Sabia humildad
Ha sido un soplo de aire fresco en medio de tanta hipocresía e incontinencia verbal. Caían chuzos de punta, no sólo en la vida política internacional, nacional y de vecinos comunitarios, cuando apareció en las pantallas el rostro risueño e inteligente de Meryl Streep dando unos pasos de baile al ritmo de las gaitas asturianas. Tenía sobrados méritos para elevar la cotización de su paseo por Oviedo, pero está por encima de tanto truhán intrigante como hay que aguantar, y muy por encima de tanta cursilería que, cobrando pasta, pretende adoctrinar a quien la escucha. Esa pandilla que trata de hacer ver a cuanto paseante circule por la calle que debe decir en las Redes o en las urnas “me gusta” por las cucamonas que suele hacer, ha tenido ocasión de aprender algo.
Antisemitismos
Es de agradecer el buen criterio que ha guiado a quienes hayan tomado la decisión en Asturias de otorgar el Premio de las Artes-2023 a la intérprete de La dama de hierro (2012). La simpatía humilde de esta actriz ayudará a una mejor convivencia. Mientras se oían en las ondas los criterios belicosos de los vengadores, crecía la tensión internacional por la inmisericorde cerrazón ante lo que sucedía con una escuálida ayuda humanitaria a los supervivientes exhaustos de la acorralada Franja de Gaza, ante una estrecha puerta hacia Egipto. Y en el Senado español, a coro con la Asamblea de Madrid, la furia elevaba el tono y los códigos de la “buena” moral política. Toda piedad razonable quedaba fuera de discusión; indicar alguna racionalidad equitativa para una convivencia plural, o para exigir coherencia en el cumplimiento de los Derechos Humanos, quedaba fuera de juego. La única regla sensata que los humanos hemos sido capaces de establecer en 1948 de modo universal, ahora es pecado. Esta palabra anduvo por el subconsciente especialmente cuando algunos meritorios olvidaron que una de las causas del “antisemitismo” no es la Declaración 217ª de la ONU, y que tampoco es la causa el antipalestinismo. Una de las causas de aquel es una larga herencia que, como otras violencias, sigue viva, no como en el año 70 de la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito, pero sí con leves cambios. Como escribía José Antonio Zarzalejos el pasado día 15, conviene recordar las palabras del Papa Benedicto XVI en 2008: “la triste historia del antisemitismo cristiano… desembocó en última instancia en la triste historia del antisemitismo nazi y se alza ante nosotros con el triste culmen de Auschwitz”.
Desde bastante antes de que Isabel la Católica decidiera expulsar a los judíos de las tierras castellanas y leonesas el 13.03.1492, era mérito para ser proclamado santo el haber predicado públicamente odio mortal a los que habían crucificado a Jesús de Nazaret. En la historia española hay casos célebres, en que lo confesional cristiano venía bien a la quema de sinagogas y progroms para evadirse del pago de hipotecas contraídas contra los únicos que se atrevían a prestar dinero porque los cristianos lo tenían prohibido: la usura era pecado. En magníficos museos, como el Nacional de Escultura Religiosa de Valladolid, se pueden admirar todos los matices de la rabia contra “los sayones”, escribas y fariseos que hicieron de comparsas en las extraordinarias esculturas barrocas que atesoran. El público de los días de Semana Santa, incluidos los niños, todavía percibe bien quiénes fueron los culpables de la muerte de Cristo, y los pasos procesionales del Azotamiento se prestan muy bien para el relato emocional del Víacrucis. Sin ir más atrás, quien repase los sermones que, durante los últimos ochenta años, ha podido oír una gran parte del público popular en iglesias y santuarios católicos, verá que es raro que los judíos no hayan servido de contramodelo contra el que descargar la ira y propagar la “buena” creencia.
Para remate, hasta la disposición de Benedicto XVI en 2008, en uno de los rituales más solemnes del catolicismo en Viernes Santo, se rogaba a Dios para que “eliminara la ceguera” del pueblo judío y que, “reconocida la verdad de la luz, que es Cristo, saliera de las tinieblas”. Antes del Concilio Vaticano II (1962-65), era habitual que los fieles asistentes a este ritual solemne oyeran año tras año, aplicado a este pueblo, el adjetivo “pérfido”. En el ritual posterior de Semana Santa, se siguió rezando a Dios por los judíos para que, “entrando los pueblos en tu Iglesia todo Israel se salve”. Y en la última versión de la Conferencia Episcopal Española, la corrección no ha suprimido la oración nº VI de las que se rezan en Viernes Santo, donde mantiene dos connotaciones de rémoras hacia la creencia matriz del cristianismo. La primera: “Oremos también por el pueblo judío”, que parte de que no han evolucionado de modo satisfactorio para quienes dicen poseer la buena doctrina. La segunda lo confirma, pues la última versión de esta vieja oración sigue rogando a Dios “que acreciente en ellos el amor a su nombre y la fidelidad a la alianza”, la que en la historia bíblica hicieron con Yahvé, el Dios de Moisés y las tablas de la ley en el Sinaí, como fundamento del monoteísmo judaico… y cristiano.
Hagamos las paces
El simplismo con que personas destacadas ante la ciudadanía emplean el “antisemitismo” como pedrada al ojo de sus adversarios es sorprendente; la realidad –cuando afecta a la convivencia- siempre es muy compleja. También lo es la “Educación para la paz”, una cuestión que, de suyo, debiera estar implícita en el mero acto de “EDUCAR” o elevar el conocimiento para convivir por encima de la vulgaridad narcisista. En la presentación del libro Hagamos las paces (Madrid: Ediciones Apeiron, 2023), que se ocupa de esta cuestión, mientras su coordinador, Luis Cifuentes, insistía en la importancia de esta preocupación, para sorpresa de los asistentes al acto alguien insistió en que lo de la paz y la convivencia era pura teoría, y planteaba “el arma” como centro de acción. Lo dijo de modo tan impostado que la paz y la convivencia no eran actitudes a educar. Es lástima que Abel no hubiera hecho desaparecer la quijada que, según el Génesis, encontró Caín para deshacerse de él: la humanidad no habría tenido guerras.
La extraordinaria humildad de Meryil Streap, sin falsa pose y con gran sabiduría, tuvo otro momento importante en el encuentro con 500 adolescentes del Principado. Ante profesores y alumnos de 3º y 4º de la ESO, FP y Bachillerato, se dejó interpelar sobre hipotéticos finales, distintos, para algunas de las películas más importantes de su carrera de actriz. Su réplica a la que le propusieron para Los puentes de Madison y alguna otra cinta, por más que la sugerencia fuera proclive a desarrollar ideas que hoy pueden estar más en línea con sus propias convicciones, autentifica su trabajo profesional: “No pretendo enseñar nada, en las películas sólo quiero hacer algo verdadero y honesto”. Esta respuesta meerece agradecimiento, por no contribuir a “envenenar el mundo”. @mundiario


