Valencia tras la tragedia: Sánchez escucha, Mazón se ausenta

Mientras el presidente Pedro Sánchez se reúne con las asociaciones de damnificados y anuncia un funeral de Estado, el silencio institucional de Carlos Mazón ensancha la brecha emocional y política entre las víctimas y la Generalitat Valenciana.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, se reúne con las víctimas de la dana que afectó a la Comunidad Valenciana. / @sanchezcastejon.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, se reúne con las víctimas de la dana que afectó a la Comunidad Valenciana. / @sanchezcastejon.

El drama de la dana que azotó la Comunidad Valenciana el pasado octubre no terminó con el retroceso de las aguas ni con la reparación superficial de las infraestructuras dañadas. Lo que permanece, más de medio año después, es una doble tragedia: la pérdida de vidas y la gestión política desigual de sus consecuencias. Y es que, en el tablero institucional, los gestos —o su ausencia— pesan tanto como las cifras.

En ese contexto, la reciente reunión entre Pedro Sánchez y representantes de tres asociaciones de víctimas ha funcionado como un potente símbolo de reconocimiento. La promesa de un funeral de Estado laico, la participación directa de los afectados en la comisión de investigación parlamentaria y el compromiso de una visita a la zona cero, constituyen no solo medidas políticas, sino también actos de reparación moral.

Sánchez ha optado por el contacto directo, sin intermediarios ni filtros, una decisión que contrasta de forma elocuente con la actitud del president de la Generalitat, Carlos Mazón, cuya distancia con las víctimas ha sido interpretada como desinterés o, peor aún, como desdén. Las declaraciones de Rosa Álvarez, presidenta de la Asociación de Víctimas Mortales, fueron inequívocas: “No ha contactado con nosotros y no nos vamos a poner en contacto con él”. Y esa frase resume el sentir de buena parte de los damnificados: abandono institucional y un dolor que sigue sin canalizarse a través de la política autonómica.

Memoria colectiva frente a indiferencia administrativa

La tragedia de la dana dejó 228 muertos, una cifra devastadora que debería haber colocado este suceso en el centro del debate político valenciano y nacional. Sin embargo, mientras desde el Gobierno central se han activado mecanismos de respuesta —tanto económicos como simbólicos—, la Generalitat parece haber optado por la invisibilización. La negativa a incluir a determinadas asociaciones en las comisiones autonómicas o la escasa interlocución directa han alimentado un resentimiento creciente que ya no se esconde tras las formas.

El contraste entre Sánchez y Mazón no es solo de estilos, sino de concepción de la política. El presidente del Gobierno ha optado por lo pedagógico y lo empático, como han subrayado varios portavoces de las asociaciones. Ha escuchado, ha explicado y ha anunciado medidas. No todas llegarán con la celeridad deseada, pero al menos ha habido reconocimiento. En política, a veces el simple acto de mirar a los ojos vale más que una línea presupuestaria.

Una tragedia que exige respuestas estructurales

Más allá del plano emocional, los damnificados han puesto sobre la mesa demandas muy concretas: agilizar los pagos pendientes del consorcio de seguros, atender el estado de infraestructuras claves como el barranco del Poyo o la autovía A-7, y reforzar los servicios de salud mental en las zonas más afectadas. Todo ello requiere coordinación institucional, voluntad técnica y sensibilidad política.

No se trata solo de gestionar fondos —aunque también—, sino de establecer un nuevo marco de prevención que evite que tragedias como esta vuelvan a repetirse con la misma crudeza. Porque el cambio climático ya no es una amenaza lejana, sino una realidad que afecta de forma directa a los territorios vulnerables. Preparar el territorio es también una forma de proteger a sus ciudadanos.

Funeral de Estado: un acto de reparación que trasciende lo simbólico

La decisión de organizar un funeral de Estado con la participación de los Reyes y representantes de distintas confesiones religiosas no debe interpretarse como un simple gesto ceremonial. En una sociedad democrática, estos rituales cumplen una función reparadora: dignifican a las víctimas, consolidan la memoria colectiva y refuerzan el vínculo entre ciudadanía e instituciones.

En ese sentido, el Gobierno central parece haber entendido que la tragedia de la dana no puede tratarse como un expediente más. Las víctimas no son cifras en un informe técnico. Son nombres, familias rotas, historias truncadas que reclaman ser escuchadas y recordadas. La política, cuando se ejerce con humanidad, puede devolverles algo de lo que la naturaleza —y a veces también la negligencia— les arrebató.

El presidente de la Generalitat, por su parte, sigue atrapado en una paradoja: cuanto más se esfuerza en minimizar su papel, más evidente se hace su ausencia. El relato de las víctimas lo ha dejado descolocado. El hecho de que, hasta el momento, su único contacto visible con un representante de los afectados se limitara a una reunión en marzo —de la que salió con una petición de dimisión— demuestra hasta qué punto ha gestionado mal no solo la tragedia, sino también su dimensión política y emocional.

La política autonómica tiene una responsabilidad directa en emergencias de esta envergadura. No basta con gestionar los tiempos administrativos ni escudarse en las competencias estatales. Las víctimas esperan presencia, compromiso y, sobre todo, empatía. En su lugar, han encontrado desdén, cuando no silencio.

La visita de Pedro Sánchez a Valencia no soluciona, por sí sola, el drama de la dana. Pero marca un cambio de tono, una forma de hacer política que se basa en el reconocimiento y la escucha. Las asociaciones de víctimas lo han percibido y lo han dicho alto y claro.

Lo que está en juego no es solo la gestión de una catástrofe pasada, sino la credibilidad de las instituciones para responder a los desafíos del presente y del futuro. Si algo han dejado claro las víctimas es que no se conforman con promesas: quieren respuestas, justicia y memoria. Y, sobre todo, no quieren volver a sentirse solas. Porque el duelo, cuando se ignora desde el poder, se convierte también en un acto de resistencia. @mundiario

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