¿Demasiada dignidad?

Mientras dilucidamos si son perros o podencos, las disquisiciones favorecen que la dura realidad atropelle la sensata convivencia.
Dos personas debatiendo. / Autor.
Dos personas debatiendo. / Autor.

Los noticiarios desbordan la tranquila modosidad del oyente o televidente. Cuestiones que, en apariencia, están lejos de su vida pacífica, apenas inquietan su plácido aburguesamiento.

Dimes y diretes

El cambio climático confunde el invierno con la primavera. Pero ahí están los meteorólogos diciendo que hace bueno o que es lamentable que sea tan bueno, como si les hubieran dicho que lo suyo era tranquilizar a los televidentes. Para eso tienen la facultad de poner el micro ante una variedad de personas entre las que siempre habrá las agradecidas a las isobaras por lo bien que las dejan pasear  por alguna playa soleada en  enero. Parecido es lo que cuentan de Gaza, donde las reacciones internacionales –y nacionales- contradicen lo que dicen las imágenes y las voces estériles de la ONU: enseguida las sustituye alguna danzarina.

En los últimos días, a continuación, nunca falta una macedonia de noticias que mezclan el aparato judicial, algún juez especial e historias resucitadas de supuestas persecuciones torticeras a personas del procés; traen a primer plano policías, un ministro y su presidente de Gobierno, que no cejaron en la “unidad” de España y su majestuosa “dignidad”. Aquellas maneras patrióticas sonrojan, pero no pasa nada. A esta ensalada, algo revenida, se le añaden ahora la amnistía y la Constitución, palabras capaces de convertirse en “muros” para la “igualdad” o para la “ignominia” según quien hable. Las tertulias, la radio, las teles y las redes, mítines  y manifestaciones, se han encariñado con estas palabras.  A algunos los facultan para mantear a quien les lleve la contra;  como en las casetas de feria, es el pimpampum de su “libertad”, aunque les distraiga de las exigencias convivenciales de la democracia.

Es de ver, al mismo tiempo, qué pasa con  historias doloridas como las de los miles de emigrantes que llegan ilegalmente a Canarias. A los más de 39.000 del año pasado, han de sumarse las pateras que han llegado en este,  más cientos de personas  y muchos niños en este fin de semana. En este asunto, en que se juega la dignidad a fondo, la igualdad de derechos y otras actitudes humanitarias como la solidaridad, las palabras se quedan en palabras. Qué pase con la distribución proporcional de esta gente y con la asistencia que debieran tener -especialmente los menores-, es aleatorio y escaso; las Comunidades se escaquean. El reparto que se hizo en octubre pasado se ha quedado corto y desproporcionado, igual que los recursos. Como en tantas otras cuestiones, el oyente y votante está facutado para culpar a alguien  y quedarse fuera, como si no fuera asunto propio.

Hipocresía

Entre la verdad y la veracidad, siempre cabe la hipocresía o el fariseísmo. De la prosapia genealógica de estos dos términos habla sobradamente Mt. 15,7:  en que el Evangelio cristiano rechaza la falsedad y las apariencias de acciones y dichos que sólo son simulacros. En noviembre de 1931, cuando tanta palabrería peligrosa generaba el clericalismo, Miguel de Unamuno echó mano de esta palabra para poner algún criterio juicioso por medio, y publicó Autoridad y poder, o el Divino Maestro y el fariseo, donde explicaba cómo entendía su significación originaria: “El fariseo se preocupa del poder, no de la autoridad; el fariseo quiere mandar –y explotar el mundo-, no propiamente gobernar, y al fariseo suele llegar a estorbarle la religión en la política. Y es que la suya no es propiamente política, no siendo religiosa”. Ligaba él este otro término a un ideal, profundo y capaz de dar sentido a la existencia, no a algo meramente ritual, de pura costumbre sociológica.

Salvadas no pocas variaciones culturales que impone el tiempo, la apreciación de Don Miguel seguramente vale para comportamientos actuales ante asuntos como los ya señalados, incluidos los que suscita estos días el campo educativo. Mientras, coyunturalmente, las elecciones gallegas suben a unos y bajan a otros en la opinión, el humor de estas encuestas no tiene igual en cuanto suscita el Informe PISA. La seriedad aséptica que se atribuye a la OCDE ha inducido a mucha gente -incluido el propio Gobierno-, a ponerle algún parche a un supuesto agujero inesperado en la línea de flotación de la nave España. Ya se ha dicho en esta columna que no están mal los 500 millones para intentar paliar el roto, pero asimismo cabe añadir que es farisaico pretender que con tal apaño improvisado se arregle algo.

Tampoco se arregla nada con los remedios de quita y pon telegénicos de cuantos, una vez que han sacado a relucir su busto parlante, se desocupan de si han dicho algo digno de ser tenido en cuenta. En este parloteo sigue teniendo éxito mediático la vieja monserga de rechazo a “los pedagogos” que han propuesto reformas tendentes a una educación que sirva para algo; se les suma estos días la renovada tabarra de que en Educación ya está todo hecho y que no hay enseñanza como aquella en que aprendíamos la tabla de multiplicar a tiempo y a otra cosa. Cabe objetarles  que, si se ha de volver rápidamente a lo de siempre, aviados vamos, pero da igual; vuelve la monomanía. Por fariseísmo no queda y, en vez de ir al meollo de los asuntos y sus porqués -para ponerles remedio sensato-, no cesan los que se rasgan las vestiduras porque la realidad no sea como imaginan. Que se fastidie la realidad; si ellos tuvieron la fortuna de salir bien parados, los demás deben elevarlos al estrellato patrio. Seguirán orgullosos de sí mismos, por más que un alumnado que ronda el 30% esté prácticamente fuera del sistema. Nunca los verán como el “fracaso” de una mala escolarización, ni de una tradición en que –como atestiguan los Pactos de la Moncloa, en 1977- ni eso hubo.

Y aquí estamos expectantes, debatiendo del móvil y la EBAU, o de si tal colegio o tal otro son los mejores en el plató del mercadeo educativo. Si uno dice A el otro replica B, y si un tercero dice C, el siguiente se busca otro asuntillo sobre el que, sin duda hay mucho que hacer, pero que distrae profundamente de lo que nadie quiere tratar en firme: “la dignidad” que deba tener una educación a la que todos tienen derecho. Tantas disidencias interpretativas del artc.27CE –parecidas a las que suscita el oportunismo político- parecen fortalecer la independencia y hasta la supuesta sabiduría de unos u otros. No arreglan nada, multiplican lo dudoso y seguimos jugando a la libertad, de moda en esta Hispania nostra. @mundiario

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