Inditex, sombras bajo el fulgor del éxito

La grandeza de la obra empresarial de Amancio Ortega está ahora en manos de una de sus hijas, si bien sin poder ejecutivo, reservado a Óscar García Maceiras. Su obra social sigue lejos de la filantropía que caracteriza a los milmillonarios de EE UU.
Marta Ortega. / Mundiario
Marta Ortega. / Mundiario

La imagen pública de Inditex es la de un imperio textil modélico, una maquinaria aceitada que conjuga diseño, innovación y éxito financiero con un discurso amable y sostenido en la estética de la discreción. Pero bajo esta narrativa cuidadosamente tejida se ocultan sombras, contradicciones y elementos controvertidos que no pasan inadvertidos, especialmente bajo la presidencia de Marta Ortega, una de las hijas del fundador, Amancio Ortega, artífice de una iniciativa envidiable para sus competidores que, en sus inicios, había compartido con su primera mujer, Rosalía Mera.

Hay un carácter hereditario de la cúpula directiva. El acceso de Marta Ortega –hija de la segunda mujer de Amancio Ortega, a diferencia de sus otros dos hijos– a la presidencia de Inditex no fue fruto de una carrera profesional externa al grupo, ni del mérito en competencia abierta, sino de una transición planificada desde la cuna, bajo el paradigma del capitalismo familiar que confunde legado con liderazgo. Su llegada al cargo provocó, no por casualidad, una caída del 6,1% en Bolsa, reflejo del escepticismo de los mercados ante un relevo percibido como simbólico más que estratégico. El hecho de que Marta Ortega sea presidenta no ejecutiva refuerza esta idea de presidencia decorativa: no dirige la compañía en su operativa diaria, pero conserva un papel difuso y difícil de fiscalizar en cuestiones sensibles como la imagen de marca, la comunicación corporativa –ahora en manos de su segundo marido, Carlos Torretta– y la supervisión de órganos clave como el comité de auditoría.

Inditex se presenta como paradigma de sostenibilidad, pero sus prácticas siguen estando lejos de ese objetivo. La producción en masa con rotaciones rápidas y la generación constante de deseo a través de colecciones cambiantes es la esencia misma del fast fashion. La supuesta sostenibilidad se ampara más en el control de los excedentes –producir solo lo que se vende– que en una reducción real del impacto ambiental del modelo. El greenwashing se disfraza de circularidad, pero no cuestiona un sistema que empuja al consumo incesante, ni aborda la sobreexplotación de recursos naturales en la cadena de suministro global.

Tampoco se libra de crítica el relato de control y ética en su red de proveedores. Inditex asegura tener códigos de conducta estrictos y auditorías frecuentes, pero continúa subcontratando a miles de talleres en países con legislaciones laborales laxas, como Bangladesh, Marruecos o Turquía. La promesa de condiciones dignas y controladas contrasta con las denuncias periódicas de trabajo precario, jornadas extenuantes y salarios de miseria. Medios internacionales, sobre todo franceses, han dado a conocer casos concretos, especialmente en la etapa de Pablo Isla como presidente. Ahora, mientras la compañía refina su imagen premium y Marta Ortega viste colaboraciones con diseñadores de élite, la base productiva que sostiene ese lujo accesible sigue siendo estructuralmente opaca.

El hermetismo, una estrategia deliberada

Otro aspecto controvertido de Inditex es la extrema centralización de poder, con una cultura corporativa cerrada y poco permeable a los estándares globales de transparencia. El hermetismo de la compañía no es una anécdota gallega, sino una estrategia deliberada. Inditex lleva décadas sin un rostro visible en sus campañas, sin invertir en publicidad convencional y evitando la exposición pública de sus dirigentes. Marta Ortega ha continuado esta política, limitando al mínimo sus apariciones y entrevistas –salvo que sean medios afines–, y rodeándose de un núcleo de confianza familiar y discreto. Se refuerza así un modelo empresarial autorreferencial, sin mecanismos eficaces de control democrático ni participación real más allá del consejo de administración.

