Saraband, la última reflexión de Bergman sobre el egoísmo en el amor

Liv Ullman y Erland Josephson en Saraband, de Ingmar Bergman
Liv Ullman y Erland Josephson en Saraband, de Ingmar Bergman. / Mundiario

el tema principal de la película: el egoísmo y, derivado de él, la incapacidad de amar cuando este sentimiento no resulta fácil, agradable, excitante, ni siquiera ornamental

Saraband, la última reflexión de Bergman sobre el egoísmo en el amor

Saraband (2003) fue la última película que dirigió Ingmar Bergman. Tenía 85 años y le faltaban cuatro para morir. De una obra tan tardía y postrera suele decirse que contiene el testamento del autor. En este caso, es evidente que el maestro sueco quiso dejar constancia de buena parte de sus máximas preocupaciones y que lo hizo genialmente, demostrando estar en plena forma.

Los primeros minutos parecen indicar que vamos a enfrentarnos a una mera secuela de aquella excelente Secretos de un matrimonio (1974), realizada en una doble versión de miniserie para televisión y de película más reducida para el cine. Los protagonistas vuelven a ser la descomunal Liv Ullman y el magnífico Erland Josephson. Ahora ambos tienen 65 y 80 años, respectivamente, aunque en sus personajes se varía un tanto la edad, sobre todo porque hay que dar cabida a uno nuevo, el hijo de Johan, que tiene 61. El inicio de la película es el reencuentro. Ambos viven solos y ella, Marianne, visita a Johan en su casa inmersa en el bosque, separada del mundo. Hace muchos años que no se han visto. Además, él no se ha interesado por sus hijas en todo ese tiempo. Ahora, al fin, pregunta por ellas. Una vive en Australia y la otra, Martha, sigue hundida en el aislamiento de su enfermedad mental, ingresada en una residencia psiquiátrica. Tenemos aquí un primer apunte sobre lo que será el tema principal de la película: el egoísmo y, derivado de él, la incapacidad de amar cuando este sentimiento no resulta fácil, agradable, excitante, ni siquiera ornamental.

Marianne nos cuenta que estuvieron dieciséis años casados, y que fue la mujer —y luego la amante— más engañada del mundo. “Creo que lo amaba. Completamente y sin reservas. Era muy ingenua”. “Estoy llorando por Johan y Marianne, por mí”. Para Johan, actualmente ese episodio no representa ningún dolor, sino tan solo un tránsito. No hay arrepentimiento en él y tampoco sentimiento de culpa. Pero el argumento pronto vira de esa intención original de revisión de un matrimonio fallido —que volverá, de alguna forma, hacia al final—, y añade nuevos personajes muy significativos. Por una parte, el mencionado hijo de Johan; y, por otra, Karin, la hija de este. Pero el más importante de todos ellos es Anna, la madre de la joven, la mujer de Henrik. Es una figura ausente porque ha muerto dos años antes, pero que ocupa un lugar importante en las conversaciones. Su retrato aparece numerosas veces —en la realidad, es el de la madre de Bergman—, y de él parece emanar una luz espiritual. Hay que decir que esta Anna es el personaje más encomiable moral y espiritualmente, al que le siguen las otras dos mujeres: Marianne y Karin. Los personajes deleznables son los hombres: Johan y su hijo. Bergman conservó hasta el final una aguda capacidad autocrítica, suponemos que cada vez más limpia de un posible cinismo.

La novedad de Saraband es que está estructurada en diez capítulos y que, en cada uno de ellos, asistimos a un dueto formado por las diferentes combinaciones entre los cinco personajes. Se alternan en esas conversaciones los acerados diálogos, el odio, el doloroso amor, la indefensión, el rencor, los conflictos que alteran la tregua de unas convivencias en las que late una tensión que todo lo ensombrece. Es un acercamiento sin ningún tipo de velos a unos hombres y mujeres, en sus distintas edades, sumergidos en su particular angustia no precisamente banal.

