¿Sé realmente lo que quiero?: Sobre la autoatribución de deseos
El filósofo de la Universidad de Adelaida, Jordi Fernández, en el capítulo 3 titulado “Self-knowledge for Desire” de su libro Transparent Minds (2013), mantiene que su modelo permite explicar, entre otras cosas, que las autoatribuciones de deseos estén presuntamente más justificadas que las atribuciones de deseos que puedan hacernos otros. ¿Podemos argumentar u ofrecer ejemplos que pongan o puedan poner en cuestión dicha pretensión? ¿Permite en verdad el modelo de Fernández establecer que poseemos un acceso privilegiado a la naturaleza y contenido de nuestros deseos? Veámoslo.
Fernández entiende su modelo, el “bypass view”, como una teoría del autoconocimiento consistente que permite dar cuenta, entre otras cosas, del acceso privilegiado a nuestros propios deseos. La tesis de fondo que el autor pretende asentar con su modelo sostiene que cada sujeto puede conocer sus propios deseos (y sus no-deseos), aunque este conocimiento no sea infalible, en mejor medida que terceras personas (como nuestra propia madre).
El punto de partida se halla en la intuitiva idea de que cada uno de nosotros tenemos un acceso privilegiado, “fuerte” y “particular”, a nuestros propios deseos. Los deseos son actitudes proposicionales (“creencias”, “miedos”…) cuyo contenido se puede caracterizar como unos estados de cosas, situaciones, a los que el sujeto tiende. Este acceso no parece depender de la observación de nuestra propia conducta ni de ningún proceso inferencial que podamos hacer. A excepción de ciertos casos que vendrían a confirmar, según el autor, la regla. La idea de que la propuesta que nos ofrece Jordi Fernández no pretende aglomerar absolutamente todos los casos ni estar exenta de excepciones. Se acepta, por la contra, la posibilidad de que pueda haber casos en los que erremos en la determinación de nuestros deseos, así como la existencia de excepciones en las que reconozcamos en nosotros deseos a través de procesos inferenciales y de observación de nuestra conducta. En “circunstancias normales” se asume que las personas tienen un acceso privilegiado a sus deseos.
Una breve taxonomía de los deseos nos presenta tres tipos: los deseos instrumentales, que son medios para satisfacer el otro tipo de deseos, los no instrumentales. Dentro de estos últimos encontramos los deseos impulsivos más básicos y los deseos no instrumentales no básicos, que se basan en la valoración que hagamos de determinados fines. Todos y cada uno de estos deseos tienen una base o fondo que nos sirve para determinar su existencia. En esto se basará el “bypass view”.
Cada tipo de deseo tiene una base particular. A saber, los deseos instrumentales tienen su base en i) la creencia de que si se satisface el estado de cosas en el cual consiste este deseo se daría el caso de otro estado de cosas que satisfaría un deseo no instrumental y, así, ii) el deseo instrumental del sujeto por que se dé el primer estado de cosas. Los deseos básicos se basan en i) la experiencia de un impulso hacia un estado de cosas y, por tanto, ii) el deseo del sujeto hacia la consecución de ese estado de cosas. Por último, los deseos no instrumentales no básicos se basan en i) la estimación o valoración positiva del sujeto hacia determinado estado de cosas, lo que lleva al sujeto a ii) desear que se produzca tal estado de cosas. Por estado de cosas nos estamos refiriendo a cualquier situación en un sentido amplio. Siguiendo ejemplos del autor, diferentes estados de cosas pueden ser: “mi trabajar en la redacción de mi libro el verano que viene”, “la publicación de mi libro”, “mi beber agua” (ante el impulso que nos da la sed) o, por ejemplo, “el ser filósofo”.
Establecida esta base de los distintos tipos de deseos, el “bypass view” nos insta a considerar el acceso cristalino a nuestros deseos teniendo presente las bases expuestas. Es decir, por “bypass” se hace referencia al proceso por el cual la autoatribución de deseos está hecha sobre estas bases de los deseos a los que cada sujeto indudablemente puede acceder. Esta base de los deseos es la que nos concede de forma “epistémicamente justificada” un acceso privilegiado en primera persona. Cuando creo que quiero hacer bien este examen, puedo certificar mi deseo de hacer bien este examen sobre la base de que creo que si hago bien este examen aprobaré la asignatura y mi deseo de aprobar la asignatura. Puedo verificar mi deseo de comer sobre la base de que siento hambre. Y puedo certificar que tengo, asimismo, un deseo de ser una persona generosa sobre la base de que estimo o valoro positivamente el ser una persona generosa. Por tanto, el “bypass view” para los deseos afirma que un sujeto cree que tiene un deseo si i) cree que ese deseo se ha formado sobre una determinada base y ii) esa base es efectivamente el sostén del deseo. Este modelo encuentra apoyo, podemos ver, sobre la “transparencia del deseo”. Esto es, sobre el hecho de que si me pregunto si quiero ir a Vietnam dirigiré directamente mi atención sobre “mi ir a Vietnam”. Si me pregunto si quiero beber un zumo me consideraré como “bebiendo un zumo”. De lo que se trata es de que este modelo permite dar cuenta, de “una manera simple”, de la idea de la “transparencia del deseo”.
