La generación hija del rigor
Es que inspirar temor era infalible. Viene de la cultura judeocristiana donde nos predicaron el temor a Dios como una virtud.
Cuando yo era niña, allá por la década del cincuenta, la idea de educación en una familia estaba orientada a la disciplina, la obediencia sin pedir explicaciones, a que creciéramos derechos, sin torceduras, para integrarnos en una sociedad con códigos rígidos, muy estructurados. Era difícil permanecer afuera. Y debíamos estar agradecidos a que nuestros padres nos quisieran tanto y fueran tan fuertes como para enderezarnos.
Mi madre, que me adoraba, me pegó una sola vez. Osé preguntarle: “¿Estás loca?”, y me voló una cachetada que me giró la cabeza ciento ochenta grados como la chica de El exorcista. Le dio resultado, nunca más me atreví a insinuárselo.
Es que inspirar temor era infalible. Viene de la cultura judeocristiana donde nos predicaron el temor a Dios como una virtud.
A veces la amenaza bastaba para que obedeciéramos. Tardé en analizar el significado de cuando me decía que si no hacía algo “me iba a pasar el brazo por la manga”, o “me iba a mandar a dormir descalza”. Ella se debía divertir ante mi inocencia. Pasa que en los niños —como en los perros— el lenguaje gestual o la prosodia son más fuertes que el verbal.
Para ella —mi madre— mimar a un niño era malgastarlo. Cuando se refería a alguno como “¡es un mimoso!” era una crítica severa. Y si veía a una madre joven consentir a su hijo, comentaba por lo bajo: “Yo le daría…” ( una buena tunda).
Sin embargo, era capaz de cualquier sacrificio por mí: se quedaba hasta el amanecer cosiéndome un vestido que se me había antojado poner para una fiesta, me cocinaba mis platos preferidos porque le preocupaba que no comiera, me tomaba las tablas de multiplicar del derecho y del revés, hasta que las repitiera sin pensar. Pero recuerdo pocos gestos de afecto, abrazos, arrumacos, besos, ni halagos como se suelen hacer hoy a los niños. Esos eran signos de debilidad. Incluso cuando traía las mejores notas en el boletín del colegio, como era algo muy habitual en mí, en lugar de felicitarme, en casa me decían: “¡Qué asco ese boletín!”. Era una ironía, que no me lastimaba, me parecía que tenía sentido del humor.
Es que hasta nos reíamos de otras cosas.
Me divertía la escena de la abuela de mi íntima amiga cuando la perseguía alrededor de una enorme mesa de comedor, con la zapatilla en la mano para pegarle. Su nieta hacía gambetas y la esquivaba. Era como una corrida de toros. Si la pescaba, le daba hasta dejarla colorada. Hoy una abuela así sería denunciada por maltrato. La adorábamos: nos consentía haciéndonos tortas y papas fritas con huevos fritos, nuestras comidas preferidas. Disfrutaba mucho alimentándonos para que creciéramos gordas y sanas.
Contestarle a una persona mayor estaba muy mal visto. Contestar quería decir oponer una idea diferente a la que nos estaban enunciando. O dar nuestro parecer a una orden que no nos parecía justa. Aunque no lo hiciéramos de mal modo. Lo que era imperdonable era el atrevimiento. Un adulto, por el solo hecho de serlo, tenía la razón. Y si pensábamos lo contrario, había que guardarse muy bien la idea.
Ni qué hablar de las normas de urbanidad, buena presencia y respeto a la religión en el colegio católico al que yo asistía. Cada mes nos daban un carnet de cartulina plegable en cinco o seis partes. Cada una con el calendario mensual. Si faltábamos a alguna de las categorías en la que estaba dividido, la monja sacaba una aguja punzó de su toca y con placer agujereaba el cuadradito del día correspondiente. Muchas perforaciones tenían un equivalente a amonestaciones que podían dejarnos fuera de la escolaridad.
Se llegaba hasta a la agresión física. De vez en cuando, y sin aviso debíamos formar fila para mostrar nuestras uñas. Si nos las comíamos, la religiosa inspectora nos pegaba en la mano con una regla.
Era muy prestigioso formar parte de asociaciones como “Las Cruzadas”, o “Las esclavas de la Virgen”. Solo los nombres hoy harían salir corriendo a una adolescente.
