EE UU aprieta el pulso contra Hezbolá para cortar la financiación iraní y avanzar hacia el desarme

Washington lanza una nueva ofensiva diplomática y financiera para asfixiar el flujo de fondos iraníes hacia la milicia chií y aprovechar lo que considera un “momento decisivo” en el equilibrio interno del Líbano.
Sebastián Gorka, subsecretario del Presidente Donald Trump y Joseph Aouon, presidente del Líbano. / @SebGorka
Sebastián Gorka, subsecretario del Presidente Donald Trump y Joseph Aouon, presidente del Líbano. / @SebGorka

Estados Unidos ha elevado su presión sobre Hezbolá en una estrategia que combina sanciones financieras, diplomacia regional y apoyo militar indirecto a Israel, con el objetivo de debilitar el brazo armado libanés y cortar el sustento económico que le proporciona Irán. El movimiento busca aprovechar lo que el subsecretario del Tesoro para contraterrorismo, John Harley, definió como un “momento” político favorable en el Líbano para promover el desarme de la milicia chií, considerada por Washington una organización terrorista.

Durante una gira que incluye Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Israel y el propio Líbano, Harley explicó que el propósito central de la iniciativa es “secar la financiación iraní”, la cual, pese a las sanciones internacionales, habría superado los 1.000 millones de dólares este año. El Tesoro estadounidense sostiene que buena parte de esos fondos fueron transferidos a través de empresas de cambio y redes de intermediarios que el régimen de Teherán utiliza para evadir los controles financieros internacionales.

Las recientes sanciones impuestas por Washington a los libaneses Osama Jaber y Jafar Mohammed Qassir, acusados de canalizar millones de dólares hacia Hezbolá, forman parte de esa campaña de “máxima presión” que utilizada por el presidente Donald Trump frente a Irán en su primer mandato. Qassir, según el Tesoro, coordina la cartera económica de la organización y supervisa las operaciones que generan ingresos para sus estructuras políticas y militares.

Desde el punto de vista de Washington, la guerra reciente entre Israel y Hezbolá debilitó al grupo lo suficiente como para que el Gobierno libanés recupere parte de la iniciativa perdida durante décadas. “Si conseguimos que Hezbolá se desarme, los libaneses podrán recuperar su país”, subrayó Harley, quien también afirmó que el futuro de la estabilidad regional pasa por “restaurar la soberanía plena del Estado libanés”.

Beirut, por su parte, intenta avanzar hacia cooperación con Estados Unidos y sus aliados. El presidente Joseph Aoun aseguró a la delegación estadounidense que su país aplica “de manera estricta” las medidas contra el blanqueo de capitales y el financiamiento del terrorismo, un mensaje dirigido tanto a Washington como a los organismos internacionales que condicionan la asistencia económica a la transparencia institucional.

Aunque Aoun también señaló que la desmilitarización debe ir acompañada de la retirada israelí de los territorios aún ocupados en la frontera y del cumplimiento del acuerdo de alto el fuego firmado en noviembre de 2024.

El esfuerzo estadounidense se produce en un momento en que Irán busca diversificar sus alianzas para resistir las sanciones occidentales, estrechando lazos con Rusia, China y algunos países del Golfo. Sin embargo, la presión económica ha erosionado su capacidad de maniobra: la inflación interna y la caída de los ingresos por petróleo limitan el margen de Teherán para seguir sosteniendo a sus aliados regionales, entre ellos Hezbolá y las milicias proiraníes en Siria e Irak.

En este contexto, Washington interpreta que existe una oportunidad para avanzar hacia un Líbano menos dependiente de la influencia iraní y más integrado en la órbita occidental. La estrategia pasa por combinar incentivos financieros, asistencia militar y una mayor coordinación con socios europeos y árabes para reconstruir las instituciones libanesas y reforzar el control estatal sobre el territorio.

No obstante, el camino hacia el desarme de Hezbolá dista de ser sencillo. El grupo conserva una base social sólida en el sur del país y una estructura militar independiente del Estado, mientras mantiene su discurso de resistencia frente a Israel como parte central de su legitimidad política. Además, el Gobierno libanés, aún frágil tras años de crisis económica y divisiones sectarias, debe equilibrar la presión estadounidense con la estabilidad interna.

La nueva ofensiva de Washington refleja, por tanto, una apuesta geopolítica que trasciende el ámbito financiero. En última instancia, Estados Unidos busca reconfigurar el equilibrio de poder en Oriente Próximo, limitando el radio de acción iraní y sentando las bases para un eventual desarme de Hezbolá. La cuestión es si el Líbano, con sus profundas fracturas y su dependencia económica del exterior, podrá resistir el pulso sin caer en una nueva espiral de inestabilidad. @mundiario

Comentarios