrentamientos, un intento de toma de un edificio gubernamental y una respuesta oficial de mano dura.
Protestas en Irán. / RR. SS.
Protestas en Irán. / RR.SS

El descontento social en Irán ha vuelto a emerger con fuerza tras meses de relativa calma. El detonante ha sido, una vez más, el deterioro acelerado de las condiciones de vida: inflación descontrolada, devaluación del rial y pérdida sostenida del poder adquisitivo. Lo que comenzó como protestas de comerciantes en Teherán se ha transformado en las mayores manifestaciones desde 2022, extendiéndose a varias ciudades y adquiriendo una dimensión política más amplia.

Las autoridades reconocieron que las protestas tienen un trasfondo económico legítimo. El fiscal general iraní, Mohammad Movahedi-Azad, admitió públicamente que las movilizaciones responden a “realidades sociales comprensibles”, aunque advirtió de que cualquier intento de “desestabilización” o ataque a instituciones del Estado sería respondido con firmeza.

Esa doble narrativa —comprensión limitada y amenaza de represión— refleja la tensión interna del régimen frente a un malestar que no puede ignorar tras quedar debilitado tras la guerra de 12 días con Israel.

El punto de mayor fricción se produjo cuando manifestantes intentaron ingresar a un edificio gubernamental en la provincia de Fars, en el sur del país. Según medios estatales, fuerzas de seguridad lograron impedir el acceso y detuvieron a varios participantes, entre ellos una mujer de 28 años señalada como organizadora. El episodio simboliza la escalada de una protesta que, aunque inicialmente económica, ha comenzado a adquirir un cariz político.

La raíz del descontento es profunda. La moneda iraní ha perdido cerca de la mitad de su valor en lo que va del año, la inflación supera el 40 % y el impacto de las sanciones internacionales sigue condicionando el acceso a divisas, importaciones y empleo. Comerciantes, estudiantes y trabajadores coinciden en una sensación compartida: el deterioro del nivel de vida es cada vez más difícil de sostener.

A diferencia de protestas anteriores, el gobierno ha optado por combinar advertencias con una oferta de diálogo. El presidente Masoud Pezeshkian afirmó que el Ejecutivo está dispuesto a escuchar las “demandas legítimas” de la población, una postura poco habitual en un sistema que históricamente ha respondido a la disidencia con una fuerte represión.

Sin embargo, la ambigüedad del mensaje —diálogo por un lado, amenazas por otro— genera escepticismo entre los manifestantes.

El contexto político amplifica la tensión. Las protestas actuales son las más importantes desde 2022, cuando la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial provocó una ola de indignación nacional. Aquel movimiento dejó una huella profunda en la sociedad iraní y en la percepción del poder, marcando un antes y un después en la relación entre ciudadanía y Estado.

En esta ocasión, el componente económico actúa como catalizador de un malestar acumulado. El alza de precios, la caída del empleo y el aislamiento internacional han creado un escenario en el que sectores tradicionalmente menos politizados —como comerciantes y pequeños empresarios— se suman a las protestas. La convergencia de estos actores amplía el alcance del descontento y complica la capacidad del gobierno para contenerlo solo con las habituales medidas de seguridad.

Mientras las autoridades insisten en que no permitirán el caos ni la “injerencia externa”, la persistencia de las protestas sugiere que el problema va más allá del orden público. La actual oleada de movilizaciones refleja una crisis económica profunda que, de no abordarse estructuralmente, podría seguir alimentando episodios de tensión social en un país ya marcado por años sanciones, conflictos regionales, desconfianza y represión interna. @mundiario

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