El paso de la Laguna Estigia
Joachim Patinir pintó con este nombre un cuadro muy nombrado, entre otras razones, por la luminosidad de sus azules verdosos. El empleo de estos colores hacía más cotizable una pintura y, a comienzos del siglo XVI, los pintores flamencos de mérito eran muy apreciados entre los coleccionistas reales, motivo por el que figure en el Inventario del Museo del Prado desde antes de ser Museo Nacional. En su concepción confluyen tradiciones clásicas y medievales, para un tema argumental en que la vida es entendida como un viaje. El pintor la sitúa en un tránsito final, en que Caronte lleva en su barca a alguien a través de un extenso espacio acuoso, la laguna Estigia. En este lugar mítico, al pasajero transportado se le ofrecen dos opciones transhistóricas, pertenecientes en gran medida a la cultura de cristiandad que estaba vigente en Europa: el Paraíso a un lado y el Infierno al otro, en un momento en que ya era difícil elegir.
Para un tránsito complicado como el actual, en que tantas situaciones engorrosas están ocurriendo, el cuadro de Patinir puede servir de alegoría a condición de que -con amplia libertad-, hagamos algunas traslaciones imaginativas y diversas compensaciones en la mirada. Con esta cautela, podemos partir de que el año 2023 se acaba. El solsticio de invierno –que los humanos celebran desde antes de existir la Navidad cristiana- abre una expectativa luminosa. Los días empiezan a crecer y, en el hemisferio Norte, las expectativas de renacimiento se avivan aunque apenas se haya iniciado el invierno. Lo que los mejores adornos nórdicos sugieren. y los buenos villancicos confirman, cantados por voces blancas, es esa esperanza.
Belén
En el encadenamiento de ideas, Navidad y villancicos aluden casi siempre a Belén y a los belenes que, como representación o como alusión cultural, siguen también muy presentes en el paisaje cultural. Ha cambiado algo la sensibilidad, pero se ha agudizado como motivo museístico o, simplemente, alusión turística en muchas localidades, en que parece que no hay Navidad si no aparece este símbolo en alguna plaza o lugar señalado, visitable aunque sólo sea de paso. El que Arturo Baltar dejó instalado en una antigua capilla del centro viejo de Ourense es además, un bello reflejo etnográfico de la Galicia urbana que, junto a Eduardo Blanco Amor, conoció y entendió profundamente. Al crearlo, seguramente tuvo en su imaginación los belenes napolitanos que, desde el siglo XVIII hacían lo mismo.
Como puede admirarse en museos relevantes de Madrid o Valladolid, los belenes son representaciones imaginarias que, a partir de lo conocido, expresan los mejores anhelos de la humanidad. Son algo así como el Paraíso que aparece a la izquierda de la pintura de Patinir, con sus exquisitos paisajes, monumentos, ángeles del bien, corrientes, lagos y cascadas luminosas. Con sus molinos, verdes árboles cuajados de frutas maduras y animalillos dóciles, evocan El Jardín de las delicias, de El Bosco. Si trasladamos la atención al Belén de verdad, el de la Palestina actual, cambia todo. Antes de llegar a esta ciudad de Cisjordania, a unos nueve kilómetros de Jerusalén, en el camino que lleva hasta allí ya habremos visto el Infierno, bastante más duro de cómo lo pintan Patinir o sus predecesores en la representación icónica y en la traducción que en muchas Biblias han hecho equivaler al Hades griego, y al Sheol y Gehena hebreos, términos que en su origen sólo expresaba un territorio de los muertos, siempre insaciable. Este espacio imaginario, al que los predicadores más sensacionalistas han añadido, por razones de moralidad o interesada perspectiva educadora, todo tipo de imágenes causantes de miedo y terror –dantesco, como suele añadirse-, es el que corresponde propiamente al infierno que están viviendo los actuales habitantes de Belén. A la vista de todo el mundo, en los dos últimos meses ya sobrepasan los veinte mil muertos y, de ellos, los demonios que manejan la mejor artillería prefieren a niños y gente desvalida.
En las últimas noticias que llegan al Belén de ahora, el agua también aparece y los barcos –ahora de gran tonelaje para el transporte de más del 12% de las mercadurías que circulan por el mundo- son parte poderosa de la escena. La belleza tecnológica de los medios de que disponen, especialmente Maersk y Lloyd, para acarrear gas, petróleo y contenedores con todo tipo de manufacturas fabricadas en Asia está en juego. También la del Canal de Suez, que tanto tiempo de viaje acorta entre una y otra parte del mundo. Lo saben bien en el Golfo Pérsico, que quieren hacerse valer en la suerte de los palestinos. De donde resulta que los relatos con el azul marino, brillante y luminoso de los mejores belenes, se está haciendo problemático; la manera de transportar mercancías al Occidente supuestamente más civilizado, puede ser un infierno que vamos a notar en un alza de precios. Adiós a la visión romántica de los azules orientales.
¡Menudo belén!
De todos modos, no es el Apocalipsis, aunque para muchos del llamado Oriente Medio lo esté siendo y no queramos enterarnos. A quienes desde Europa todavía miran estos asuntos desde la barrera, la inminencia de un futuro catastrófico es del agrado de mensajes que emiten todos los días en las ondas y en el parloteo opinante. De todos modos, el cuadro de Patinir no es apocalíptico, transmite serenidad como la que supuestamente corresponde a cuantos tienen la suerte de vivir en paisajes de ensueño, viendo suaves colinas como las del norte galaico y cantábrico. No puede, sin embargo, decirse que ese Paso de la laguna Estigia no contemple el mundo con cierto escepticismo: la cuestión que plantea a quien lo mire con cuidado es que, pese a la belleza de su iconografía del Paraíso, inclina a pensar que lo decidido por el pasajero de la barca es que Caronte lo lleve al Infierno. Es tarde para cambiar el timón y la brújula; la manera en que ha orientado su la vida no tiene vuelta. Debería habérselo pensado antes.
En este sentido, como metáfora intercambiable, esta pintura de Patinir podría ser una postal con preguntas para esta época no menos turbulenta que la que le tocó vivir a él. ¿Por qué cuesta tanto no dejarse engañar por mil falsedades, insidias e insultos que circulan a diario? ¿Qué temporal se ha desatado para que, incluso en Navidad, estemos más dispuestos al odio que al entendimiento? ¿Qué sentido tiene celebrar el Nacimiento de Belén –o el renovador Solsticio invernal- si lo que nos ocupa es desplazar al otro en vez de afanarnos en construir algo juntos frente a lo que se viene encima? ¡Suerte y a ver si, al fin, son mayoría los que no ven al otro como enemigo! @mundiario


