Negocios y negacionismos inexplicados
También es tiempo de revisar negacionismos que, después de las urnas, sea conveniente mantener o modular. En la lógica de la política coyuntural, negar es un modo acomodaticio de tapar la desconcertante realidad y culparla –o culpar a otros- de los desatinos con que se la haya enriquecido.
Exclusiones negacionistas
En las elecciones gallegas, ese trasfondo ha estado tan vivo que muchas explicaciones no traspasan la descripción genérica de la distribución de los votos evidenciando que alguien gana, alguien parece que gana pero no se sabe bien hasta qué punto y alguien sale descalabrado. Cada experto que pretende adentrarse en algo más previene a cuantos quieran oírle con una serie de muletillas que le salven. Una de ellas, la supuesta “galleguidad”, haría del voto en Galicia un modo de expresión intrínsecamente distinto de cómo sea en otra parte. Otra de no menor relevancia ha insistido en no leer lo acontecido “en clave nacional”. Dicho de otro modo, que el resultado de las elecciones del 18F ha sido tan peculiar, que sus esencias solo están al alcance de raros intérpretes que, en alguna epifanía futura, explicarán al resto de los humanos qué haya acontecido realmente.
A la luz de este misterio, da igual haberlo vivido en directo, ser gallego vivo fuera de Galicia y sin facultad para votar, o pertenecer a la especie de españoles que no cumplen con lo uno o lo otro. Todos iguales en la misma ignorancia, incapaces de ver qué haya pasado, menos entienden cómo hasta las siete de la tarde del domingo había cierta unanimidad en que “había partido”. Visto que no lo hubo y que el inesperado resultado merece ser explicado, un probable análisis debiera partir de la constatación de que Galicia sigue en la misma dirección que llevaba, tan avanzada como hace 15 años. El 32,69% de los posibles votantes no han votado, pero del 67,3% que lo han hecho, sumados los que han elegido PP y DO a cuantos no han escogido formaciones que no han logrado representación alguna, un 53,47% de votantes acaban de favorecer –por razones en parte opuestas- que Galicia siga –según dicen los ganadores de esta confrontación- con sentidiño.
Cabe preguntarse, pues, si esta proporción de gallegos y gallegas -que sobrepasa ampliamente la mitad de la población- , es la que representa mejor “la galleguidad”, o si este título les corresponde con propiedad a quienes hayan votado al BNG y al PSOE. Ante la obvia pluralidad explicativa, tal vez los más inclinados a hipótesis psicológicas encuentren al fin sus rasgos precisos, distintivos incluso de los que se hayan acomodado en habitantes de otras autonomías. Podrán endosarles las pautas motivadoras de por qué Galicia siga teniendo una entidad inamovible en la constancia de sus votantes, inclinados casi siempre del mismo lado, y tan a gusto con la gestión de sus asuntos en estos quince años y mucho antes. Dudoso es, sin embargo, que la mera consideración psicológica de tan prolongada predominancia en el voto deje en el aire una explicación coherente y consistente, en que quepa el olvido de los temores de quienes denunciaron, antes del 18F, descuidos o mala gestión de muchos problemas en capítulos en que la Xunta es competente.
Los negocios
Quienes anhelen que, dentro de cuatro años, haya posibilidad real de que las urnas hablen de otro modo habrán de procurar, una vez superados los silencios, negacionismos y afirmaciones solemnes, indagar en las razones objetivas que han inclinado a la mayoría de votantes hacia quienes gestionaron asuntos públicos en los años pasados. En vez de rondar los esencialismos, más vale ceñirse a la materialidad de los negocios en que los gallegos intuyen salir mejor parados de este modo. En las decisiones de los humanos, la mixtura entre lo pragmático y lo supuestamente ético siempre es grande; la suma de beneficios y obstáculos que a cada cual se le pasan por la cabeza antes de votar es grande. En ese mar indefinido, también navegan quienes tienen clarísimo seguir votando como votaron la primera vez cuando, en 1981, con un 57,3% de abstenciones, la AP de Fernández Albor logró formar gobierno con su 30,5% de votos, en alianza con el 27,80 de los logrados por una UCD que ya mostraba signos de debilidad. Estos fieles votantes no votan a ciegas, con una fe en lo que no hayan visto. Su mente y sus manos están puestas en beneficios que , a su entender, ninguna de las demás formaciones –las que siguen en el tablero del parlamento gallego, y las que ni siquiera han encontrado el mínimo legal necesario de votantes- favorece o tiene en cuenta.
A su favor juega, además, lo dispuesto en el Estatuto de Autonomía respecto a la distribución provincial de los setenta y un escaños. Si se le suma la obligatoria necesidad de la oportuna reforma electoral de Fraga en 1982 requiriendo un 5% de votos para alcanzar algún escaño, se entenderá que votar en Galicia parte del privilegiado negocio de una distribución del voto poco acorde con la proporción real de habitantes de cada circunscripción. Donde persiste la ruralidad cultural hay un negocio rentable para la estabilidad del conservadurismo. La base del dichoso sentidiño “natural” y las supuestas cousas como Deus manda es un preciado ingrediente, favorable a la ignorancia y al silencio cómplice y clasista; llega hasta las urnas y lo refuerzan las múltiples manipulaciones de los hechos y las deslenguadas manifestaciones de personajes que salen favorecidos con el voto gallego. Por ejemplo, Almeida, el alcalde de Madrid, deshaciéndose de cuantos han criticado su mascletá en un lugar sensible, como “izquierda triste”, empeñada en aguarle su fiesta. O Isabel Ayuso burlando a quienes la acusan de fallos solemnes en la gestión de las residencias de mayores durante la covid-19: lo ha hecho todo bien y no entiende sus protestas.
En el fondo y en la superficie de las explicaciones del voto gallego, sucede lo mismo. Lo que la educación y la cultura no hay modificado, la naturaleza tiende a que siga, como siempre, sus pautas rutinarias. Las fidelidades generadas por dependencias minorizadoras en el pasado siguen inmóviles donde la posibilidad de cambiarlas ha estado frenada. En Galicia, y en cualquier parte, verse a sí mismo más independiente y libre no pasa de formalidad con una Educación o una Sanidad débil o desatendiendo a lo público. Cambiar sigue siendo un riesgo excesivo para mucha gente: voten lo mismo que siempre o no voten, en los cuarenta años anteriores a la CE78 tampoco votaban, y muchos no lo extrañaban. @mundiario


