¿Proteccionismo riesgoso? El nuevo frente arancelario de Trump va de chips y medicamentos
La Administración del presidente de EE UU, Donald Trump, ha dado el primer paso para imponer aranceles a dos sectores estratégicos: los semiconductores y los productos farmacéuticos. Esta medida abre una nueva fase en su política comercial, que se basa en la premisa de fortalecer la industria estadounidense.
Amparado nuevamente en la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962 (que permite medidas por razones de seguridad nacional), el Departamento de Comercio de EE UU ha iniciado investigaciones que podrían traducirse en gravámenes sustanciales sobre productos esenciales para la tecnología y la salud.
Este movimiento no es menor. Los microprocesadores son el corazón de todo dispositivo moderno: desde smartphones hasta vehículos eléctricos, sistemas de defensa o satélites. Por su parte, los productos farmacéuticos son vitales para la salud pública y constituyen una de las industrias más globalizadas y sensibles del mundo. El inicio del proceso de consultas demuestra, al menos esta vez, un intento por comprender el mercado antes de actuar, algo poco habitual en el estilo ejecutivo de Trump.
La justificación oficial para estos posibles aranceles es la “seguridad nacional”. En el caso de los chips, la dependencia de Estados Unidos de países como Taiwán ha sido vista por el republicano como un riesgo estratégico, especialmente después de la disrupción global generada por la pandemia de la covid-19. Estados Unidos produce solo el 10 % de los semiconductores globales y ha perdido terreno en la carrera por los chips más avanzados, un déficit que la Administración del expresidente Joe Biden también intentó revertir con subsidios e incentivos a la producción nacional.
En cuanto a los medicamentos, el argumento es similar: reducir la dependencia de países extranjeros (especialmente China y la India) en la producción de ingredientes farmacéuticos activos y productos acabados. Trump ha reiterado que la salud de los estadounidenses no puede quedar sujeta a las decisiones o crisis de otros países.
Riesgos económicos y sanitarios
Sin embargo, el enfoque arancelario no está exento de riesgos. Las asociaciones industriales han advertido sobre las posibles consecuencias negativas, que van desde severos aumentos de precios hasta eventuales escaseces. En el caso de los medicamentos, esto podría traducirse directamente en impactos sobre el acceso de los pacientes a tratamientos esenciales. Las farmacéuticas ya han advertido de que trasladar la producción a EE UU llevaría años y requeriría inversiones millonarias, además de una reconfiguración de cadenas de suministro profundamente globalizadas.
En el sector de los chips, las inversiones impulsadas por la Ley CHIPS de la era Biden aún están en fase de desarrollo. Los fabricantes como Intel, TSMC y Samsung han anunciado proyectos ambiciosos en suelo estadounidense, pero la producción a gran escala aún está lejos de ser una realidad. Imponer aranceles ahora podría elevar los costes de producción tecnológica y generar presiones inflacionarias adicionales.
Pese a todo, no puede ignorarse el contexto político de estas decisiones. Trump ha vuelto a colocar los aranceles en el centro de su propuesta económica, en un momento donde busca consolidar su liderazgo en Washinhgton. Apelar a la autosuficiencia industrial y prometer empleos fabriles en territorio nacional son mensajes potentes para su base de seguidores. Pero las consecuencias macroeconómicas podrían ser complejas: distorsiones de mercado, represalias comerciales o desincentivos a la cooperación internacional en sectores donde la innovación es global.
¿Gradualismo como vía intermedia?
Ante las críticas, la Casa Blanca ha dado señales de que los aranceles podrían aplicarse de forma gradual o con excepciones sectoriales. Algunas compañías del sector han pedido justamente eso: tiempo para adaptar su producción. Empresas como Merck, Eli Lilly, Novartis y Johnson & Johnson ya han anunciado nuevas inversiones en suelo estadounidense, buscando amortiguar posibles sanciones y alinearse con la nueva política industrial.
No obstante, incluso con esa flexibilidad, las tensiones comerciales pueden aumentar. La experiencia del primer mandato del republicano ha demostrado que la guerra arancelaria tiene efectos colaterales difíciles de controlar, como la volatilidad en los mercados, el alza de precios al consumidor o los desajustes en las cadenas de valor.
La apertura de las investigaciones sobre chips y medicamentos marca el retorno de una política industrial basada en el proteccionismo estratégico, con la intención explícita de reindustrializar sectores considerados críticos. Sin embargo, como toda política pública ambiciosa, requiere una ejecución cuidadosamente calibrada y acompañada de inversiones, incentivos y diálogo con el sector privado. @mundiario


