Sobre los extraordinarios cuentos del escritor chileno Marcelo Lillo

Portada del libro de Marcelo Lillo "De vez en cuando, como todo el mundo", y retrato del autor
Portada del libro de Marcelo Lillo "De vez en cuando, como todo el mundo", y retrato del autor

Lo que hace Lillo en cada relato es desplegar una filosofía de la observación, que atiende solamente a la verdad de lo sentido y al misterio de lo infinitamente distinto

Sobre los extraordinarios cuentos del escritor chileno Marcelo Lillo

Me ha gustado mucho De vez en cuando, como todo el mundo (Lumen, 2018), una recopilación de los cuentos de un autor, Marcelo Lillo, apenas conocido en España, y no muy reconocido en su país, Chile, a tenor del vídeo de un programa de allí, en el que a los invitados se les pide que nombren a los tres mejores autores, entre sus paisanos, y el nombre de Lillo no aparece. Y me extraña, porque el extraordinario nivel de estas piezas debería bastar para encumbrarlo a las primeras posiciones, a no ser que el que haya allí ahora mismo sea altísimo. Lillo opina de otra manera de sus colegas chilenos: “No me gustan. Me aburren”. Además, ha salido escandalizado de los contactos que ha tenido con el ambiente literario y prefiere seguir viviendo en un pueblo aislado del mundo.

Marcelo Lillo, nació en 1957, y hasta los cincuenta años no publicó su primer libro. Llegado al año 2002 dejó su trabajo como profesor, así como cualquier indicio de vida estable, para realizar una apuesta literaria: "Hice un pacto de muerte: si en cuatro años no me iba bien, o sea, no ganaba más concursos, me pegaba un tiro. En serio. Me compré una Colt 45". Por suerte, para él y para nosotros, ganó varios concursos de cuentos y fue descubierto por el crítico español Ignacio Echevarría, quien ha escrito en el epílogo de este volumen cosas tan acertadas como esta: “Lillo persevera en dejar testimonio de un mundo sórdido, poblado por perdedores, hombres y mujeres que asumen unas veces con resignación, otras con aturdimiento, otras sin dejarse abatir por él, un destino miserable o doliente, en ocasiones calamitoso, o sencillamente tedioso”.

Marcelo Lillo deslumbra con su lenguaje sencillo, pero perfectamente ordenado, que transita revelando con lentitud la totalidad del cuadro que nos expone, como si hubiéramos empezado por un detalle y el objetivo se fuera abriendo hasta abarcar el contexto y agrandar, desde afuera, la interioridad de unos personajes que son hombres y mujeres aparentemente corrientes, pero que esconden una historia de dolor por la que están decisivamente marcados. Solo alguno de los narradores revela que ya es escritor, pero lo que cuenta siempre sucedió en un tiempo anterior, de inocencia, de incomprensión, o de pasmo, y está visto con una mirada muy antigua a la que regresa, limpia de cualquier otra interpretación posterior que pudiera desnaturalizarla. Otros, sin embargo, son seres que corresponderían a las categorías que implacablemente señala la sociedad como indeseables, pero que bien por su carácter ocasional o por la comprensión que adivinamos a través de una mirada que no se ensaña en ellos, los seguimos considerando de alguna manera nuestros afines, por el hecho de estar todos presos con respecto a la complejidad con que nos interpela el mundo.

Lo que hace Lillo en cada relato es desplegar una filosofía de la observación, que atiende solamente a la verdad de lo sentido y al misterio de lo infinitamente distinto. El ámbito de estos cuentos podría emparentarse con el realismo sucio de Carver. De hecho, Lillo confiesa ser un gran admirador de sus cuentos. Y su influencia se aprecia en algunos aspectos: en los personajes de clase media baja, con frecuentes problemas de trabajo, de salud, de relación matrimonial o con los padres, hijos, o hermanos. A partir de ahí, si bien es cierto que ambos coinciden en la elección de una anécdota que origina una escena en la que quiere revelarse una problemática honda —aunque eludiendo cualquier enfatización—, Lillo tiende, si no a resolverla del todo, sí, al menos, a apuntar cierta intencionalidad en los protagonistas, o a dejar más claramente la idea de que, lo que ha sucedido, va a establecer una huella profunda que nosotros como lectores, moral o sentimentalmente, podemos intentar comprender.