Aquí, el odio conyugal o postconyugal ya ha desaparecido. Marianne y Johan son dos seres ya muy vividos, de distinta manera lastimados por las decepciones, que intentan dulcificar ese encuentro, como si quisieran darse una buena imagen de un momento que puede ser definitivo, con capacidad de borrar tiempos muy tempestuosos. Pero, para conseguirlo, ella tendrá que obviar los crudos comentarios de él: “Mi vida fue una mierda, carente de sentido”. Y ella le pregunta: “¿El matrimonio es parte de tu infierno?” “Para ser honesto, sí. Por eso Marianne duda de la oportunidad de ese regreso. En un guiño teatral, en un aparte, le dice al espectador: “Esto fue un error”. Pero lo que sería un defecto en otro, esa teatralidad que desprende especialmente el último cine de Bergman, en él es virtud. Son poco los elementos ajenos a las escenas interiores que incorpora, pero estos destacan por su genialidad. Lo que procura es incidir en esos primeros planos que son radiografías del alma y que puede permitirse gracias a unas grandes interpretaciones.

Ahora, la relación más candente es la del odio brutal en el que persisten enconadamente Johan y Henrik, un padre y un hijo que todo se lo reprochan, que viven en el enquistamiento de escenas de un pasado irresuelto de la peor manera posible, sin atisbos de recíproco perdón. Pero el que sale más malparado es Henrik, un hombre menos exitoso, mucho más herido, y, precisamente por ello, más vulnerable. En una escena brutal, el hijo le pregunta al padre: “¿Papá, de dónde viene toda esta hostilidad?” Pero Johan no atiende ese desesperado intento compresivo: “Me importa un bledo si me odias. Apenas existes. Si no fuera por Karin, que gracias a Dios se parece a su madre, tú no existirías”.

La chispa que recrudece el fuego de esas inquinas, es que Henrik ha de humillarse ante su padre, pidiéndole dinero a cuenta de la parte de su herencia. No lo pide para él, dice, sino para su hija, para comprarle un violonchelo. Así la cosa cambia. Johan nunca le daría dinero a él, pero hará las gestiones directas para proporcionarle el instrumento a su nieta, a la que tanto aprecia. Marianne interviene en ese conflicto. Lo hace respetuosa, conciliadora. Habla con Henrik y este se muestra amable, pero cuando ella rechaza su invitación a que vaya a su casa a cenar, muestra su lado fiero, su ardiente desgarramiento sin cerrar, su grito cargado por la desdicha, su ser más ruin y depravado. La insulta, la cree cómplice de ese padre al que odia “en todas las dimensiones de la palabra”, y al que desea una mortal y larga enfermedad: “Lo visitaría a diario para tomar nota de su tormento”.

La otra relación problemática es la de Henrik con su hija Karin. Ambos son músicos. Él se ha empeñado en darle clases particulares de violonchelo. Es una manera de poseerla, de dominarla, de tenerla agarrada a su lado. La quiere, pero a la vez la utiliza, disponiendo de ella como de una sustituta de Anna. No la deja crecer libremente. Karin también vive su angustia, la que corresponde a su edad: “No sé nada de mi vida, qué voy a hacer o a ser”. Ella necesitaría volar, aprovechar otras oportunidades, desatarse del insuficiente, equivocado y asfixiante apoyo de su padre. Pero Henrik la chantajea emocionalmente; con resultado, pues Karin sospecha que su padre se pudiera suicidar. “Si me dejas, me quedaré arruinado u otra palabra que no existe. Estos meses contigo han sido un estado de gracia. Para mí, es decir, no para ti. A veces siento que me espera un gran castigo”.

