Hacia la paranoia colectiva

Las reglas de juego no son las mismas para todos; la confianza ante el futuro baila según la música de quien toque.
Sultán al Jaber, ministro de Industrias de Emiratos Árabes Unidos y presidente de la COP28. / RR SS.
Sultán al Jaber, ministro de Industrias de Emiratos Árabes Unidos y presidente de la COP28. / RR SS.

Entre los humanos, un amplio grupo suele desconfiar de cuantos en su entorno les achacan poner en peligro su existencia, su comodidad y acendradas opiniones. A su vez, estos recelan profundamente de ellos y los acusan de todo, generando hostilidades encaminadas a aislarlos y a que cuantos los oigan sientan  creciente desapego y frialdad. Unos y otros evidencian un profundo trastorno que, a efectos de convivencia colectiva, es afección preocupante; no facilita la colaboración en objetivos comunes, sino percances perjudiciales para todos.

Los escenarios de la divergencia se multiplican y, mientras en algunos brilla la carencia de argumentos, en otros el griterío se adueña de la escena. Estos casos son más preocupantes por afectar intensamente a la cotidianidad. No sólo pretenden derrotar al adversario con independencia de la verdad -como suelen hacer los bien dotados en las artes sofistas-, sino que echan mano de la ofensa grosera que ataca inmisericorde y apela a cuanto pueda injuriar o herir, en una espiral que puede ser difícil de controlar.  Cabría en tales momentos un estoicismo capaz de restar importancia a los insultos, como cabe asimismo elegir los tiempos y espacios en que los interlocutores puedan disentir entre sí, pero hay situaciones en que es imposible hacerlo educadamente. Es conveniente, incluso, estar preparados. Cuando la verdad y el conocimiento, el ingenio y la curiosidad son barridos de la escena por la grosería, no está de más tener a mano las recomendaciones que Schopenhauer dejó sembradas en su obra; han sido recopiladas como El arte de insultar, pueden ayudar a neutralizar toda fatua  superioridad chulesca y, manejadas como graduable cuestión de honor, son apropiadas frente a cuantos pretenden erigirse en árbitros del fastidio.

Estos días se ha podido constatar cómo en Doha, en Jerusalén y Gaza, en Argentina y Países Bajos, en el Congreso de Diputados y en Comunidades como la de Madrid, el debate público se está enrareciendo a base, no de propuestas razonadas que traten de resolver problemas, sino esgrimiendo palabrería ingeniosa, de apariencia atrevida y, con frecuencia, radicalmente insultante, que apela a las más horteras emociones. Quienes tienen más poder en los medios y controlan los mecanismos de las Redes sociales, parecen llevar más razón, sin que realmente tengan alguna. Sus lecciones de  zorrería oportunista no suelen ser necesariamente útiles para el ejercicio justo de los derechos de todos, y menos cuando  los sofismas que manejan, cada vez más brutalistas, son sofisticados.

Entre el optimismo y el pesimismo

En el debate sobre la reciente propuesta de la ley sobre amnistía que acaba de iniciar su andadura en el Congreso, tras la aparente humillación y vergüenza que la oposición procuró mostrar, no cesaron de oírse apelativos y sugerencias de desprecio hacia los proponentes. Motivo: no tener los votos suficientes para tumbarla. Veremos a lo largo de los dos meses que pueda durar el trámite, el reverdecer de la rabia bajo distintas formas de enfado y animadversión; la gama entre el sutil o el grosero insulto está ya muy desarrollada desde el mes de Julio. Del otro lado, los defensores de la ley, deberán emplearse a fondo para contrapesar esta avalancha de argumentos ad hominem y ad personam, de modo que el bien general y la convivencia colectiva queden más razonablemete defendidos. Con el simplista recurso del “y tú más” recurrente, no tienen sencillo elevar el tono hacia una racionalidad inteligible, capaz de elevar el ánimo hacia el optimismo.

Del escenario palestino, donde el agravio cometido por Hamás se ha cobrado más de 18.000 víctimas, ya se ha superado ampliamente la vieja ley del talión y las venganzas que el Libro de Josué relató contra todos los vencidos al Este  y al Oeste del Jordán: “Yo arrojaré de la presencia de los israelitas a todos los habitantes de la montaña, desde el Líbano a Misrefot al occidente…” (Jos. 13.6). Desde aquel siglo VII a. C. hasta hoy, ha llovido mucha historia, no sólo sobre esas tierras, sino también en el plano jurídico. La Declaración Universal de los Derechos Humanos–uno de los acuerdos más importantes de la Humanidad- es del mismo año que el nuevo Estado de Israel: 1948. La noticia del alcance del Holocausto era reciente, e Israel  entró en la ONU un año después, pero parece que esta historia del siglo XX no haya servido demasiado para una igualdad reguladora de lo justo o injusto. Toda la ética que transpiran los dos meses últimos es que no es profesional que los soldados victoriosos divulguen videos del tratamiento poco humanitario a los vencidos. Lo que diga la ONU cuenta con la protección oportunista del bien y del mal que EE UU administra a conveniencia. Imposible elevar así el optimismo democrático, poniendo como espantajo, además, los acontecimientos que protagoniza Rusia en Ucrania. Se evidencia de este modo que el fin del Estado prosigue ancestral: en vez de es proteger a los individuos unos de otros, o el bien de todos ellos frente a enemigos externos, sólo cuentan como engranaje en una rueda mayor que nadie controla, ni tiene interés en controlar.

Parecida sensación produce lo que estos días se ha oído en Doha, un lugar más interesado en alargar el uso de energías fósiles como el petróleo, que en reducirlas. ¿Que los científicos claman porque se ralentizan sus advertencias sobre las emisiones de CO2 y el deterioro climático se acelera? ¡Qué le vamos a hacer! Alguien tiene que aguantar para que la expectativa de crecimiento del PIB sea infinita: las curvas estadísticas han de seguir siendo ascendentes. Desestabilizar la marcha de la Santa Economía es peligrosamente ideológico: altera su inclinación “natural” a privilegiar la siempre sagrada propiedad privada del 1% de la Humanidad. Para el otro 99% de terrestres, de bajo percentil en el reparto de recursos disponibles, puede resultar grosero e insultante, pero no importa. No cuentan como no sea para sostener “la mano invisible del mercado”. Quien no sea optimista ante lo que hay, es que no ha captado la importancia de brillar ante los demás.

Lo entienden mejor quienes, impertérritos, se envían twits de admiración ante las luminarias led de las fiestas navideñas; las tiras de la lotería les ponen en disposición, además, de hacer crecer el optimismo. Por otro lado, los admiradores de la cultura del pasado no lo tienen fácil para un cambio de horizontes; los argumentos fruteros, tan cerriles este año, tienen en el Inferno de Dante, un buen catálogo de crueles barbaridades, sin escrúpulos para el deshonor. @mundiario

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