La guerra vicaria de Estados Unidos y Rusia

Refugiados ucranianos en la estación de tren de Varsovia. / Murray Brewster en CBC News.
Refugiados ucranianos en la estación de tren de Varsovia. / Murray Brewster en CBC News.
A lo peor estoy muy equivocado y, en el fondo, el tema no va de eso (de acuerdos y de paz), sino de guerra como objetivo descaradamente inconfesable.
La guerra vicaria de Estados Unidos y Rusia

Cuando en noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, muchos pensamos que esta caída era el símbolo del final de la Guerra Fría. Un año y pico antes, el presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov había visitado al entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, con unos planteamientos que proclamaban precisamente ese final, y que proponían un freno riguroso a la carrera armamentista. Gorbachov y el equipo del que se rodeaba para dirigir la entonces Unión Soviética, ya desde 1985 tenía claro el designio de poner las bases, desde el Este, para acabar con la política mundial de bloques, y para desarrollar una transformación radical de la Unión Soviética, tanto a nivel político como económico.

Con la retirada soviética de Afganistán a partir de mayo de 1988, Gorbachov quería proponer un nuevo derrotero para las entonces grandes potencias militares (o militaristas) en la línea de la retirada de los ejércitos invasores de terceros países. Escasas semanas después de la caída del muro de Berlín se produce la Cumbre de Malta, en la que -si bien no quedó nada escrito y firmado- hubo acuerdos verbales y se cruzaron mensajes de paz y de entendimiento, en aras de iniciar una nueva era en las relaciones mundiales.

En la rueda de prensa al final de la cumbre Gorbachov resumía su posición, y la propuesta hecha al presidente de los Estados Unidos, Bush padre“El mundo está saliendo de una época para entrar en otra. Estamos en el principio de un largo camino hacia una era pacífica y duradera. La amenaza con la fuerza y le desconfianza, la lucha ideológica y psicológica deben quedar como cosas del pasado”. Y en consonancia con tales planteamientos, George Bush padre afirmaba también que “Una paz duradera y transformar las relaciones Este-Oeste debe llevarnos a una cooperación de larga duración. Ese es el futuro para el mundo que el presidente Gorbachov y yo queremos iniciar aquí en Malta”.

La "casa común europea"

En esos años, la intensa acción interna de Gorbachov se correspondió también con una constante relación con los jefes de Estado y de Gobierno europeos (incluido el presidente de Gobierno español). Porque en su transformación de la Unión Soviética entraban dos premisas: la democratización y cooperación. Él pensaba como en un objetivo aquello de “la casa común europea”, de la que ya se hablaba mientras se preparaba la Unión Europea, que se puso en pie a partir del Tratado de Maastricht el 1º de noviembre de 1993: un proceso en el que el canciller alemán Helmut Khol y el presidente español Felipe González jugaron un papel de gran importancia.

En unas primeras memorias, casi esbozos iniciales, escritas por Mijail Gorbachov en 1993 (“Memorias de los años decisivos 1985-1992”) el propio expresidente soviético nos habla de esos ideales, y de su objetivo sobre aquel enunciado de De Gaulle cuando hablaba de ‘la Europa del Atlántico a los Urales’. En ese mismo libro, expone una frase, que parece una saeta lanzada a la diana de la actual situación del mundo: “Si no cesa la carrera armamentista y no se detiene la creciente hostilidad de las potencias nucleares, la humanidad no evitará la catástrofe”.

En aquellos años se firmaron acuerdos para la limitación de armas nucleares, y se realizaron compromisos verbales para que el desmembramiento del Pacto de Varsovia supusiera un final a las hostilidades de la guerra fría, y para que la OTAN -al igual que había ocurrido con Austria por su posicionamiento entre pa´ises del Pacto de Varsovia- no se “anexionara” países procedentes de dicho Pacto, como un signo de pacificación. Algo que no se cumplió por parte de Occidente: la tercera parte de los 30 miembros de la OTAN está formada por países procedentes de ese bloque: Polonia, Hungría, Chequia (desde 1999), Rumania, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Estonia, Lituania y Letonia.

Por fin (1992) Gorbachov cayo en desgracia -tenía muchas papeletas para lograr el fracaso en un intento tan ambicioso como el suyo-, Occidente favoreció a aquella especie de títere llamada Yeltsin, y Putin -cuyo nacionalismo imperialista a ultranza se resentía contra los principios y objetivos de Gorbachov- terminó haciéndose con el poder. Y los congeladores comenzaron a funcionar para ir fraguando de nuevo la guerra fría.

Otra vez los imperios

Por un lado, desde Oriente, Putin consideraba un cuento aquello de la “casa común europea”, trataba de superar lo que él consideraba una humillación, intentando reconstruir en parte el imperio ruso; y, por supuesto, a pesar de que la UE es su primer socio comercial (el 33% de sus exportaciones y el 34% de sus importaciones), negándose de hecho a aceptar a la Unión Europea como tal. A la vez que mantiene e intensifica su industria bélica.

