La violencia engendra violencia

Mario Firmenich (Montoneros), Juan Domingo Perón y Jorge Rafael Videla. / Autora.
Mario Firmenich (Montoneros), Juan Domingo Perón y Jorge Rafael Videla. / Autora.
Seguimos odiándonos. Un bando jamás perdonará al otro. Corrió mucha sangre, murieron muchos hijos, por parte de la guerrilla y por parte de la dictadura militar.
La violencia engendra violencia

Mi hija adolescente fue sacada de la fila por la directora del colegio. La llevó a su gabinete y, de un tirón, le descosió parte del dobladillo de la falda del uniforme. Estaba cansada de decirle que no debía llevarla tan corta. Mi hija le respondió:

— A una agresión se responde con otra agresión. Mañana voy a presentarme así, en el estado en que usted me dejó el uniforme.

Se lo dijo tranquila y segura. Creo que hubo un pedido de disculpas por parte de la docente.

Corrían los años ochenta. Mi hija con seguridad no conocía tan bien como la directora la triste historia de violencia de nuestro país.

En estos días en que la grieta divide a la Argentina en dos partes inconciliables, suenan en mi memoria frases que escuché cuando era niña — o quizás las oí después, repetidas por los medios— como aquella de Perón, enardecido en agosto del cincuenta y cinco: “Por cada uno de los nuestros caerán cinco de los de ellos”. ¿Quiénes eran los nuestros? Los que lo seguían. Los otros los que no.

El recuerdo personal de la historia de mi país está lleno de violencia que despierta otra violencia en una encadenamiento imparable.

Perón estaba desencajado y descontrolado cuando dijo eso a raíz de otro hecho violento: el horroroso bombardeo a la Plaza de Mayo por parte de la Armada, en junio del mismo año. Las bombas cayeron sobre una multitud convocada a honrar la bandera después de que enfurecidos peronistas habían prendido fuego la Curia Metropolitana y los principales templos católicos vecinos a la Plaza de Mayo.

Las Fuerzas Armadas buscaban el derrocamiento y tal vez la muerte de Perón.

“Que cada uno de ustedes recuerde que ahora la palabra es la lucha, se la vamos a hacer en todas partes y en todo lugar. Y también que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado.” Respondía el General. Estábamos en guerra.

Días después del famoso discurso de agosto del cincuenta y cinco triunfaba la Revolución Libertadora y Perón se iba al exilio, primero en Paraguay y luego en Madrid, desde donde regiría a su partido hasta que se le permitiera volver al país en junio del setenta y tres.

No pretendo hacer historia, solo buscar las razones de esta grieta que nos separa y entender de dónde vienen estas respuestas violentas entre las dos franjas fanáticas llenas de odio unas por otras. Hoy el país se divide entre los K y los anti K. Una visión maniquea nos separa: ángeles y demonios, depende del punto de vista extremo desde donde se mire. Escucho discursos muy parecidos a los de hace sesenta años. La violencia sigue engendrando violencia.

Cuando Perón volvió, contó con el apoyo de Montoneros y ganó tras un plebiscito con un margen del más del sesenta y dos por ciento. Habló desde el balcón de la Casa Rosada protegido por un vidrio blindado que lo amparaba de la violencia desatada en el cincuenta y cinco.

A pesar de tener un gobierno constitucional, la guerrilla no cesó en sus ataques. En enero del setenta y cuatro, el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) dio uno de sus golpes más audaces: el ataque al Regimiento de Azul contra las Fuerzas Armadas y contra el gobierno. Esto provocó la ruptura de Perón con Montoneros, a quienes calificó de enemigos de la Patria. Se le había “acabado la paciencia”. Esas fueron sus palabras.

El 1 de mayo de 1974, en medio de una Plaza de Mayo desbordante de partidarios, los Montoneros entonaban cánticos como:

Vea, vea, que manga de boludos, votamos a una muerta, a una puta y a un cornudo.

La muerta era Evita; la puta, María Estela Martínez (Isabelita), esposa de Perón y vicepresidenta. Lo de cornudo se refería a una sospecha de la relación entre ella y José López Rega, su Ministro de Bienestar Social, casi un Rasputín argentino.

No rompan más las bolas, Evita hay una sola. En referencia a Isabel.

“¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa General, que está lleno de gorilas el gobierno popular?”.  Gorilas se le dice en Argentina a los antiperonistas que derrocaron a Perón.

Esto provocó al Presidente, quien al escucharlos, desde el balcón de la Casa Rosada calificó de “estúpidos” e “imberbes”, a los que en otros tiempos, cuando los había sumado a sus huestes, decía que eran una juventud maravillosa.

