La cárcel del fin del mundo

Visité en los primeros días de octubre el edificio ya deshabilitado como penitenciario y transformado en museo. De golpe entendí todo. Yo no había ido al fin del mundo a buscar montañas nevadas, ni a esquiar.
La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.
La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.

Mi fantasía sobre Ushuaia (nombre que deriva de ushu = al fondo, y uaia = bahía o puerto, en idioma yamana) era las montañas nevadas rodeando un pueblo perdido en lo más austral de Argentina. La capital de Tierra del Fuego, la gran isla separada del continente por el estrecho de Magallanes; esa con forma de zueco que parece poner en pie a América. El fin del mundo.

Lo que yo no sabía es que cuando plantamos bandera en ese territorio, a fines del siglo XIX, estaba desierta. Salvo unos cientos de caníbales y los pocos indígenas que habían quedado adoctrinados por la misión evangélica a punto de cerrarse por falta de discípulos. Había que poblarla. Como nadie quería ir, se pensó en establecer allí una cárcel. No solo estarían los presos, sino los guardias y sus familias. Y el comercio necesario para abastecerlos.

Con los antecedentes de Francia en Nueva Caledonia o Inglaterra en Australia, se desarrolló el proyecto de una colonia penal. Se trasladaron condenados de diferentes categorías y en etapas. Unos eran los que debían cumplir pena de prisión, con trabajos forzados. Ellos podían quedar en la zona en libertad, como deportados, después de cumplir la mitad de su condena. Hubo voluntarios que se ofrecieron para ir al sur. Fueron cayendo de a diez o doce. También algunas mujeres. Pero el gobernador se vio ante el problema de que no tenía cómo controlarlos. Nada se había organizado. Aún así hubo algunos casamientos que fueron la esperanza del crecimiento de la población.

A los presos se los ocupó en construir las instalaciones provisorias que les iban a servir de cárceles. Fue una verdadera proeza. Los materiales debían buscarse en el monte, con gran costo de transporte y una mano de obra no especializada. Solo pudo verse terminada en 1920, aunque fue usada mucho tiempo antes.

Visité en los primeros días de octubre el edificio ya deshabilitado como penitenciario y transformado en museo. De golpe entendí todo. Yo no había ido al fin del mundo a buscar montañas nevadas, ni a esquiar. Fui a enfrentarme con el destino de muchos seres penalizados por ideales políticos o por los crímenes más horrendos que se pueda imaginar. Todos juntos, en juicios kafkianos. El Sísifo de la bota desconectada de occidente.

El escritor Ricardo Rojas fue confinado en Ushuaia en 1934 — plena dictadura del general Uriburu—  junto con un grupo de dirigentes de la Unión Cívica Radical que se vieron involucrados en un acto revolucionario con el que no tenían nada que ver. Rojas cuenta en su libro Archipiélago: “El recinto destinado a alojamiento de presos se compone de cinco pabellones dispuestos en forma radial, todos de idénticas características: dos plantas de diecinueve celdas a cada lado, que hacen un total de setenta y seis celdas por pabellón y trescientas ochenta en conjunto. Las paredes y techos de las celdas son de piedra y portland. Las puertas de madera están revestidas por la parte interior con una chapa de hierro de un cuarto de pulgada de espesor. Son de madera los pisos. Esto convierte las celdas en cámaras frigoríficas que trasudan constantemente agua, la temperatura rara vez  superior a cero grado, desciende con frecuencia hasta diez o quince grados bajo cero durante los crudos inviernos propios de esta latitud”..

Pude constatar que las celdas eran de dos metros de ancho por  dos de largo y dos con cincuenta de alto, lo que, descontando el espacio ocupado por la cama y la mesa les daba una capacidad de aire muy inferior a la indispensable para una buena salud. Solo una ventanilla de cuarenta por cuarenta centímetros provista de doble reja de hierro comunica con el exterior.

En eso se transformó la vida de los convictos y quedó en el olvido el proyecto de una colonia penal. Ushuaia nunca fue Australia, fue un horror que ni Dante imaginó.

Un grupo numeroso de presidiarios, tal vez los de mejor conducta,  tenían la oportunidad de trabajar al aire libre y eran llevados en el célebre trencito hasta el bosque para cortar leña, un elemento tan  importante en la zona como la comida. También juntar piedras y madera para construir la cárcel. El pueblo tenía la misma cantidad de habitantes que el presidio: unas seiscientas personas. El ex penado, Santiago Vaca, con sus noventa años nos cuenta:  “Solo recuerdo  que hacía mucho frío. Los árboles se congelaban  y el hacha rebotaba como si estuviéramos golpeando una barra de acero. Es mentira que  para que el frío  se pasara había que mover el cuerpo. Nada podía sacarnos el frío. Las manos se congelaban  y a la hora ya no se sentían los pies. En realidad estaban semicongelados. Los momentos más felices era cuando salíamos o regresábamos al presidio.”

La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.
La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.

El tren original se destruyó con un terremoto en el año 1949. Fue reconstruido por una empresa privada que hoy ofrece a los turistas hacer el mismo recorrido en uno similar, con locomotora a carbón como en los viejos tiempos, pero en vagones de primera clase. Los presos iban arriba de maderas y volvían cargados, caminando. Cada verano había un intento de fuga. Misión imposible, algunos caían bajo el fuego de los fusiles de sus guardias y otros, como Pipo, congelado en un río que hoy le debe su nombre.

Detrás de las paredes había gente.

Algunos de los presos más famosos de la cárcel del fin del mundo:

Simón Radowitzky

El 15 de noviembre de 1909, sabiendo que el jefe de policía retirado Ramón Lorenzo Falcón asistiría a un sepelio, corrió hacia su carruaje y lanzó un paquete envuelto en papeles. Era una bomba de fabricación casera que dejó al policía y a su acompañante con las piernas destrozadas y fallecieron al llegar al hospital.

