Cuentos largos

Hay muchas historias cercanas en que la constante de las repeticiones de episodios y datos estadísticos atasca todo avance progresivo.
Refugiados palestinos. / unrwa.es.
Refugiados palestinos. / unrwa.es.

Se aproximaba noviembre de 1989 y Günter Grass publicaba Es un cuento largo, novela en que daba cuenta de la Historia de Alemania desde 1948 en el recuerdo de dos amigos inseparables y complementarios, uno de ellos un burócrata guardián de las esencias del país, y el otro un hombre corriente pero conocedor del pasado. Lo que tendía a permanecer y lo que estaba cambiando se daban la mano en un momento especialmente significativo del siglo XX europeo.

Han pasado 34 años y, como entonces, nos encontramos en la duda es si lo más propio de la Historia es lo que cambia o lo que permanece. Los asuntos que inundan estos días los medios permiten adscribirse a una u otra teoría. Jano, el dios romano de las dos cabezas mirando en sentido opuesto, rige las transiciones entre comienzos y finales de acontecimientos que vuelven a enlazar con otros de apariencia nueva sin resolver qué queda de antes. Lo que acontece en Palestina puede orientar la hipótesis de lo que es la Historia actual. Los múltiples episodios que cuenta La Biblia, desde Abraham a Caifás –director del Gran Sanedrín judío que juzga al Jesús del Nuevo Testamento-, reiteran guerras de mayor o menor alcance con egipcios, babilonios, gobiernos helenísticos y  romanos. Desde La guerra de los judíos que relata Flavio Josefo en el s. I, hay una dispersión o diáspora en el 70 d.C., y pasarán caso 19 siglos hasta que, en 1917, el sionismo logre con la Declaración Balfour el apoyo británico al restablecimiento de un “hogar judío” en Palestina con tal que se respetaran “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes”. Desde entonces,  la reiteración de enfrentamientos en aquel territorio no han cesado: es interminable el conflicto.

La prensa ha vuelto a hacer infografías de las guerras de diverso calibre que ha habido en ese trozo del “Oriente medio” desde que el sionista David Ben-Gurión proclamó la independencia de Israel el 14 de mayo de 1948. Desde 1946 venían peleándose con los vecinos, y, desde ese mismo año hubo desencuentros particularmente graves en 1967 (la Guerra de los seis días) y en 1973 (la Guerra del Yom Kipur), seguidos de una segunda Guerra del Líbano (mayo de 2000), y la Operación Plomo, en Gaza, (a finales del 2008). Más que una consolidación, el Estado de Israel ha logrado, de guerra en guerra, ampliar su territorio a cuenta de Palestina y, contra lo establecido en sucesivas sesiones de la ONU o en la Paz de Oslo (1993), en vez de concordia han cosechado sucesivas formas de reacción de sus enemigos, a cuyo derecho de “defensa propia” llaman “terrorismo”. Olvidan, sin embargo, los gestos que ellos mismos hicieron en los años cuarenta y, también, cómo en sus formas de reaccionar al atentado de Hamás, sobre todo en la Franja de Gaza –y ojalá que no prosigan en Cisjordania-, sus formas de reaccionar al atentado, ellos mismos ayudaron a que naciera este grupo en 1980, y que están saltando los límites de una “guerra justa”. Son muchas las instancias –incluidos sus más fieles aliados, los EEUU- que reclaman moderación a su legítima respuesta militar y respeto a las personas civiles, condición prácticamente imposible de averiguar, pero sí fácil de intuir por los vetos a la prensa y ante las imágenes que llegan de 2.200.000 personas expulsadas de su tierra entre bombardeos constantes, reducidos medios de supervivencia y acumulación de muertos inútiles. La embajada de Israel trata de lavar esa crisis humanitaria con palabras solemnes del ocultamiento. ¿Es posible así la paz en zona tan sensible?

Surrealismo semántico cercano

Entre otros muchos cuentos, en uno que se desarrolla en nuestro país, su trama viene de 1857, en que vio la luz la primera Ley de Instrucción Pública. Para atajar la altísima tasa de analfabetismo, establecía la obligatoriedad de la Enseñanza Primaria entre los seis y los nueve años de edad y preveía instaurar en cada provincia un Instituto de Enseñanza Media y una Escuela Normal de Magisterio; daba especial trato a los colegios religiosos privados y reservaba para el Estado la gestión de las Universidades. Según el artículo 97 de aquella ley, las escuelas de Enseñanza Primaria  estarían “a cargo de los respectivos pueblos, que incluirían en sus presupuestos municipales, como gasto obligatorio, la cantidad necesaria para atenderlas”, y, al tiempo, señalaba que en el Presupuesto General del Estado se consignaría “la cantidad de un millón de reales, por lo menos, para auxiliar  los pueblos que no puedan costear por sí solos los gastos” con las disposiciones oportunas “para la equitativa distribución de estos fondos”. Ya íbamos con retraso y con escasos medios, pues en 1812 la Constitución de Cádiz había planteado algo parecido Y seguimos retrasados; desde entonces hasta hoy, la única vez que el Estado se ocupó seriamente de este asunto fue en la Constitución de 1931 y en una serie de disposiciones como la creación de 7.000 plazas de maestros y plazas escolares. En esa fecha, casi la mitad de la población infantil no tenía escuela, ni siquiera unitaria, y se proyectaron 27.151 (el 76% de las existentes), para lo cual,  se emitieron obligaciones que le dieran cobertura económica. La carrerilla que habíamos cogido con aquel proyecto la cortó la Guerra y seguimos con retraso: hasta febrero de 1957, el absentismo estatal no se ocupó de construir lo que había quedado sin hacer, ni las plazas que necesitaba la creciente natalidad. Dieciocho años más tarde, en 1975, según el Padrón de habitantes de Galicia, en  torno a un 55% de los habitantes del medio rural todavía acreditaban una Primaria incompleta, y que “más del 86% de los que la hicieron no había continuado otros estudios. Pasado el franquismo, en 1977, en el punto IV.1 de los Pactos de la Moncloa, quedó constancia de que “la democratización de la enseñanza” tenía pendiente su “gratuidad progresiva” y faltaban 400.000 plazas de EGB (La Primaria de la Ley de 19790), 200.000 de Preescolar y 100.000 para el BUP (la gran parte de la Secundaria de entonces).   

Pero lo más histórico –en datos oficiales- es que las reiteraciones del problema de fondo siguen vivas en este tiempo, supuestamente el más bonancible en muchas décadas. Vamos por la novena ley orgánica para desarrollar el art, 27 de la CE78 y, entre privatizaciones de lo público y conscientes dejaciones adoptadas por diversos poderes socioeconómicos y quienes controlan el gasto educativo en las Comunidades Autónomas, la equidad de una educación capaz de elevar el tono democrático de la convivencia ciudadana no es un objetivo estratégico: ciento sesenta y seis años después de la Ley Moyano, cerca de un tercio del alumnado, con distintos grados de abandono escolar, apenas alcanza a tener la titulación de la ESO. Desde 1976 en que se lanzó la Alternativa democrática en el Colegio de Licenciados y Doctores de Madrid, básicamente aceptada luego por sindicatos de profesores, plataformas reivindicativas, partidos de la izquierda parlamentaria, y las AMPAS de la gran mayoría de centros públicos, la historia de la educación española sigue teniendo estas y otras reivindicaciones. Con los mismos problemas desde 1857, no dan para tener gran esperanza de arreglo. @mundiario

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