El estallido más brutal se produce cuando Karin descubre una carta que, en sus últimos días de vida en el hospital, su madre le había dirigido a su padre. Allí lo conminaba a que dejara libre a su hija: “Sé que Karin te quiere, pero no debes usar su amor. La lastimarías”. Anna ya veía claramente el carácter absorbente de su marido e intuía su agravación después de su muerte. Karin no puede perdonarle a su padre que no haya seguido el consejo de su madre, que le haya escatimado el contenido de esa carta, esas palabras de quien tanto amó y a quien seguía. Pero sigue dudando en dar el paso de dejarlo: “Mama está muerta y él no sabe hacerse cargo de su vida. Si lo abandono, me sentiré culpable y moriré”. Esa carta, entre lágrimas, se la ha leído Karin a Marianne. La última imagen de este capítulo, son esas hojas, y, sobre ellas, posadas, las manos de las dos. Marianne dice: “El amor de Anna”. Karin añade: “Esta carta es el amor”. Y pregunta: “¿Verdad?” Y la respuesta angustiada que recibe es: “No lo sé”. ¿Por qué? Tal vez porque esa mujer madura aún se pregunta si verdaderamente ha amado bien alguna vez. Tal vez esté pensando en su hija Martha o en todas las complacientes mentiras que ha oído, que ha visto, que ha asumido, en torno al amor.

Henrik ha abandonado la orquesta, ya no es el primer violín, pero él lo enfoca positivamente, pues va a disponer de más tiempo para dedicarlo a su hija. Es un acto de amor impositivo, porque la ayudará si ella se presta a aceptar sus generosos proyectos. En el diálogo posterior, Karin le manifiesta su amor a la vez que su crítica. Lo que necesita comunicarle es muy duro, y la llena de miedo y de tristeza hacerlo. Ha aceptado formar parte de una orquesta para jóvenes, que estará tres años lejos de él. Lo dice llorando, y él la escucha aterrorizado. “No me considero una solista. Quiero ser parte de un esfuerzo común, de una orquesta”. Se acerca a él, lo acaricia, lo compadece a la vez que le expone que necesita su libertad: “Quiero decidir sobre mi propio futuro. Quiero tener una vida simple. No ser una sustituta de mamá y recibir tus elogios de lo que no soy”.

Henrik intenta suicidarse con pastillas, y cortándose el cuello y los brazos con una navaja. Marianne se lo cuenta a Johan y este se espanta, pero acaba diciendo: “Henrik falla sistemáticamente en todo. Ni siquiera sabe matarse”. Ella le pregunta: ¿De dónde sacaste todo ese desprecio?” Y él le responde: “Si desprecio a alguien es a mí”. Y luego le cuenta: “Henrik me rodeaba con un amor pegajoso. Admito que ignoré ese amor”. Y ya ni a su querida nieta la ama, pues esta se ha distanciado de él. Lo más grave es saber que ahora ella se siente culpable por el dolor de su padre: “¡Le tiene tanto aprecio a ese desgraciado!” Es nuevamente el amor condicional, el mezquino. Y son los celos: “Es incomprensible que Henrik haya tenido el privilegio de amar y ser amado por Anna”.

El último capítulo, el décimo, empieza con Johan levantándose a media noche, poseído por la angustia. Le pide permiso a Marianne para juntarse con ella. Como un niño, necesita sentirse protegido por su compañía. Pasan unos últimos días agradables, luego se llaman por teléfono los domingos, pero finalmente él no contesta a sus llamadas, no le escribe. La siguiente escena retoma el principio de la película. Esa mesa enorme frente a Marianne, llena de fotografías que hablan de su vida y desde las que nos cuenta esta historia. Escoge la de Anna, y se pregunta por sus sentimientos, sobre si habitaba en ella eso tan raro que es el verdadero amor. Porque todo lo que ha visto, lo que sospecha de sí misma, lo que le cuentan los demás, es un amor tan imperfecto que no merece ese nombre; es un amor interesado, ruin o distante. Pero tal vez el auténtico, el que busca, lo haya encontrado finalmente en su última visita a su hija Martha, en la residencia psiquiátrica. Allí, la ha mirado intensamente, a unos ojos despertándose en ese amor recibido, ahora ya sin mácula. Y nos dice Marianne de ese momento: “Pensé en el hecho enigmático de que, por primera vez en nuestra vida juntas, me di cuenta, sentí, que estaba tocando a mi hija. ¡Mi niña!”. @mundiario

Saraband, la última reflexión de Bergman sobre el egoísmo en el amor
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