Trump amenaza con aranceles del 100% a los chips: presión máxima para reindustrializar EE UU

El republicano busca forzar el regreso de las manufacturas del sector tecnológico a suelo estadounidense, mediante una estrategia comercial que apuesta por la presión arancelaria para traer de vuelta la producción.
Placa de circuito electrónico con chip. / Freepik
Placa de circuito electrónico con chip. / Freepik

En una nueva escalada de su agenda económica nacionalista, el presidente Donald Trump ha lanzado una amenaza explícita a la industria tecnológica global: impondrá un arancel del 100% a todos los chips y semiconductores que ingresen a Estados Unidos, a menos que las empresas trasladen su producción al país. La advertencia, lanzada en el Despacho Oval durante una reunión con el CEO de Apple, Tim Cook, marca un punto de inflexión en la estrategia comercial de su Administración, que apuesta por la presión arancelaria en lugar de los incentivos para lograr la reindustrialización tecnológica.

“Pondremos un arancel de aproximadamente el 100% sobre los chips y semiconductores”, declaró Trump ante la prensa. “Pero si están fabricando en Estados Unidos, no hay ningún cargo”, agregó. Aunque no se trató de un anuncio formal ni se presentaron detalles técnicos o plazos, el mensaje fue inequívoco: las empresas que no produzcan en EE UU deberán enfrentar un coste sustancial si quieren acceder al “mercado más grande del mundo”.

El trasfondo de esta amenaza es doble. Por un lado, responde a la continua dependencia de EE UU de cadenas de suministro asiáticas —particularmente chinas— en sectores clave como la electrónica, la automoción y los electrodomésticos. Por otro, busca posicionar al país como centro neurálgico de la producción de chips, una industria vital de la que actualmente representa apenas el 12% del total global, muy lejos del 40% que ostentaba en 1990.

El anuncio de Trump no es simplemente un mensaje político. Representa un ultimátum a las grandes empresas tecnológicas, muchas de las cuales dependen de proveedores y ensambladores ubicados en Asia. En particular, Apple —presente en la reunión con su CEO— podría enfrentar una presión adicional para acelerar su transición hacia la producción nacional, a pesar de sus recientes inversiones. La compañía ha prometido más de 600 mil millones de dólares en nuevas inversiones en EE UU, como parte de un compromiso colectivo de la industria tecnológica que asciende a 1.5 billones desde el retorno de Trump al poder en enero.

Sin embargo, el anuncio deja numerosas preguntas sin respuesta. ¿Cuándo entrarían en vigor estos aranceles? ¿Se aplicarían de forma gradual o inmediata? ¿Cómo se definirán las exenciones para aquellas compañías que están “en proceso” de trasladar su producción? Trump se limitó a advertir que si una empresa promete construir en EE UU y no cumple, “se suma la deuda y se cobra después. Es una garantía”.

Un giro frente a la estrategia de Biden

El enfoque de Trump contrasta marcadamente con la estrategia seguida por la Administración del expresidente Joe Biden, que optó por el incentivo estatal mediante la Ley CHIPS y Ciencia de 2022. Esta legislación destinó más de 50.000 millones de dólares para fomentar la instalación de nuevas fábricas de chips, impulsar la investigación y formar trabajadores especializados. La ley también incluyó créditos fiscales y subvenciones con el objetivo de atraer capital privado, un enfoque que Trump había criticado por considerarlo poco efectivo y excesivamente dependiente del gasto público.

Donde Biden intentó atraer inversión con la promesa de colaboración, Trump busca forzarla con una política de “o se produce aquí, o se paga el doble”. La medida, si se concreta, podría elevar significativamente los costes de dispositivos cotidianos como teléfonos móviles, televisores, automóviles y electrodomésticos. A su vez, podría erosionar los márgenes de las empresas que no tengan el músculo financiero para construir fábricas en territorio estadounidense.

Impacto geopolítico y presión sobre China

Las implicaciones del anuncio no se limitan al terreno económico. También apuntan directamente a China, aún enfrascada en complejas negociaciones comerciales con Washington. Los aranceles, aunque generalizados, afectarán de forma particular a chips fabricados por empresas como SMIC o Huawei, que en muchos casos llegan al mercado estadounidense integrados en dispositivos ensamblados en territorio chino.

Con esta nueva amenaza, Trump refuerza su narrativa de “desacoplamiento estratégico” respecto a China, buscando acelerar la desvinculación de la economía estadounidense de su dependencia de componentes críticos fabricados en el gigante asiático. Aunque la Administración republicana aún no ha confirmado si se tratará de una política focalizada contra Pekín, todo indica que los chips procedentes de China estarán entre los principales afectados.

La estrategia de Trump también apunta a consolidar un nuevo proteccionismo tecnológico, basado no solo en la defensa comercial, sino en la reconfiguración forzada de las cadenas de valor globales. Bajo esta lógica, las grandes multinacionales tecnológicas que tengan recursos suficientes podrían adaptarse —e incluso beneficiarse— de esta presión, mientras que las más pequeñas o dependientes del ensamblaje asiático podrían quedar fuera del juego.

En palabras del propio Trump, “es la supervivencia del más grande”. Y aunque muchos analistas ven riesgos inflacionarios en esta política, el presidente parece confiado en que el potencial del mercado estadounidense funcionará como anzuelo suficiente para forzar la relocalización industrial. @mundiario

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