La violencia se acrecentó, los crímenes de la guerrilla eran incontrolables y Perón, en discurso por cadena nacional dijo: “Ahora bien, si nosotros no tenemos en cuenta la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos (…) Si no tenemos la ley, el camino será otro; y les aseguro, que puestos a enfrentar la violencia con la violencia, nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla, y lo haremos a cualquier precio, porque no estamos aquí de monigotes (…) Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente.”

Perón murió el 1 de julio de 1974 y su mujer recibió el país en llamas. Débil e incapaz de estar al frente de semejante situación, fue manejada por su secretario privado, que integraba la Triple A, fuerza de derecha extrema y violenta, y por las Fuerzas Armadas, decididas a terminar con el peronismo y “salvar a la Patria”.

Recuerdo frases entre mis mayores como: “se necesita una mano dura”. Fueron muchos los que creyeron que un gobierno militar, de facto, nos salvaría del infierno en el que estábamos viviendo. El golpe del setenta y seis contó con el apoyo popular.

La respuesta a los horrendos crímenes de la guerrilla fue la redacción de un decreto firmado por Isabel, ya presidenta, y siete ministros. En su artículo primero facultaba al ejército para la ejecución de “las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos”.

Fue la legitimación de la represión y los crímenes más sangrientos de nuestra historia.

En septiembre del setenta y cinco el vacío de poder era palpable. Isabel se quedó sin rumbo al perder a su hombre fuerte: José Lopez Rega, llamado “el brujo” por sus prácticas esotéricas. Ejercía una influencia casi mística sobre ella. Ambos encarnaban la derecha del peronismo. Sin embargo, no contaban con el apoyo del oficialismo ni del pueblo quienes estaban convencidos de que el ministro era un loco muy peligroso y una influencia nefasta para la presidenta.

Se le pidió la renuncia y tuvo que abandonar el país.

Isabel, desfalleciente, se recluyó con problemas de salud mientras que la violencia entre la guerrilla y la Triple A continuaba.

El 24 de marzo de 1976, un golpe de estado destituyó a la presidenta y tomó el gobierno una Junta Militar integrada por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti.

Comenzó un período dantesco de nuestra historia. Creyendo legitimado su accionar por los decretos presidenciales y el apoyo popular, mataron a quienes creían culpables, sin juicio, sin informar, con un terrorismo de estado que enfrentó, fuera de la ley, al otro terrorismo con sus mismas armas, pero con más poder. Tal como lo había vaticinado Perón.

Cayeron inocentes solo por ser sospechosos y estar vinculados con la guerrilla, se apropiaron de sus hijos y los dieron en adopción, se crearon centros clandestinos de tortura, y tuvieron lugar los crímenes más vergonzosos en manos de quienes supuestamente venían a instaurar el orden en un país azotado por la violencia.

Mientras los ciudadanos más ingenuos no nos enterábamos de nada. Soñábamos con ganar el mundial del setenta y ocho, y nos creíamos que íbamos en vías de ser una Argentina potencia.

El delirio militar llevó  hasta invadir las Islas Malvinas, pensando rescatarlas del colonialismo británico. Nos hicieron creer que vencíamos hasta que nos enteramos de la rendición de los hombres del ejército argentino el 14 de junio de 1982. Cayeron miles de inocentes al servicio de nada. Siempre están los que creen que son necesarias muertes para lograr un fin glorioso.

 El periodista Ceferino Reato, autor del libro “Disposición Final”,  realizó nueve entrevistas —entre 2011 y 2012—  a Jorge Rafael Videla en su celda de Campo de Mayo. Lo recuerda como “un anciano muy delgado, levemente encorvado, que rezaba el rosario todas las tardes, comulgaba los domingos, y afirmaba que dormía muy tranquilo sin ningún tipo de remordimientos por los miles de personas que habían sido asesinadas y desaparecidas durante su dictadura. Cuenta que dijo: “Pongamos que eran siete mil y ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión: no podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas frente a la justicia”.

Seguimos odiándonos. Un bando jamás perdonará al otro. Corrió mucha sangre, murieron muchos hijos, por parte de la guerrilla y por parte de la dictadura militar.

Ese dolor se usa hoy para dividirnos más y gobernar a beneficio propio de quien detenta el poder.

Lejos de darnos cuenta, nos prestamos para seguir enfrentándonos, en las redes, en la calle, en los medios. Y dejamos que se cumpla la promesa:

Por cada uno de los nuestros, caerán cinco de los de ellos.

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