Voces o palabras

Felipe VI ante el Congreso. / @CasaReal.
Felipe VI ante el Congreso. / @CasaReal.
La solemne apertura de la XV Legislatura muestra que el diálogo será difícil; las voces y gestos de “mala educación” lo tienen más fácil.

La distinción entre “voces” o “palabras” la hizo ya Aristóteles cuando escribía La Política (siglo IV a. C.). Alguna otra vez ha salido en esta columna el pasaje I, 1, en que decía que “la voz” es más propia de los animales: según él, la Naturaleza no hace nada en vano; sólo el hombre, entre los animales, posee “la palabra”, pero mientras aquella indica el dolor o el pacer, y por eso la tienen los otros animales para indicarse estas sensaciones entre sí, “la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto, el sentido de lo bueno y lo malo” y demás apreciaciones que al hombre le son “fundamentales para la vida comunitaria,  la casa familiar y la ciudad”.

A la luz de lo que oímos uno y otro día en asuntos políticos –es decir de la ciudad de todos-, hay demasiados ciudadanos metidos en política a quienes les gustarían reglas distintas de las constitucionales: vocean pero no dicen palabras valiosas para la convivencia. De ellos también dice Aristóteles que, “si bien el hombre perfecto es el mejor de los animales, también es verdad que, apartado de la ley y la justicia, es el peor de todos”.

Pedagogías no sólo infantiles

Desde la democracia ateniense a la actualidad, ha habido muchos avances en el conocimiento que tenemos acerca de las capacidades cognitivas y emocionales que hemos aprendido a ver en los animales. Después de servirnos de ellos para todo, incluidas experimentaciones farmacológicas y cualidades terapéuticas, ha cambiado nuestra estima por los mismos y sus derechos, y hasta nos seguimos sirviendo de ellos para nutrir fábulas didácticas desde antes de Esopo y muestras pictóricas de rango simbólico. Los símiles entre determinados rasgos físicos o conductuales de los animales con humanos han sido fuente de inspiración para artistas diversos, de modo que bajo la lupa del tópico asignado al burro, al cerdo, al zorro, al erizo, la hormiga, la abeja, la gallina, el sapo y similares, hemos imaginado bondades y maldades, vicios y virtudes de nuestros semejantes. Los títulos de libros, alegorías y parábolas –incluidas las más famosas del Evangelio-, y también de relatos, cuentos infantiles, chismes y habladurías que nutren la vida cotidiana, están dispuestas desde muy antiguo para nuestro uso, disfrute, maledicencia, consuelo y metodología didáctica. De todo hay en este amplísimo catálogo zoológico del que echamos mano sin reparo, tanto para la ampliación de la comprensión del bien que conviene a la comunidad, como para zaherir y rechazar a quien con su comportamiento es visto como abominable.

En los últimos tiempos, a efectos de quedarse con la audiencia también abundan otros símiles y metáforas, como “la fruta” –sonora aliteración de torpeza solemne- o “el maletero del coche”, como espacio apropiado para retirar a alguien de en medio. Al ritmo que va el sucio mamporreo político de algunos/as malhablados/as, no sería raro ya que empezara a ser usual en el Parlamento el sistémico empleo de la literatura  de animales, imitando la de memes en las Redes, y que, día a día, el espacio de la Soberanía popular se parezca cada vez más a un gallinero, o a cualquier otro de los establos de las casas agrícolas. Es decir, que alguna razón llevaba Aristóteles para animar al buen uso de la palabra en vez de imitar las voces y griteríos de los animales -por mucho dolor que genere un adversario-, y que la conversación democrática gire en torno a los argumentos en defensa o refutación de si es justa y apropiada cualquier decisión que pretenda arreglar un  problema.

¿Ejemplaridad?

En el inicio de esta XV Legislatura, la talla de los debates no brilla precisamente por los razonamientos sensatos ni por la altura de miras de los hablantes. No es que en la anterior fuera más elevada y brillante, pero sobra vocerío cuando, además, se anima a que prosiga en la calle con  falsos pretextos. Lo que augura esta animosidad no es madurez, sino regresión evolutiva; es muy alto el desvarío verborreico entre quienes debieran respetar las instituciones y ser ejemplo para la ciudadanía que los ha votado.

Cuando hablen de deterioro de la democracia, no digan que es algo ambiental, venido de los Trump, Bolsonaro, Netanyahu, Milei y similares, o del mal uso social de las Redes. No responsabilicen tampoco a la educación, como si los docentes fueran los que enseñan a sus alumnos  mal comportamiento y peores maneras. Responsabilícense, más bien, del caprichoso mal ejemplo que dan con su antojadizo desgaste del sistema democrático a base de erosionar el sentido exacto de las palabras. Ni la “libertad” es lo que quieren decir que es, ni una “dictadura” o un “golpe de Estado” se parecen a este gratuito deporte, que cada vez tiene más semejanza con el de, cuando críos, decíamos palabras malsonantes como supuesta rebeldía. Miguel Delibes prestó atención a este hábito infantil en Mi idolatrado hijo Sisí en 1953, pero después de la infancia la crueldad cobarde prosiguió en cuantos hacían gala de bizarría con los débiles, los viejos y los indefensos. A base de coger el rábano por las hojas cuando hablan y opinan, sobran politiquerías que dan la impresión de retroceso a la  adolescencia para que el patio del colegio ande revuelto. En su intrépido juego de ver quién es más rápido y atroz con las palabras, les importa poco lo que sucede o si arde el colegio. Sin embargo, no logran ser admirados por su presunta valentía y esfuerzo, o por discursos trabados con argumentos consistentes y un uso decente del lenguaje. Sus partidarios y prosélitos más fieles les halagan por su capacidad de soltar improperios, armar trucos semánticos y cargar con un gran sumario de agravios.

Esa irredenta gramática negacionista, que en otros tiempos no hubiera pasado de “parda”, es denominada ahora “peleona” y “correosa”. Adornada de viejos adjetivos, como “vergonzoso”, “impresentable” e “indecente”, no cesa de repetir lo que otrora decían “heterodoxo”, “disidente”, “renegado” o “traidor”. La divergencia no se ha secularizado, y al adversario le están volviendo a considerar “enemigo”; y ya decía Carl Schmitt que los “no amigos” son abatibles. El riesgo de antidemocracia, a que los más impacientes juegan en “libertad”, anda por los parlamentos; la violencia del lenguaje es mal augurio: la que se ceba en las mujeres, ya lleva 53 víctimas este año. @mundiario

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