La felicidad, Séneca y el estoicismo
En el mundo greco-romano postaristotélico, la filosofía fue un asunto de sectas. Allí no interesa la filosofía en general, sino que se es platónico, epicúreo o, por ejemplo, estoico. El interés fundamental reside aquí en la felicidad. En cómo lograr la vida buena. En particular, el estoicismo centra su objetivo en este fin. Empero, es importante no confundir el estoicismo con una moral. Es antes que nada un arte de vivir, una receta de autotransformación del yo, nuestra única y verdadera posesión. El estoicismo es el sistema inmunitario ante todo lo foráneo al yo.
El estoicismo propone al humano liberarse de los tormentos de la vida retirándose a una fortaleza interior. Una fortaleza, como dice Veyne en su Séneca. Una introducción, vacía en la medida en que el sabio debe liberarse de los deseos. Sin olvidar, eso sí, los deberes para con el otro. Además de ciertos salvoconductos para cumplir con estos deberes o para cosechar algunos placeres sensatos.
La filosofía estoica fue elaborada tres siglos antes del nacimiento de Séneca, su principal exponente. Esta escuela dio continuidad a dos temas clave del pensamiento griego: el problema de la felicidad y el ideal de la sabiduría. Aquí, la felicidad se reduce a una seguridad inquebrantable. Una felicidad que se va topando en el camino mismo de dicha seguridad. Un camino no exento de moralidad, de compromiso con el otro. Esta es una tendencia que ya venía desde el antiguo concepto de felicidad como eudemonía. Por mucho que el humano esté fuertemente protegido de los males, no será feliz si es injusto e intemperado.
Lejos de interpretar a la naturaleza como una cruel jungla, Séneca ve un jardín perfectamente diseñado. Ella misma traza con una línea sutil el camino de la felicidad; pero, claro está, depende de nosotros seguirlo. La consideración de que “la naturaleza hace bien las cosas” se encontró con numerosos escépticos. Lo que no resta peso a la aseveración estoica. Que la naturaleza esté bien hecha quiere decir que está organizada, porque nada ocurre por azar, su fatalidad es inherente. Para afrontar el camino a la felicidad es necesario cobijarse en la seguridad y libertad que nos ofrece nuestra vida interior. Para ser feliz es necesario obedecer a la naturaleza, aceptarla virtuosamente. El que la mayor parte de los humanos renieguen del camino de la felicidad no significa que la naturaleza humana esté mal hecha. Lo que sucede es que a fuerza de repetir siempre los mismos errores, nos enquistamos en un “mal hábito”, en un vicio.
No se trata, por ejemplo, de que la muerte sea mala o temible, sino que el propio individuo así lo ha decretado. Como decía Epicuro, la muerte no es real ni para vivos ni paras muertos: para los primeros está lejos, para cuando se cierne sobre los segundos estos ya no existen. Ahora bien, podría decirse, ¿no es la muerte algo negativo en la medida en que termina con la felicidad del sabio? La respuesta estoica es negativa. El sabio vive en el instante, que le colma. Para la dicha del sabio estoico la duración es indiferente. Pero, si esto es así, ¿por qué no se deja atropellar un estoico que atraviesa la calle? La respuesta, ciertamente simple, y que resulta extrapolable al ámbito de la riqueza o del dolor es la siguiente: hay que aceptar todo lo que sucede virtuosamente, como un bien. No obstante, es natural preferir la vida a la muerte, el placer al dolor o la riqueza a la pobreza. En un mínimo escrutinio que se haga de estas aserciones, que a primera vista nos pueden parecer contradictorias con el espíritu estoico, nos daremos cuenta de que no hay contradicción ni disparate alguno. El estoico sabe, por una parte, que se puede ser tan feliz sometido a tortura como tendido en un lecho de rosas y, por otra, que es preferible estar tendido en un lecho de rosas. En cualquiera de ambos casos la felicidad del sabio es inamovible.
El sabio, o, más bien, aquel que sigue el camino de la sabiduría, por supuesto que siente el dolor. Pero lo afronta, se sitúa por encima suya aceptándolo. Junto a todo dolor el sabio siente el goce íntimo de soportarlo gracias a su virtud. El dolor no hace tambalear los cimientos de su fortaleza. No se trata, por tanto, de que el estoico soporte los distintos avatares del destino como un quejica o con un resignado silencio, sino más bien de que estos no alcanzan la altura en la que se encuentra la grandeza de su alma. En definitiva, como afirma Séneca en la carta 82 a Lucilio: “Que la filosofía erija a nuestro alrededor la fortaleza inexpugnable que la Fortuna asediará con toda su artillería sin conseguir abrir una sola brecha en ella”. De esto se trata, “el cuerpo siente, pero el alma decide”.
La naturaleza engendra al humano libre e intacto; los vicios que lo encadenan no son naturales. Los vicios proceden de la presión ideológica del entorno. Una presión a la que nos habituamos a sucumbir hasta el punto de ver en ella lo “natural”. Una presión, huelga decir, en la que los “culpables” son asimismo víctimas. Las enfermedades del alma, considera Séneca, tienen la particularidad de que sus pacientes no se sienten en absoluto enfermos. Los dementes consideran feliz su estado. El primer paso consiste en aceptar la enfermedad, el segundo lo muestra Séneca en la primera sentencia de las Cartas a Lucilio: “Sí, querido Lucilio, sé tu propio liberador”. Ahora bien, en sus Diálogos, Séneca ofrece excelsos consejos que orientan en este camino liberador. Como se nos indica en las Cartas a Lucilio, la nueva existencia del estoico se labra a fuerza de un control incesante. La condición de la felicidad depende de que la fortaleza interior decrete un estado de asedio permanente.
El estoicismo ofrece un camino. Como reconoce en algunos textos el propio Séneca, la figura del sabio es una quimera tan sólo comparable a seres como Hércules o Catón de Útica. Esto pudiera parecer a simple vista una paradoja al ser estos unos seres de fantasía, inalcanzables. Pero esto no es así. La imposibilidad de llegar a una meta no resta sentido al camino, que toma como ideal regulativo la figura del sabio. Tampoco se debe confundir la búsqueda de la sabiduría, de la figura del sabio, con una especie de elitismo intelectual estoico. La exaltación del sabio no entraña en absoluto una devaluación del resto de la humanidad. Si se sitúa al sabio tan arriba es para que todos los humanos se eleven, para que lo busquen individualmente.
El ideal estoico se encuentra en la apacible quietud regulada por la razón. Una regulación que conlleva un determinado modo de actuar: “Si no actuamos perfectamente no seremos felices”. Es necesario, para no extraviarse en el camino, actuar rectamente. Lo cual se consigue siendo siempre dueño de uno mismo. No dejándose configurar ni arrastrar, como un velero a la deriva, por las cosas ni por los otros. Así, el estoicismo nos ofrece una perfecta síntesis entre la virtud (receta de la felicidad personal) y la moral de los deberes hacia el “otro”. @mundiario
