Muere Dick Cheney, el vicepresidente de EE UU que moldeó la guerra contra el terrorismo
Dick Cheney, quien durante décadas encarnó la visión más dura y realista de la política exterior estadounidense, murió este 3 de noviembre a los 84 años en su casa de Wyoming, debido a complicaciones de una neumonía y problemas cardiovasculares. Fue un político que marcó a fuego la era posterior al 11-S, convirtiéndose en el rostro más implacable del poder estadounidense. Para muchos, el verdadero arquitecto de la “guerra contra el terrorismo” que definió el siglo XXI.
Su fallecimiento pone punto final a una de las trayectorias más influyentes y polémicas de Washington. Cheney fue congresista, jefe de Gabinete de la Casa Blanca, secretario de Defensa y vicepresidente durante los dos mandatos de George W. Bush (2001–2009). En cada uno de esos cargos ejerció una autoridad que, a menudo, superaba la de los propios presidentes a los que sirvió.
Cheney fue un insider consumado, un operador político sin carisma público pero con una capacidad extraordinaria para mover los resortes del poder. Bajo el Gobierno de Bush padre, dirigió la primera guerra del Golfo (1991) con precisión quirúrgica. Una década después, como vicepresidente, impulsó la doctrina del ataque preventivo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, dando origen a la invasión de Afganistán y, más tarde, de Irak.
Su llamada “Doctrina del Uno por Ciento”, que postulaba la necesidad de actuar militarmente ante cualquier amenaza potencial, por improbable que fuera, redefinió la estrategia de seguridad nacional de EE UU. Cheney creía que la disuasión clásica ya no bastaba: que el país debía anticiparse y golpear primero. Esa lógica marcó el rumbo del Pentágono, de la CIA y de la política exterior estadounidense durante más de una década.
El padre de los “halcones” republicanos
En la práctica, Cheney moldeó una generación de estrategas neoconservadores convencidos de que el poder estadounidense debía ejercerse sin titubeos. Fue el arquitecto de políticas de detención, vigilancia e interrogatorio que sus críticos calificaron de abusivas, pero que él defendió como “necesarias” para proteger al país. Su influencia se extendió más allá del gabinete: Cheney fue, durante años, la voz más escuchada en materia de defensa, inteligencia y energía.
“Durante décadas, Dick Cheney sirvió a nuestra nación, “Estamos inmensamente bendecidos de haber amado y haber sido amados por este noble gigante de hombre”, expresó su familia en un comunicado.
Para sus detractores, Cheney fue el artífice de una política exterior que debilitó la legitimidad moral de Estados Unidos. Para sus defensores, un patriota que entendió que el mundo posterior al 11-S exigía respuestas implacables. Nunca pidió disculpas por Irak, ni por Guantánamo, ni por el uso de la tortura. “Hicimos lo correcto”, solía decir, convencido de que la historia lo absolvería.
A pesar de los años y los reveses, Cheney mantuvo un perfil reservado, alejado de los focos, aunque su sombra seguía presente en los debates sobre seguridad y poder. En su madurez, sobreviviente de cinco infartos y un trasplante de corazón, se describía como “agradecido por cada día de vida”.
En sus últimos años, Cheney se alejó del Partido Republicano que él mismo había ayudado a forjar. Consideraba a Donald Trump una amenaza directa para la democracia estadounidense. En 2022, protagonizó un anuncio televisivo en defensa de su hija Liz Cheney —excongresista republicana y crítica feroz del presidente— en el que afirmó: “En la historia de Estados Unidos, nunca ha habido un individuo más peligroso para la república que Donald Trump”.
Su última declaración política pública fue en 2024, cuando reveló que había votado por la demócrata Kamala Harris para impedir el regreso de Trump al poder. “Trump nunca puede volver a ser confiado con el poder”, escribió. “Nuestro deber es ante el país, no ante un partido”. @mundiario


