La guerra provoca relevantes efectos en la UE y proyecta interrogantes en la izquierda

Edificio afectado en el distrito de Obolón, Kiev, Ucrania. / Dszzi
Edificio afectado no distrito de Obolón, en Kiev. / Dszzi
Ahora, Rusia es la potencia invasora que violenta la legalidad internacional mientras Estado Unidos y la UE suministran ayuda económica y militar al Estado agredido.
La guerra provoca relevantes efectos en la UE y proyecta interrogantes en la izquierda

Con la guerra que se viene desarrollando en territorio ucraniano desde hay más de dos meses, sucede algo semejante a lo que se registró con la pandemia de la covid: prácticamente nadie fue capaz de prever la existencia de una tragedia de estas dimensiones en este momento histórico preciso.

Una cosa es constatar la presencia de importantes factores de tensión en la zona desde 2014 y otra muy distinta pensar en una agresión militar directa de la Federación Rusa contra Ucrania. Contemplar la posibilidad de que Putin atravesara la línea roja de la invasión de un Estado soberano, reconocido en la comunidad internacional, era algo que no figuraba en las agendas de la casi totalidad de las instituciones y cancillerías del mundo.

Como es sabido, el derrumbamiento de la URSS a partir de 1991 alteró los equilibrios que habían regido la escena internacional después de la II Guerra Mundial. En cualquiera caso, el fracaso de Gorbachov en su intento de reformar el sistema soviético no cabe atribuirlo a un proyecto conspirativo especifico de los EE UU y de la OTAN sino al progresivo proceso de descomposición del orden económico, social y político construido en los países del este de Europa después del triunfo de la Revolución soviética en las primeras décadas del siglo XX. 

Gorbachov quería una transición gradual -y la simultánea negociación de una nueva relación con las potencias occidentales- pero no fue capaz de neutralizar a los sectores más inmovilistas del aparato estatal - recuérdese la tentativa de golpe militar de agosto de 1991- y no consiguió liderar a los segmentos que deseaban un cambio más rápido y radical del llamado socialismo real.

Insoportable tragedia humanitaria

Como en todas las guerras, la invasión de Ucrania ha provocado una insoportable tragedia humanitaria concretada en millares de víctimas civiles (muertas, desaparecidas, heridas, violadas, desplazadas...). Ellas son las principales damnificadas por una decisión que tomaron las autoridades rusas sabiendo las graves consecuencias destructivas que se derivaban de la misma. En un segundo plano de importancia -y en el ámbito de las consideraciones sobre las relaciones políticas- este conflicto bélico origina efectos muy relevantes en el seno de la UE y proyecta varios interrogantes en el universo de la izquierda ubicada fuera de la influencia directa de los partidos socialdemócratas tradicionales.

Se ha afirmado, en diversas ocasiones, que el proyecto de construcción de la UE primó la dimensión económica y otorgó un valor secundario a la calidad democrática de la arquitectura institucional comunitaria y al establecimiento de una política exterior suficientemente autónoma respecto del gigante militar norteamericano.

Resultó muy ilustrativo lo sucedido en la década de los años 90 del siglo pasado: mientras la vieja URSS y el Pacto de Varsovia vivían un proceso de descomposición que suscitaba nuevas oportunidades de reconfiguración de las estructuras internacionales, los Estados dominantes de la CEE/UE dedicaban los mayores esfuerzos a la creación y consolidación de la unificación monetaria. La entrada en funcionamiento -al final de esa década- del euro (y la correlativa disciplina económico-financiera dictada por el Banco Central Europeo) fue el principal mensaje emitido desde Bruselas a los nuevos Estados emergentes del centro y del este de Europa. La carencia de una política exterior consistente agudizó la trascendencia de las políticas agresivas desarrolladas por la Administración norteamericana en Afganistán e Irak a partir del año 2001.E

El papel de la OTAN

El actual conflicto en Ucrania está reforzando el papel de la OTAN –obsérvese la reciente petición de ingreso de dos países como Finlandia y Suecia, que se mantuvieron al margen de esa alianza en los peores momentos de la “guerra fría”– y, al mismo tiempo, está debilitando la posición de la UE en el tablero internacional. En las últimas décadas, Alemania y Francia promovieron unas relaciones económicas y políticas con Rusia que, más allá de la satisfacción de intereses coyunturales, incrementaba el nivel de autonomía de esos Estados respecto del “amigo americano”. La ofensiva de Putin arruinó semejante posibilidad y facilitó la justificación argumental de una mayor dependencia de las decisiones adoptadas en Washington o incluso en Londres. A reserva de lo que acontezca en los próximos meses -primordialmente, del contenido de un eventual acuerdo de paz- se puede afirmar que la UE va a perder peso específico –respecto de actores como EE UU, Rusia y China– en el inestable equilibrio multilateral que se venía registrando después de los fiascos protagonizados por los EE UU en Irak y Afganistán.

Una parte de la izquierda está viviendo esta guerra con una visible incomodidad y una preocupante pasividad. Seguramente es consecuencia de que los protagonistas –directos e indirectos– de esta crisis bélica tienen los papeles cambiados con relación a los que habían tenido en las últimas décadas.

Rusia, EE UU y la UE

Ahora, Rusia es la potencia invasora que violenta la legalidad internacional mientras Estado Unidos y la UE suministran ayuda económica y militar al Estado agredido. El ideario teóricamente asumido en esos sectores críticos con las prácticas hegemonistas desarrolladas en las relaciones internacionales debería implicar un claro posicionamiento contrario a las políticas de Putin y la consecuente acción movilizadora contra las mismas. Tal actitud no significaría asumir un papel subordinado de los gobiernos que manejan muchos de los hilos del poder mundial: luchar contra las decisiones criminales tomadas en el Kremlin no supone avalar las lógicas pasadas y presentes de la Administración norteamericana o de los ejecutivos de Bruselas. La coherencia debería ser un valor básico de la cultura de una izquierda que pretenda transformar el orden mundial. Cuando se agruparon fuerzas para condenar la invasión de Irak y de Afganistán se sabía que Sadam Hussein o los talibanes no representaban modelos asumibles para las personas que se manifestaban delante de las embajadas o consulados de los USA.

Cuando se llega a una situación bélica como la que estamos conociendo, la experiencia histórica ha demostrado que las posibilidades de pacificación –y la propia acción diplomática destinada a tal objetivo– están muy condicionadas por la evolución de la relación de fuerzas en el terreno estrictamente militar. Así aconteció en la guerra de Vietnam (los gobernantes norteamericanos solo aceptaron negociar cuando comprobaron que no podían ganar sin pagar un precio elevadísimo) y, previsiblemente, así ocurrirá en este caso. Mientras, desgraciadamente, proseguirá la infernal maquinaria de muerte y destrucción sobre el territorio ucraniano. @mundiario

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