La idea del acceso privilegiado del sujeto en primera persona a sus deseos está epistémicamente justificada sobre la base de tales deseos. “Normalmente”, la autoatribución de deseos instrumentales está epistémicamente justificada mediante el reconocimiento de las creencias y demás deseos que acompañan a estos. La autoatribución de deseos básicos está soportada sobre el tener determinadas experiencias: hambre, sed, frío… Y la autoatribución de deseos no básicos está justificada si el sujeto tiene determinadas valoraciones y efectivamente los deseos no básicos autoatribuidos están formados sobre esas valoraciones. Por esto, si por ejemplo creo que deseo comer, no necesito creer que tengo hambre ni realizar determinadas inferencias ni observar mi conducta, sino que me basta con experimentar hambre para autoatribuirme el deseo de comer. La consecuencia inmediata que se sigue de lo dicho es que las autoatribuciones de deseos están más justificadas que las atribuciones de deseos por parte de terceras personas. El motivo es que terceras personas sí deben fundar sus atribuciones de deseos en inferencias que hagan a partir de observaciones de comportamiento. Lo cual hace que sus atribuciones sean mucho más vulnerables que las nuestras propias, cimentadas sobre nuestro experimentar hambre, nuestras propias valoraciones o creencias (que no precisan de ningún razonamiento a mayores).
Para terminar con la presentación del modelo de Jordi Fernández, describiremos someramente las dos objeciones mencionadas en el texto con sus respectivas respuestas. La primera de estas objeciones pone el acento sobre la posibilidad de que haya deseos cuya base “sea inadecuada”. ¿Cómo podemos tener un acceso privilegiado a deseos cuya base es incorrecta o inadecuada? Sigamos un ejemplo análogo al del autor y supongamos que deseo hacer bien este examen, pero que no me importa en absoluto aprobar la asignatura, sino que lo deseo hacer bien para lograr cierta satisfacción personal. Pero imaginemos que, aunque estuviera bien el examen, no terminaría de alcanzar tal satisfacción. Parece que aquí tenemos una inadecuación con respecto al deseo no instrumental que está en la base del deseo instrumental de hacer bien este examen. O, por ejemplo, supongamos que deseo hacer bien este examen pero, aunque eso llegara a suceder, suspendería la materia. En cualquiera de los casos, resida lo incorrecto en el deseo o la creencia que están en la base del deseo de hacer bien el examen, parece que la base de tal deseo es inadecuada. No obstante, mantiene Jordi Fernández, en este escenario mi acceso privilegiado al deseo de hacer bien el examen se conserva. A pesar de que la base de mi querer hacer bien el examen sea inadecuada, todavía tengo un acceso privilegiado a este deseo. La solución pasa por afirmar que, sea adecuada o inadecuada la base, la correlación que se establece entre los miembros de la base de un deseo y tal deseo se mantiene. En cualquiera de los dos casos, en el que lo inadecuado se encuentra en el deseo no instrumental o en la creencia, la correlación nos permite sostener que tenemos tal deseo.
Aunque el deseo no instrumental o la creencia que están en la base del deseo instrumental sean o no sean el caso, ello no es óbice para que el sujeto en primera persona pueda seguir determinando que tiene tal deseo no instrumental. Me puedo autoatribuir el deseo de hacer bien este examen porque tengo la creencia, aunque sea falsa, de que con ello aprobaré la asignatura. Aunque sea inadecuada sigue existiendo una base de cada deseo, cuyos elementos se encuentran vinculados a este, que me permite afirmar tal deseo.
La segunda objeción cuestiona la posibilidad de este modelo para dar cuenta de esa prolija cantidad de deseos que no tenemos. La respuesta del autor es que este modelo también permite dar cuenta del acceso privilegiado, en primera persona, a aquellos deseos que no tenemos. La regla consiste en que, si un sujeto no tiene ninguna base para tener un determinado deseo, entonces ese sujeto no tiene tal deseo. Esta regla AD (de “Absence of desire”), permite explicar por qué me puedo autoatribuir el no deseo de ser un mafioso. ¿Por qué lo sé? Pues porque no estimo ni valoro en absoluto el ser mafioso. Me permite autoatribuirme el no deseo de beber, porque no siento sed. Por último, también permite autoatribuirme el no deseo de practicar esgrima porque ni deseo ser bueno en esgrima, ni ganar ningún torneo de esgrima… ni tampoco creo que por practicar esgrima vaya a satisfacer ningún deseo no instrumental que tenga. Vayamos a las posibles vías alternativas por las que quizás se podría criticar la propuesta de este autor.