Hace poco leí Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón, un libro de relatos deslumbrante, considerado por muchos como uno de los mejores españoles en su género en las últimas décadas. Unos cuentos conformados por sucesivas frases imaginativas. Sin embargo, sentí que esa densa riqueza literaria sepultaba un tanto la historia que el autor me estaba contando, que parecía ya menos una razón del cuento que un mero soporte para realizar sobre él malabarismos. Pero lo peor es que sus personajes daban la sensación de estar desprovistos de un alma verdadera. Es lo contrario de lo que he encontrado en estos cuentos de Marcelo Lillo, en los que prevalece la sencillez narrativa, la claridad, la exacta lentitud que hace que pueda estremecernos una historia. Me gusta leer la torrencial e inédita fraseología de los relatos de Tizón, pero los que me alcanzan en su humanidad son los sencillos de Lillo.

Decía Chirbes de las literaturas altisonantes: “Herrumbrosas lanzas es de lo mejor de Benet, aunque no puede desprenderse de ese altivo regodeo que empaña toda su obra y tanto me irrita. Sin que se lo preguntes, te está diciendo todo el rato que tú nunca vas a llegar a su altura”. Tal vez no sea el caso de Tizón, en cuanto a que su literatura esté hecha de soberbia, sino más bien de una enorme capacidad creativa que no somete a otros fines. Lillo, sin embargo, es capaz de sorprenderme en cada cuento con una historia aparentemente ya mil veces contada, y sin que aporte ninguna vistosa novedad estilística. Con tan solo su paso seguro avanza por unos fragmentos de vida que remiten a historias durísimas, pero sobre las que no se vierten expresiones dramáticas sino meras descripciones que parecen hechas desde el alejamiento que permite el tiempo, sin perder un ápice de la gravedad que, si nos sumergimos en su atmósfera, en su susurrada consternación, podemos encontrar.

Historias muchas veces contadas desde la visión del niño o del adolescente, o desde el joven esposo insertado en un matrimonio fallido. Alguna vez, desde un personaje maduro, pero que aún tiene a sus padres vivos, casi nunca con hijos, como si el autor no conociera o le resultase arduo desbrozar los sentimientos de la paternidad. Son descripciones hechas de personajes tan comunes como problemáticos, solo algunas veces decididamente insurgentes, vergonzantes o estrafalarios. Lo que nos cuenta ese narrador y personaje, es lo que ve un espectador implicado en su propia historia, pero serenado por una mirada que intenta ser comprensiva sin la exigencia de obtener un resultado drásticamente dilucidador. Un hombre —siempre es varón el narrador— que despliega los elementos de una psicología de estar por casa plenamente certera, inconscientemente sutil, aunque renuncie a un diagnóstico simplificador.

El final de los cuentos describe un agotamiento de lo significativo que aporta la historia o bien apunta a una nueva toma de postura del protagonista —casi siempre en la dirección de un acercamiento a una difícil relación afectiva—. La habilidad de Lillo para concitar en una sola escena todos los elementos latentes que configuran la peculiaridad psicológica de unos pocos personajes, lo convierte en un autor plenamente capaz de obtener la intensidad a la vez reveladora y misteriosa que debe palpitar en un cuento. Estos finales podrían rotularse con un “continuará…” Nos dejan suspendidos en una imaginación difícil, brumosa, que solo puede partir de aquellos datos fundacionales de un futuro ya nunca rutinario del todo, siempre impregnado del sabor de una herida o de un incomprensible impedimento.

Escribo este artículo sobre De vez en cuando, como todo el mundo por lo de siempre: por la necesidad de expresar un entusiasmo, y para intentar poner en alza a un escritor excelente, lamentablemente poco reconocido, pero esta vez, también, para que este autor tan descreído del infestado mundillo literario, no pierda la ilusión por escribir y, sobre todo, para ayudar a que no se pegue un tiro. @mundiario

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