Stop a las agresiones a los profesionales de salud
En Argentina aprendimos a desconfiar y estamos entrenados para adelantarnos a quien nos quiera estafar. Vivimos combatiendo en justas, con armaduras que nos defienden del enemigo. Entiéndase por enemigo a toda persona que no demuestre ser lo contrario.
Se puede aducir que esto es así por culpa de los gobiernos que hemos tenido durante ya casi un siglo caracterizados por dar privilegios a cambio de votos. Campeones en corrupción, enseñan al ciudadano a evadir, defenderse con trampas, desarrollar su habilidad como una forma de supervivencia. En fin, una competencia de picardía criolla.
No falta el amigo que aconseje: “Tené cuidado que no te estafen, porque a fulanito le pasó esto y esto.” U , “Ojo, que ese es un comerciante, mi primo se atendió con él y…”.
Estar a la defensiva es ley. A riesgo de ser un ingenuo no apto para vivir en este mundo.
Esto se traslada al ámbito de la salud. Mi profesión de audióloga me ha expuesto a lo largo de los años a relacionarme con pacientes complicados que vienen cargados de malas experiencias. El buen trato, la empatía, la respuesta incondicional para solucionarle los problemas, suele llevar a bajar su nivel de desconfianza congénito. Así y todo, el paciente no se entrega fácil, hay que rendir examen y aprobarlo.
El clima de violencia ha ido in crescendo en la sociedad. Hoy la gente se presenta en un consultorio con una carga de agresividad personal importante debido a distintas causas: conflictos familiares, soledad, adicción a los medios informativos que propagan malas noticias, o desordenes psíquicos que, como son incipientes, no se los toma como tales. No buscan soluciones, solo quieren atacar a alguien, porque no pueden hacerlo con la causa real de su enojo. El profesional de la salud se transforma en un punching ball que no debe contraatacar a riesgo de ser denunciado por mal trato o mala praxis.
Es una forma de abuso con un débil respaldo legal y de la que se habla poco. Si no hay un ataque físico, es muy difícil hacer una denuncia. Sin embargo, el verbal o psicológico causa daños importantes en la víctima.
Me tocó vivir una de las peores experiencias de ese tipo en mis más de cuarenta años de audióloga. Una señora mayor, hipoacúsica severa a la que atiendo hace mucho tiempo, irrumpió en mi gabinete con un ataque de ira. Su deterioro cognitivo es notorio. Al no oír bien, no entender, y padecer de la paranoia típica de nuestro país, se siente estafada continuamente. Siempre asiste sola. La última vez, mi secretaria le pidió que viniera acompañada para que otra persona escuchara también la explicación. Quién sabe qué versión le contó a su vecina. El hecho es que entraron las dos armadas: con gritos, insultos y amenazas. Cuando terminaron, intenté explicarle a la acompañante. No quería escucharme, defendía a su amiga discapacitada y estafada. Si tan solo me hubieran permitido hablar, se habrían ido con el problema solucionado. Después de media hora puse un límite: “Voy a intentar enseñarles, por última vez, pero si continúan las agresiones, no voy a poder atenderla.” La descarga de misiles continuó. La derivé a otro profesional.
No es fácil mantener el equilibro emocional sin responder a las provocaciones. Aunque se lo logre, el tono afable es enmascarado por el grito del atacante. Tampoco funciona la táctica de dar la razón en algunos de los reclamos para llevarlos a aceptar el equívoco en otros. Nada de eso se puede hacer mientras nos están golpeando verbalmente sin dejarnos trabajar.
La ley 1472 del Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como otras similares en distintas provincias de nuestro país, castigan con multas y arrestos a aquellos que hostiguen verbal o físicamente, maltraten, intimiden, peleen o agredan a los trabajadores de la educación y de la salud.
Para eso es necesario avisar a las fuerzas de seguridad, presentar testigos, filmaciones y todas las pruebas posibles del incidente. Pero ¿en qué momento tomamos esa decisión? Normalmente confiamos en poder calmar al paciente y sobrellevar el mal trance. Cuando colapsamos ya estamos heridos. Física y psicológicamente. Me pregunto si deberíamos atender a todos los pacientes con una cámara de seguridad, como si estuviéramos en cárceles con delincuentes peligrosos.
Según el Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires “las agresiones a los profesionales de los servicios sanitarios, por usuarios o sus familiares y acompañantes es otra de las manifestaciones de la intolerancia creciente. Y no solo en nuestro medio sino también en otros países. Por ejemplo, en el National Health Service inglés, en 2006, el 11% de los profesionales y el 6% de los de atención primaria referían haber sufrido una agresión física y el 26% y 21% respectivamente, manifestaron haberse sentido intimidados o acosados por pacientes o sus acompañantes. Una encuesta realizada en el seno de la Unión Europea indica que, el 4% de los trabajadores de salud ha sido víctima alguna vez de violencia física real por parte de pacientes y usuarios.”
La Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires nos informa que “seis de cada diez médicos que trabajan en hospitales públicos y clínicas privadas bonaerenses sufrieron situaciones de violencia en su ámbito laboral por parte de pacientes o sus familiares. Cuatro de cada diez piensa que es normal estar expuesto a esta situación, según una encuesta realizada por la Federación de Médicos de la provincia de Buenos Aires (Femeba)".
Ese es el quid de la cuestión. Cuando se vive en un clima de violencia familiar, de hijos que maltratan a sus padres o viceversa, de parejas violentas, de ciudadanos que no son respetados por sus representantes; cuando no hay un Poder Judicial independiente de los otros poderes del Estado, cuando ya no se tiene fe en la justicia, ni en la policía, cuando se vive en guerra permanentemente, se pierde la noción de qué debe ser tolerable y qué no.
Ya no tenemos la capacidad de proteger nuestra dignidad. @mundiario


