Promesas rotas
Hubo un tiempo no lejano en que ser “pobre” era simplemente ser currante. En el siglo XIX, los “proletarios” eran gentes trabajadoras: sus salarios apenas daban para comer, sus niños trabajaban para completar los escasos salarios del padre, y la madre, cuando la había, desempeñaba los puestos de más baja cualificación en el sistema de producción. No había leyes sociales que les confirieran algún derecho y cualquier inconveniente que se encontraran en la vida: una enfermedad, un accidente o simplemente hacerse mayor -y no poder trabajar-, extremaba el riesgo de tener que vivir de limosna en la calle. Lo cuenta Galdós en una de sus mejores obras: Misericordia, novela que a María Zambrano le parecía que resumía a un tiempo la parte más dura y la más lúcida de la Historia de España; el personaje de Nina, siempre sacrificada por cuanto ser vivo hubiera alrededor, incluso atendía a otra mujer, siempre pagada de sí misma, pero peripuesta beneficiaria de su bondad; la caridad de Nina era lo único que un ciego extranjero tenía para salir adelante en un mundo en que la voluble beneficencia era absolutamente ineficaz contra la enorme cantidad de pobreza ambulante que había.
Aquella pobreza ya antigua, añadida a la que había habido siempre en la época de la industrialización, se concentró en las zonas industriales y urbanas de manera feroz, y motivó a la gente trabajadora para sindicarse y reclamar sus derechos. Llegaron a ser “la cuestión social” que inquietó la cómoda tranquilidad de una burguesía satisfecha de haber alcanzando el poder político, no sólo en Europa, sino también en la España más industrializada del siglo XIX. Aquel movimiento acabó desencadenando que, para dar “seguridad” al conservadurismo burgués, había que sacrificar algo de la sacralizada propiedad que les daba un poder casi absoluto sobre casi todo. En los años ochenta de ese siglo, en vez de “caridad”, “beneficencia” o “filantropía” –fórmulas que Concepción Arenal percibía insuficientes para atender los problemas reales que tenía la casa del pobre-, había que detraer algo de aquella riqueza para la atención de los derechos básicos de los obreros. En Alemania, Bismarck onstitucionalizó las políticas sociales, y enseguida, vino su reconocimiento en otros países, también en España, aunque con una lentitud. La crisis del 29 y, sobre todo, los desastres de la IIª GM, aceleraron la creación del “Estado de Bienestar” en una Europa exhausta.
En España, habíamos vivido una Guerra algunos años antes, pero el acceso al “Estado de Bienestar” fue más tardío. Cuando lo alcanzamos ya no era lo que los emigrantes españoles habían vivido en la Francia o Alemania de los años sesenta. Estaba en crisis la socialdemocracia y, en el panorama internacional, desde la caída del Muro de Berlín en el 89, el neoliberalismo de Thatcher (1979-1990) y Reagan (1981-1989) orientó al Fukuyama de El fin de la historia (1992). La vida cotidiana de los europeos rebajaba su sistema de protección social y los libros de Historia de los liceos franceses incluyeron en el currículum de Bachillerato un tema que, con cierta melancolía, denominaban: “Los treinta [años] gloriosos”; “la crisis del 73” había empezado a llevárselos por delante, y los indicadores de “riesgo de pobreza” empezaron a ser de nuevo crecientes
¡Demasiada gente!
La nueva pobreza es más sutil, pero existe. Cuando alguien la menciona, los interlocutores se suelen sacudir la preocupación de que pueda rondarlos observando: “Fíjate, cómo están las terrazas…; todo está lleno”, y llevan la conversación a algo más divertido. A los habitantes de la modernidad de 2024 les es fácil evadirse; los modos de producción han cambiado tanto que no hace falta empeñarse mucho en alienarse o dejar que le alienen a uno, por más que, alrededor o probablemente en el piso de enfrente, la pobreza siga siendo una cruda realidad. Cada vez hay más personas que, como en el siglo XIX, aunque trabajen, y trabajen mucho, lo tienen complicado para sobrevivir. En este momento, según la encuesta del INE sobre Calidad de Vida en 2023 , en la España de todos existe un 26,5% de población que sufre “riesgo de pobreza”. Es decir, algo más de un cuarto de conciudadanos carecen de algún elemento significativo que les hace llevar una vida cotidiana distinta de la sus vecinos; una de cada cuatro personas, por ser pobres o estar a punto de serlo, no puede afrontar los gastos que conlleva llegar a fin de mes dignamente: la calefacción, la energía, la menstruación (en el caso de las mujeres), la alimentación, la sanidad, la educación de los hijos y la vivienda son los principales indicadores de la desigualdad de unos y otros ciudadanos; a más indicadores que adviertan, más pobreza diaria tienen.
Esta pobreza de ahora, apenas es visible; los que la padecen tratan de que así sea para no avergonzarse ni dar lástima. Afecta, sobre todo, a las mujeres y los más jóvenes y, aunque finjamos no verla, muestra las nuevas facetas de la brecha social, que crece inexorable entre quienes tienen y quienes tienen muy difícil llegar a fin de mes; entre este conjunto y el de los pocos que aparecen en la lista Forbes o andan relativamente cerca, la brecha es exponencialmente mayor. Además, a ese 26,5% de la población en riesgo de pobreza el mínimo problema que les surja les hará pasar –igual que pasaba en el siglo XIX- a una situación insostenible. Por otra parte, es especialmente llamativo que un 13,3% de quienes están en ese tobogán del riesgo de ser pobres tenga, según el INE, estudios superiores. Esto nos lleva a lo esperpéntico de oír a quienes abogan por el “esfuerzo” como solución. En el siglo XIX, cuando el tópico era decir a los pobres que eran borrachos o cosas peores, los humillaban sin pagarles o los exhibían un día de fiesta para demostrar que eran buena gente. Hoy, voces cortantes, insensibilizadas por aduladores interesados en “mamandurrias”, los insultan descaradamente: “No quieren trabajar”. Cualquiera con aspiraciones de trepa en el mundillo de cierta politiquería se lo gritará a los profesores que estos días están en huelga: no sería la primera vez.
La pobreza obliga a hablar de política en serio, y de quienes, como políticos, están atentos a resolver y no a embarullar para aprovecharse; tanto amor muestran al libre mercado que le ponen en bandeja los motores del ascenso social: la Educación, la Sanidad o la Vivienda, sin explicar qué hacen como lacayos de la capacidad extractiva de unos amos que apenas conocen, a cuenta de romper esperanzas de vida honorables. Nunca cuentan por qué les interesan tanto los bienes públicos de esos servicios sin ocuparse de los daños colaterales que causan sus alegres privatizaciones, pero predican una libertad idiotizada en que sobran los viejos y los jóvenes bien preparados. De eso va la pobreza actual, mayor que el año 2022, con tanto emprendedor dispuesto a sacarle ventaja. @mundiario


