Ahora Mazón exige a Sánchez ayuda para el desastre de la dana
Cada vez que una catástrofe natural golpea una región, el primer reflejo debería ser la unidad institucional, la cooperación sin fisuras y la respuesta inmediata para amortiguar el daño. Sin embargo, en España nos encontramos a menudo con un patrón inquietante: el desastre natural se convierte en campo de batalla política. Lo sucedido tras la dana de octubre en la Comunidad Valenciana es otro ejemplo de cómo la gestión de lo urgente se ve atrapada en el engranaje de lo partidista.
El president de la Generalitat, Carlos Mazón, ha solicitado formalmente una reunión con Pedro Sánchez para constituir una comisión mixta entre administraciones que articule la respuesta a los daños provocados por la dana. Aparentemente, se trata de una iniciativa razonable, incluso necesaria. Pero en el contexto actual, la propuesta ha sido interpretada por el Gobierno central más como una jugada táctica que como un gesto sincero de colaboración. La ministra Diana Morant no ha dudado en calificar la petición de “ocurrencia” y “maniobra de distracción”.
Esa respuesta evidencia el clima de desconfianza entre administraciones, donde la sospecha constante sustituye al entendimiento institucional. Que una carta que busca —al menos en teoría— coordinar esfuerzos para la recuperación tras un desastre sea recibida con sarcasmo y recelos habla mal de todos los actores implicados. Especialmente porque mientras se dirimen estas cuestiones en rueda de prensa y declaraciones cruzadas, hay vecinos, escuelas e infraestructuras esperando soluciones concretas.
El fondo del asunto, además, se enreda con la tormenta política provocada por las recientes comparecencias judiciales de altos cargos del anterior equipo autonómico. La exconsejera Salomé Pradas, hoy responsable de Interior, ha reconocido ante la jueza que en el momento de la emergencia no conocía del todo sus responsabilidades. Su testimonio, sumado a los mensajes de alerta enviados por su equipo aquel 29 de octubre y que no recibieron respuesta institucional eficaz, ha puesto en evidencia una gestión cuestionable en uno de los momentos más delicados para la ciudadanía.
Mazón ha salido en defensa de Pradas, apelando a su formación jurídica y experiencia institucional. Pero el debate no es si su currículum es más o menos brillante que el de su antecesora socialista Gabriela Bravo. Lo que está en cuestión es si el equipo responsable de gestionar emergencias estaba preparado y si las decisiones que se tomaron fueron las correctas. Comparar biografías no repara los errores del pasado ni ofrece garantías para el futuro.
En paralelo, el PP ha intensificado sus críticas al Gobierno central por, según sus palabras, no haber aportado “ni un euro” a la reconstrucción. Estas afirmaciones han sido desmentidas por el Ejecutivo, que asegura haber transferido ya fondos millonarios para los damnificados. Este tira y afloja contable solo contribuye a la confusión pública y a alimentar una narrativa de agravio constante que desgasta la credibilidad de las instituciones ante la ciudadanía.
El temporal que arrasó la Comunidad Valenciana debería haber servido como una oportunidad para fortalecer los mecanismos de colaboración entre administraciones, independientemente del color político. En cambio, ha derivado en una pugna por el relato, donde cada bando intenta capitalizar la gestión o los errores del otro. Y mientras tanto, el verdadero plan de recuperación —ese que promete 600 millones de euros y cuya redacción se espera para junio— sigue en fase preliminar.
España necesita menos discursos reactivos y más políticas preventivas. Porque los temporales seguirán llegando, el cambio climático no espera a los tiempos parlamentarios, y las consecuencias de una respuesta tardía o mal coordinada se miden en vidas, infraestructuras perdidas y confianza ciudadana erosionada. Lo urgente no puede ser rehén de lo electoral. Lo institucional debe imponerse a lo ideológico. De lo contrario, acabaremos convirtiendo cada catástrofe en una oportunidad perdida para demostrar que, al menos en lo esencial, la política todavía puede estar al servicio de todos. @mundiario


