Cansancio y movilización
En los fragmentos filosóficos que nos han llegado desde la antigua Grecia puede verse cómo, detrás de lo que acontecía, estaba “lo que es” y “lo que no es”. Ya disputaban acerca de la inmovilidad o movilidad del ser. Cuando algunos profesores de Filosofía lo explicaban a las generaciones de Posguerra, aquellas cuestiones ontológicas sonaban peregrinas y sus oyentes se imaginaban su concreción en maridajes verticalistas como el de Educación y Descanso.
¿Qué dicen los rumorosos gallegos?
Alguna herencia sociológica han dejado aquellos aprendizajes. No son pocos los expertos en estadísticas electorales que, en lo que atañe a las que se acercan, prevén que si el 18 de febrero los gallegos que acudan a votar no alcanzan el 62%, la inmovilidad de la prevalencia de voto seguirá en su ser actual. Aducen en pro de esta hipótesis que, con Feijóo al frente, su estrategia preelectoral procuraba desarrollar la parsimonia del votante, convencido de que ganaría el envite si la participación era floja. En las elecciones de 2020, alcanzó el 47,96% de votos del 58,88% de votantes; se abstuvo el 41.12%). Poco varió respecto a 2016, en que había triunfado con el 47,56% del 53,63% de las papeletas; con el 46,37 % de abstención, siguió la tradición dominante anterior, de baja participación Que si llovía o no llovía y que si los viejos eran inducidos a abstenerse o pronunciarse, fueron invocaciones célebres, cuando en algunas mesas los muertos podían votar.
Esta parecía la tónica a desarrollar estos días. Queda por ver, por tanto, hasta qué punto la intromisión de los pellets va a ser capaz de introducir dudas en los derechohabientes al voto, acerca de la gestión de los problemas y necesidades de Galicia durante estos años. Romper la acostumbrada cachaza de los gallegos para acercarse a las urnas y que no parezcan escépticos, demostraría que muchas cosas que, si son de un determinado modo, no es por inmutabilidad de su ser natural y que son susceptibles de cambio. Si los que no votaron en las últimas elecciones siguen sin pensar hacerlo el 18 de febrero, aunque vean en vivo lo que pasa en asuntos como los que afectan a la pesca, será porque disculpan a sus gestores cercanos de lo público. Siguiendo viejos miedos al qué dirán, habrán dando por buenos los mensajes de Feijóo y sus correligionarios en el sentido de que la culpa de que algo no funciona la tiene el “sanchismo”; los malos serán quienes remuevan la tranquilidad de lo que decía Parménides con ideas heraclitianas.
Cansancio
Visto el cansancio creciente de todo humano atento a los noticiarios, cunde la duda también de si sirven para algo los políticos y sus partidos instrumentales. La matanza de Israel en Gaza ya supera los 25.000 muertos y, a pesar de ser creciente la estupefacción de cientos de miles de manifestantes en todo el mundo, los dirigentes israelíes todavía dicen que quedan meses –¿y miles de muertos?- hasta liberarse de la amenaza de Hamás. Intensifican las masacres y bombardeos y ya son doce o trece espacios en el Oriente Medio, donde esta Guerra está teniendo repercusión directa. Las comunicaciones por el Canal de Suez y Mar Rojo están siendo cegadas y ya tenemos actores dispuestos a defender sus intereses en ese amplio territorio estratégico simulando ayudar a israelíes o a palestinos, mientras la ONU, vilipendiada, tiene las manos atadas en el conflicto. Después de tantos años repitiendo el mismo espectáculo internacional, en este momento es televisada en directo la vieja venganza que se originó por intrusismo en tierra extraña. Es muy cansado que quien tiene más fuerza para retenerla quiera hacer ver que tiene más razón, y que, invocando supuesta superioridad moral, trate de ampliarla con el consentimiento de una humanidad contemplativa.
A muchos ciudadanos les inunda el mismo cansancio a la vista de que, ante problemas concretos, abundan en su entorno políticos expertos en reordenar el sentido de las cosas. Con esta monomanía -igual a la de un personaje de la unamuniana novela Amor y Pedagogía-, creen que el objeto de su actividad pública es catalogar el universo para, una vez redefinido, devolvérselo bien ordenado a endiosados ideologías. Ese fanatismo absolutista, sin arreglar nada, dificulta y convierte en enigma cuestiones delicadas como el urbanismo, la convivencia, la libertad democrática y hasta el conocimiento. Complicada la vida a los ciudadanos, no es infrecuente que tuerzan el rico sentido que estas asuntos sugieren, no solo al ser nombrados, sino para entender el análisis y evolución digno de cuanto sucede. Por la vía sofista del cortocircuito semántico, dejando fuera de juego lo más atractivo se erigen a sí mismos en sabios del lugar. Subidos a los altares de las Redes Sociales, incluso pugnan por ser insignes pese a las censuras con que difuminan que no saben o que no les interesa que la dura realidad sea removida.
Sucede especialmente en el ámbito de las políticas educativas, donde acertar es difícil. El corpus normativo en este terreno, repetitivo desde antes de 1857, hace cansina su historia y que su aprecio cívico pocas veces tenga que ver con lo que realmente sucede en las aulas, por pomposos que sean los fervores de las Autonomías. Por tal motivo, es digno de ser observado el jaleo que se está montando a raíz del anuncio de ayer en Coruña, de un plan del MECDF sobre refuerzo escolar en matemáticas y comprensión lectora que repartiría 500 millones de euros entre casi cinco millones de alumnos comprendidos entre tercero de Primaria y cuarto de ESO. Equivale a 100 por estudiante en la legislatura: 25 euros cada año, y cómo vaya afectar a la organización actual de las aulas escolares de toda España, a costa de qué y de quienes, está en mantillas.
Cabe aventurar que poco puede transformar culturas escolares vigentes, entre otros aspectos, en formación del profesorado, atención a desigualdades profundas e inspección de una discriminatoria “libertad de elección” que pocos tienen. Si sólo los retocan, más de un tercio de alumnos, cuando vayan por primera vez a la escuela o al colegio, enseguida advertirá que su tránsito será un “fracaso”. El sistema tiene esta limitación desde antes de que la OCDE se interesara por la educación española en 1969, y no han faltado quienes lo han denunciado. No es desdeñable la intención de la iniciativa, pero es cansino volver a repetir que remover trasfondo de carencias competenciales como las que acaba de mostrar una vez más PISA, requiere otro compromiso con la enseñanza pública. @mundiario