Un primer punto que nos llama la atención con respecto a esta propuesta es su aplicación para casos “normales”, como insiste el autor. Existen “curiosas situaciones” en las que este modelo no es aplicable. Se trata, por ejemplo, de aquellas situaciones en las que alcanzamos a saber que tenemos tal deseo en virtud de observaciones conductuales y razonamientos (por ejemplo, puedo determinar que deseo seguir soltero tras reparar en que engaño a mi pareja con personas que no me atraen o que me desentiendo descaradamente de los preparativos de la boda). De hecho, bien puede ser el caso que sean terceras personas las que nos desvelen nuestros propios deseos (alguien podría reparar en que desea continuar siendo soltero/a después de que un vecino chismoso, muy observador, se lo diga). A pesar de que son tratadas como minoría, no parecen pocas las situaciones cotidianas de este tipo —especialmente las situaciones en las que alguien nos desvela o ayuda a desvelar que tenemos tales y cuales deseos—. Con todo, aun cuando estos fueran minoría y el autor reste hierro al asunto, parece que más que excepciones que confirman la regla estos son casos que el modelo de Jordi Fernández no permite incluir. Lo que semeja ser un problema.
Además, parece que uno de los pilares sobre los que pretende asentar el autor la legitimidad su modelo es que este permite dar cuenta de la “transparencia del deseo”. Sin embargo, esto ya parece presuponer una transparencia con la que no necesariamente tenemos que estar de acuerdo.
Otro punto por el que podríamos intentar atacar el modelo del “bypass view” podría consistir en la imposibilidad de este modelo para dar cuenta de los deseos contradictorios y los inconscientes. Supongamos que soy una persona de 50 años que lleva fumando tabaco desde los 12. Supongamos también que tengo el deseo de vivir hasta los 95 años, pero resulta que i) tengo la creencia de que si fumo como lo vengo haciendo durante toda mi vida existen altísimas probabilidades de desarrollar un cáncer de pulmón y, sin embargo, ii) tengo el deseo de seguir fumando. Aquí, podemos ver, no nos topamos con un caso como el que el autor responde en la primera objeción (aunque, también cabría decir, no está del todo claro que haya superado tal objeción). No se trata tanto de que la base sobre la que se asienta un deseo sea inadecuada, sino de que un mismo sujeto puede contradecirse al autoatribuirse sus deseos. Por una parte, yo (persona fumadora) deseo seguir viviendo hasta los 95 años, bien porque valoro el vivir hasta esa edad, bien porque creo que vivir hasta tal edad me va a permitir satisfacer otros deseos. Por esta base, sea cual sea, puedo decir que tengo tal deseo. Pero resulta que también me puedo autoatribuir el deseo de seguir fumando, ya sea porque estimo ser una persona fumadora o porque este deseo es instrumental. Tenemos aquí un caso en el cual, si fuera correcto el modelo de Jordi Fernández, los sujetos nos podríamos autoatribuir legítimamente deseos contradictorios. Lo cual es cuestionable. Por otra parte, también están los casos de deseos inconscientes, que no parece disparatado afirmar son un buen número en cada sujeto y que, como hemos dicho, este sólo puede detectar a través del análisis de su conducta o de terceros.
Basta con rememorar todas aquellas situaciones de nuestra vida en las que, si hubiésemos sabido de verdad lo que queríamos, no se habrían sucedido resultados negativos. ¿Cuántas veces no nos habremos descubierto sin poder determinar lo que queremos? Supongamos que alguien cree que desea adelgazar porque cree que desea estar sano y que adelgazar lo hará estar sano. Por esta base, determina que desea adelgazar. Según el autor, esta decisión tiene más peso que la de terceros mas, supongamos, a ese individuo otras personas le dicen que ya está suficientemente delgado y que desea adelgazar, en verdad, porque cree que eso le hará más atractivo. Al decirle esto, el individuo tiene dudas respecto a su supuesto deseo, justificado epistémicamente según Jordi Fernández, y comienza a plantearse el asunto nuevamente. Mediante nuevas indagaciones descubre que realmente cree que si adelgaza será más atractivo y que desea ser más atractivo. Parece estar seguro de que desea adelgazar por una de las dos razones y, empero, no lo tiene nada claro. ¿Podemos afirmar aquí que el modelo de Jordi Fernández proporciona una mayor autoridad al sujeto en primera persona que a terceros que se han basado en observaciones para determinar que lo que este busca es resultar más atractivo? Esto no está, cuanto menos, nada claro. @mundiario