Sobre el papel, preside el grupo empresarial español con mayor valor en Bolsa, en torno a 150.000 millones de euros, una cifra próxima al 9% del PIB de España. Inditex es el grupo propietario de las firmas Zara –70% del negocio–, Pull & Bear, Massimo Dutti, Bershka, Stradivarius, Oysho y Zara Home. Tiene una plantilla de 162.000 personas de 170 nacionalidades y constituye el holding de creación, distribución y comercialización textil más grande del mundo, aunque solo tenga el 1% de la cuota de mercado en un negocio "muy fragmentado", como subraya un amplio y generoso reportaje que le dedica este domingo el diario El País.

Protesta laboral vs. el glamour del 50º aniversario

En el plano laboral, la cultura de flexibilidad y adaptación que tanto se celebra puede traducirse, en la práctica, en precariedad e hiperexigencia. El sistema de prueba y error, las decisiones en tiempo real y la producción por tiradas cortas trasladan una presión constante a toda la cadena. Se exige a los equipos, tanto en oficinas como en tiendas, una disponibilidad y capacidad de reacción inmediatas, disfrazadas bajo el discurso de empresa joven y espíritu de tienda. En la práctica, el ritmo de trabajo de Inditex responde más a la lógica del rendimiento constante que a la sostenibilidad humana.

La celebración del 50º aniversario de la tienda original de Zara en la calle Juan Flórez de A Coruña –ahora tiene 1.759 en 97 países– evidenció el contraste entre el relato oficial de éxito y el descontento laboral. Mientras Marta Ortega y el CEO Óscar García-Maceiras presentaban una colección exclusiva, un grupo de trabajadoras protestaba en la calle por el deterioro de sus condiciones laborales. Denuncian la reversión de derechos conquistados en 2022, como licencias y descansos, y critican el traslado de la negociación colectiva a Madrid, lo que debilita al sindicato mayoritario en Galicia (CIG, nacionalista) y desvirtúa el marco provincial. La efeméride puso, así, en primer plano las tensiones internas que atraviesa el modelo Inditex.

¿Lujo elitista o moda democrática?

El papel que desempeña Marta Ortega en la elevación simbólica de la marca introduce otra disonancia. Mientras se proclama que Zara no es una firma de lujo, sus estrategias recientes buscan precisamente asociarse a él: colaboraciones con figuras de la alta costura, tiendas flagship en enclaves prestigiosos y eventos culturales gestionados por su fundación personal, la MOP. Esta deriva parece más enfocada en seducir a una élite cosmopolita que en mantener la supuesta democratización de la moda con la que nació la marca. La contradicción no puede ser más evidente de la mano de infinidad de top-models que frecuentan A Coruña, algunas ahora amigas de Marta Ortega.

Inditex es, sin duda, un prodigio empresarial. Pero su éxito también se basa en estructuras rígidas, herencias cerradas, estrategias de marketing que maquillan prácticas discutibles y una cultura corporativa que promueve la eficiencia extrema sobre el bienestar colectivo. En ese escenario, la figura de Marta Ortega no representa una renovación, sino la continuidad sofisticada de un modelo con muchas luces... y algunas sombras.

Filantropía a la americana, discreción a la gallega

Mientras en Estados Unidos figuras como Warren Buffett, Bill y Melinda Gates o George Soros encabezan la filantropía global con donaciones que superan los 211.000 millones de dólares hasta 2023, en España el paradigma es bien distinto. Amancio Ortega, el hombre más rico del país y uno de los mayores millonarios del mundo, ha optado por un perfil bajo y una estrategia de donaciones marcada por la cautela, el control y la opacidad.

Frente al modelo estadounidense, que promueve una filantropía estructurada, con vocación transformadora y amplia rendición de cuentas, Amancio Ortega canaliza su acción social a través de una fundación familiar –bajo control de su segunda mujer, Flora Pérez Marcote– que ha destinado recursos importantes a equipamiento sanitario o proyectos educativos –también a algunos medios–, pero sin someterse a mecanismos públicos de evaluación ni a una política de comunicación transparente. Sus aportaciones, lejos de desatar un consenso, han generado controversias sobre el papel de la beneficencia privada en un Estado de bienestar. El contraste no es solo cuantitativo, sino también cultural y político: en Estados Unidos, muchos grandes patrimonios entienden la filantropía como parte inherente de su legado público. Galicia es sitio distinto. @mundiario

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