Nuestras docentes, la mayoría monjas, estaban al tanto de toda nuestra vida fuera del colegio. Y nos aconsejaban sobre las amigas “con las que debíamos juntarnos y con las que no”, según lo que ellas consideraban su buena o mala reputación. Hoy reviso en mi memoria diálogos que tuve con una maestra —a la que admiré mucho y a la que siempre quise agradar— y sus manejos me horrorizan. Me inducían claramente a la discriminación.
Mi madre siempre contaba con orgullo que nuestro padre, el mejor del mundo —falleció unos meses antes de que yo naciera— cuando a sus hijas no les gustaba una comida, decía: “Muy bien, no la comas, tendrás lo mismo a la cena”. Y si continuaban negándose, se repetía el mismo plato en el desayuno y así, hasta que el hambre les hiciera aceptarlo. Tan alta era mi imagen paterna que muchos años creí y hasta traté de implementar ese método.
Un castigo muy común era mandarnos a la cama sin cenar. Por una falta de respeto en la mesa, por malos modales, o quién sabe qué motivo. A nadie se le ocurría juzgar esa conducta. Los padres débiles no eran bien mirados, porque “así es como salían sus hijos”.
En el libro La vergüenza, de Annie Ernaux —la reciente premio nobel de literatura— la autora cuenta que allá por 1952, en un pueblo de Francia, la vida se dividía en antes y después de la guerra. “Ojalá no tengamos que volver a vivir nada parecido”, repetían sus mayores. La austeridad se impuso, todo el mundo vigilaba a todo el mundo, y poder alimentarse bien era un privilegio que había costado años conseguir. Nadie hablaba de lo que ganaba ni era bien vista una forma de vida que pudiera parecer ostentosa. Había casi superstición en revelar algún bienestar. A los doce años vivía dentro de los códigos y las normas de ese mundo sin sospechar que pudieran existir otras. “El deber de los padres era corregir a los niños, malos por naturaleza. Estaban permitidos todo tipo de golpes, desde la bofetada hasta la paliza. Esto no implicaba ni dureza ni maldad”.
Daniel Guebel, escritor argentino nacido en 1956, cuenta en su libro El hijo judío: “Mi padre llegaba del trabajo harto de los afanes de cada día. Abría la puerta (cuánto temía yo ese momento y los previos, el chirriar del portón del garaje, el rumor amortiguado del coche entrando, el murmullo de apagado del motor) y su primera pregunta era: '¿Cómo se portaron hoy los chicos?’ Y ahí llegaba la respuesta: `Con la Chuchi no tuve ningún problema, pero él…'. Sin nombrarme, mi madre empezaba su enumeración de las infracciones cometidas durante el día. Entonces mi padre alzaba la vista al cielo, ese gesto resumía su cansancio infinito, y luego, con mano lenta se soltaba el cinturón, que salía silbando como una serpiente, y tomándolo por los dos extremos para afirmar la correa, lo alzaba y me decía: `Vení para acá´. Y antes del primer golpe pronunciaba una sentencia cuyo sentido constituía el mayor de los enigmas para mí: `Esto me va a doler a mí más que a vos´".
Porque eso sentían nuestros padres: que se inmolaban en la cruz por el sufrimiento que padecían al castigarnos.
Y después vinieron los sesentas con la revolución moral y el prohibido prohibir, el amor libre, y romper con todos esos esquemas. Nos pusimos a vivir, nos sumergimos en el psicoanálisis, a leer a Sartre y Simone de Beauvoir, a tener hijos uando éramos todavía muy jóvenes, y a tratar de educarlos diferente, pero los mandatos en nuestras mentes eran demasiado fuertes. Los teníamos en los genes. Los baby boomers luchamos por la revolución atados a un grillete. Apenas podíamos lidiar con nuestra libertad y ganas de vivir, mientras educábamos niños sin tener la menor idea de cómo hacerlo.
La generación de nuestros hijos se liberó y forma a a los suyos sin inhibiciones para mimarlos, demostrarles amor, decirles que son unos campeones, permitirles interrumpir, escucharlos, dejarlos elegir desde sus inquietudes intelectuales, morales, sexuales, sin juzgarlos.
Lamento no poder llegar a vivir para ser testigo del resultado. @mundiario


