Sobre los intensos relatos de Francisco Gómez en El vicio de perder

Porta de "El vicio del perder" y retrato de su autor, Francisco Gómez
Porta de "El vicio del perder" y retrato de su autor, Francisco Gómez

El vicio de perder es una magnífica colección de cuentos que nos acerca a los males de unos hombres perdidos en su desolación, agarrados a una existencia embrutecida

Sobre los intensos relatos de Francisco Gómez en El vicio de perder

El vicio de perder (Ediciones Frutos del Tiempo, 2021) es el quinto libro de relatos de Francisco Gómez y, probablemente, junto a Los días suspendidos, el mejor de todos ellos. Aquí el autor no ha perdido la fuerza que lo caracteriza, pero sigue ganando en afinación, en capacidad para trasladar, a unas páginas densas, una voz de alarma hecha con literatura bien construida. Este libro se divide en dos partes diferenciadas en los enfoques, pero confluyentes en una esencia común, la que se corresponde con una visión airada de la vida, una firme rebeldía ante las degeneraciones que irrumpen para maltratar la esencia más honrosa del vivir.

En la primera parte, cada uno de los relatos se centra en una adicción: la bebida, el juego en sus diversas formas, el tabaco, la cocaína, la prostitución, la cleptomanía, la nomofobia (el miedo irracional a no disponer por un tiempo del teléfono móvil), y otras patologías de nuestro tiempo: las de siempre y otras aparecidas con el mundo virtual. Como la mirada del narrador es inequívocamente crítica, podríamos considerar estos relatos como una puritana reconvención, pero a mí me parecen una efusión de brutal empatía y de lúcida mirada a unas adicciones que apartan a sus víctimas de una visión más amplia, libre y enriquecedora de la vida.

Los personajes de estas historias están aquejados de una consentida mediocridad que los reduce a unos días insoportablemente anodinos, ante los cuales solo saben oponer una narcosis, una futilidad disfrazada de emociones vivificantes. Los relatos que me parecen más logrados de esta primera parte son “Los bingueros” y también “I.A”. En el primero, Francisco Gómez acierta a desplegar uno de sus niveles más altos en su recurrente descripción de los paisajes del tedio: “Hombres acorazados tras sus silencios en el futuro altar de la nada… Hombres perdidos y raseados por las olas de los días que ya no esperan el amor ni la felicidad momentánea”. Es el retrato de los “vencidos, los anónimos, los desventurados”. Y es que hay en estos relatos una continua búsqueda de los ingredientes que conforman al perdedor, a ese hombre solo, solitario, expulsado de cualquier verdadera pasión, que, sin embargo, mira de frente a otros que parecerían integrados, tocados por la consecución de una normalidad que, sin embargo, no resulta envidiable, salvo que se obvien sus conflictivas profundidades.

Por otra parte, en “I.A”. asistimos a otra experiencia de la soledad, de la desesperanza, en cuanto a la posibilidad de encontrar una verdadera y cálida compañía, una sensible comprensión en el mundo. Este relato sobrepasa lo sociológico y alcanza los terrenos de la filosofía. La frialdad es el componente mayoritario de la relación que mantiene el protagonista con Alexia, su asistente virtual. Es un hombre que se duele de la lejanía de los abrazos, y de todo aquello que ha ido perdiendo: “Solo hay que vivir, sentir, perder, sufrir y entender para comprender que la fugacidad es la huella de nuestro paso”. Los sentimientos del protagonista se suceden ante la presencia de esa gélida inteligencia: “El recuerdo es la fuente perdida de la dicha. El presente, un desierto plagado de erizadas incógnitas”. A ese ser metálico le hace preguntas de las que obtiene contestaciones a veces absurdas y otras curiosamente aproximadas: “Alexia, ¿qué es la soledad para ti?” Y le contesta esa voz inhumana pero informada: “La soledad es la vez que lloraste solo en tu cama y nadie vino a consolarte”.

 

En los relatos de la segunda parte, “Andanzas XXI”, el vicio relacionado con los elementos externos ya no es el predominante sino el vicio de perder, de perderse uno mismo en la impericia del vivir, en la insistencia en el fracaso. Los personajes mantienen esa perpetuación en el desvalimiento emocional. La soledad, en sus variantes de desamor, de indiferencia del mundo circundante, sigue interpretándose como el castigo que inflige la derrota en quien se había postulado como el mayor amante de la vida, y aún la contempla, desterrado, como una posibilidad para lo mejor. El relato que más me ha gustado de esta sección es el primero, “El día después del día del fin del mundo”. Hallo en él una inconcreción en los personajes que, sin embargo, deviene en un acercamiento humanitario alejado de sentimentaloides complacencias.

En cada uno de estos cuentos resuena un canto entristecido por la contemplación de la esterilidad que resulta de lo meramente convencional, de la vida sin alma, anodina y prefijada; y son, a la vez, una rabiosa impugnación de tanta vida vanamente presurosa. Resulta obvia la postura de un autor que asoma en los relatos para hacer la crítica de la mayoría de las innovaciones de la sociedad a la que hemos llegado (“En esta época líquida de baja humanidad”). Encontramos en estas historias un excelente retrato social a través de unos arquetipos emocionalmente encarnados. Hay mucha soledad en esos personajes que se esconden de sí mismos, que se refugian en las compañías inhumanas; mucho frío y solo atisbos de bondad.

En el autor de este libro, en Francisco Gómez, encontramos también al periodista y al poeta. Por eso, en estos relatos, escritos desde la vehemencia, desde el grito de una verdad, se alterna una visión panorámica con otra estrechada por un agudo sentimiento de la realidad. Y también por eso mismo abundan los monólogos con tendencia a lo ensayístico, pero que siempre regresan al tono coloquial, a la voz que suena personal y se escucha como desesperado lamento.

Son excelentes estas piezas en las que se abunda en la crítica, en la descripción de un desalentador paisaje humano que incluye el aburrimiento de vivir, la decepción de lo prometedor, el nihilismo de uno mismo, el tedio de lo vacuo. Estos personajes buscan erróneamente llenar un grave cansancio existencial, están incapacitados para retomar antiguos proyectos enriquecedores. El vicio de perder es una magnífica colección de cuentos que nos acerca a los males de unos hombres perdidos en su desolación, agarrados a una existencia embrutecida por unas dependencias que socavan la dignidad y aniquilan la esperanza. Las suyas son vidas presentidas como insustanciales, que esconden un secreto denigrante; vidas que, en su conciencia, devienen tan vergonzosas como probablemente innecesarias. @mundiario

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