Por otro lado, Estados Unidos -a quien tampoco le agrada la consolidación de la UE como potencia- ha continuado actuando como si aún existiera la Unión Soviética, y desde el fallido escudo antimisiles hasta el propio tratamiento de la guerra en Siria, o sus soterrados cantos de sirena alimentando las aspiraciones de Ucrania hacia la OTAN, ha mantenido esa especie de duelo al sol con la Rusia de Putin.

Si pudiéramos dar marcha atrás y ponernos en dos meses antes del comienzo de la rechazable invasión de Ucrania, tal vez podríamos vislumbrar que no tendría que haberse producido esta guerra, y que -con un tratamiento diferente y adecuado- tal vez podría haberse evitado.

Cuando Putin comienza a concentrar su ejército en Bielorrusia, la reacción de Occidente está dirigida por el convencimiento de que cualquier ataque a Ucrania puede hacer intervenir inmediatamente a la OTAN. Hasta que el canciller Scholtz termina aclarándole al presidente ucraniano que su país ni está en la OTAN ni se le espera. Pero eso se produce cuando desde países de la OTAN han comenzado a plantear determinados despliegues en países limítrofes del conflicto. Y a la vez, el secretario de Estado estadounidense, Blinken, iba asegurando que Europa no tenía que preocuparse, porque el gas que Europa recibe de Rusia sería sustituido por los suministros desde Estados Unidos (lo que no dijo es a qué precios): un casi imposible, que necesita como mínimo un par de años para poder realizarse.

¿Por qué no se intentó una negociación previa?

Pero en esa época previa a la invasión, lo que predominan son las amenazas, casi entre bandas en patio de colegio antes de comenzar la pedrea. Y en nuestra escena internacional a nadie (y pongo a toda la prensa por testigo) se le ocurrió organizar una cumbre para dialogar sobre el tema. Es decir: un intento de llagar a entendimientos que evitaran la guerra. Por ejemplo, preguntando a Rusia cuáles eran sus pretensiones sore Ucrania, o proponiendo incluso determinadas soluciones sobre las que dialogar.

¿Tan difícil hubiera sido el diálogo? ¿Tan difícil hubiera sido plantear que Ucrania quedara como un país militarmente neutralizado, y garantizando la seguridad de sus habitantes? ¿Tan difícil habría sido dialogar sobre qué hacer con las zonas de Ucrania donde existe una población rusa importante? Por ejemplo, proponiendo el cumplimiento de los protocolos de Minsk de 2014, donde, entre otras cosas, se planteó una federalización de Ucrania y la creación de fórmulas de autogobierno de la región del Donbás, dentro del marco de la legalidad ucraniana

Que nadie se equivoque: no trato de justificar la absolutamente repudiable invasión de Ucrania por parte de Putin, y mucho menos de blanquear los crímenes que en ella se están produciendo. Lo único que digo es que no se agotaron todos los pasos que podían haberse dado para tratar de evitarla, porque se hicieron sonar demasiado pronto, por parte de todos, los tambores de guerra.

Una guerra vicaria de los viejos bloques

Y ahora nos encontramos metidos todos en una guerra que nadie sabe muy bien si es la suya. Una guerra que casi me atrevería a decir que es una guerra “vicaria” entre Rusia y Estados Unidos; una guerra de los viejos bloques: una guerra muchos años aplazada, en la que ambos países están poniendo la carne en el asador de su industria militar (Estados Unidos lleva ya invertidos en armamento, en poco más de dos meses, casi 45.000 millones de dólares: más que lo que le costaba anualmente la guerra de Afganistán), y en la que ambos países, dos potencias nucleares, están arriesgando que surja alguna desgracia mayor.

Mientras, Ucrania martirizada pone los muertos, los heridos, el coste de la destrucción, en muchos casos irreparable, y los millones de civiles desplazados. Europa se ve también obligada a su aportación armamentista, tiene que articular la solidaridad para acoger a los refugiados (¡qué menos!), y está sometida a vivir la contradicción de estarle pagando a Putin (700 millones de euros diarios sólo en gas) la guerra con sus compras obligadas de hidrocarburos: especialmente gas, porque aquellas promesas iniciales de Blinken son irrealizables ni siquiera a medio plazo. Y el conjunto de ciudadanos sufriendo las consecuencias de las dificultades de suministros, de la subida de precios, y la tremenda disfunción generada en el funcionamiento del mundo a causa de las múltiples -y no sabemos con qué eficacia- sanciones de represalias: ese sistema de sanciones que desarticula el normal funcionamiento de la economía, y que tanto les gusta a los gobernantes estadounidenses.

Una guerra en la que Putin aspira a ampliar su imperio, y en la que Estados Unidos, a miles de kilómetros, alimenta su industria armamentista, vende más gas y más petróleo, y ve cómo la Unión Europea se las ve y se las desea para seguir consolidándose como potencia.

Modestamente sigo preguntándome: ¿No es ya el momento -ya que no se hizo antes de empezar- de convocar una cumbre, previo un alto el fuego, para tratar de decidir pacíficamente unos acuerdos de paz? A lo peor estoy muy equivocado y, en el fondo, el tema no va de eso (de acuerdos y de paz), sino de guerra como objetivo descaradamente inconfesable. @mundiario

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