Simón tenía veintidós años cuando el atentado, era un anarquista ucraniano. Desde chico le tocó ver los excesos de la represión policial y participó en Rusia de muchos levantamientos. Para no ser llevado a Siberia huyó a Argentina donde se relacionó con grupos anarquistas. Falcón representaba al represor por excelencia. Cada manifestación sindical dejaba un saldo de muertos y heridos y Radowitzky, solo o con una organización detrás a la que nunca delató, hizo justicia por sus manos.

Estuvo preso en Ushuaia por más de veinte años. Era el penado 155. Sus compañeros lo respetaban por su carácter paciente y manso. Su tuberculosis no le impidió organizar huelgas de hambre y protestas para  mejorar la calidad de vida en prisión. Tuvo un intento fallido de fuga hasta que obtuvo el indulto del presidente Hipólito Yrigoyen, con la salvedad de no poder vivir en Buenos Aires donde seguía liderando el movimiento anarquista. Fijó su residencia en Montevideo, donde murió a los sesenta y seis años.

Mateo Banks

Fue un estanciero de origen irlandés, acusado de matar en el año 1922 a toda su familia en el partido de Azul, sin que sus coartadas pudieran salvarlo. Primero disparó su rifle contra su hermano Dionisio, luego siguió con su sobrina de doce años. Se vio en la necesidad de matar a un par de peones para que no lo delataran. Luego se dirigió a otro campo donde vivían sus otros hermanos con sus familias y los fue eliminando a todos con engaños y una sangre fría sorprendente. Cuando terminó con su hazaña, denunció que los peones habían asesinado a toda su familia y que, en defensa propia, había tenido que dispararles. Ocho muertos, y Mateo aferrado a su versión. Fue un caso que conmocionó a la opinión pública. Las evidencias lo condenaron. El móvil fue económico, para salir de las impagables deudas de juego que había contraído. En 1924 fue trasladado al penal de Ushuaia. Se lo conocía como “el místico” por sus éxtasis religiosos. Fue liberado pero la sociedad lo condenó y tuvo que cambiarse de nombre. Un buen día resbaló en la bañadera y murió en el acto.

La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.
La cárcel del fin del mundo. / Vicky Rego.

Cayetano Santos Godino, o “El petiso orejudo”

Tenía siete años cuando el 26 de septiembre de 1904 llevó a un baldío a un vecinito de dos años a quien había golpeado ferozmente y lo tiró a una zanja. Era el menor de ocho hermanos, de padres calabreses que vivían en un conventillo en la Capital Federal. Su padre era alcohólico y golpeador. Su madre no mostraba un cuadro muy distinto. Cayetano presentaba signos claros de retraso en el crecimiento físico y madurativo. Al ser adulto llegó a medir  un metro cincuenta y tenía unas orejas enormes que desplegaba a modo de pantalla como un paquidermo.

Su historia criminal fue rápida y densa. Tenía predilección por los niños pequeños. Sería demasiado horrendo relatar los detalles de su carrera de homicidios. También gozaba matando animales y provocando incendios. Le gustaba confesar que había sido el autor de los crímenes. En ocasiones acudía al velatorio de las víctimas, acariciaba al muerto y derramaba una que otra lágrima.

La comunidad científica se interesó por él. Fue declarado deficiente mental con conductas criminales causadas por razones psicosociales. Lo encerraron a los dieciséis años en la penitenciaría de la calle Las Heras en Buenos Aires. Al examinarlo, le encontraron treinta y siete cicatrices de los golpes de su padre. Se le diagnosticó idiotez afectiva, carente de sentimientos sociales. A pesar de ser irresponsable de sus actos, fue condenado a cadena perpetua y trasladado al presidio de Ushuaia, donde permaneció hasta su muerte. Los presos lo odiaban. En una oportunidad, cuando mató a dos gatitos, tardó en recuperarse de la paliza que le dieron entre todos. Se intentó —sin éxito lógicamente—  una cirugía de sus orejas, con la intención de reducir su agresividad.

No se conocen las causas de su muerte. Tenía problemas gastrointestinales, había adelgazado muchos kilos y perdido casi todos sus dientes cuando se acabó su vida en 1944. Pocos años antes de que cerrara la cárcel.

La historia de los presos de Ushuaia da para leyendas tan interminables como la distancia que separaba el presidio de la sociedad.

Hubo presos políticos que fueron muy respetados, e injustamente condenados, como Guillermo MacHannaford, de familia británica quien egresó de la carrera militar como subteniente en 1915. Acusado de traición a la patria, fue enviado a Ushuaia y encerrado en la celda número diez. Se lo respetaba y se le dieron tareas administrativas a cumplir.

Hay rumores de que Carlos Gardel, el mayor exponente del tango argentino, de origen uruguayo, estuvo preso en el penal de Ushuaia por un lío de mujeres y política, cuando tenía quince años, en el pabellón numero cuatro, celda derecha número quince.  Si bien no es comprobable porque toda la documentación se perdió, hay un agujero negro en su biografía para esa época.

La cárcel se cerró por decreto del presidente Juan Domingo Perón, en 1947. Las razones fueron de carácter humanitario, debido a las condiciones en las que vivían los presos y el trato a veces hasta sádico de algunos de sus directores y guardias.

Me habría gustado que la historia fuese otra, como había empezado. Que el proyecto de colonia penal prosperara. Que fuese una oportunidad para rehabilitar a aquellos que tenían condiciones. Que no convivieran asesinos irrecuperables con delincuentes comunes.

Las cárceles deforman, resienten, acrecientan monstruosidades y estamos hoy lejos de solucionarlo. @mundiario

Comentarios