Estados Unidos se encierra: lo que esconde la caída del déficit comercial
En junio, Estados Unidos registró el déficit comercial más bajo desde septiembre de 2023: 60.200 millones de dólares. A primera vista, podría parecer una buena noticia. Menos importaciones, más equilibrio, ¿no? Sin embargo, debajo de esa cifra alentadora se esconde una realidad mucho más áspera y menos celebrada: no es que EE UU haya ganado músculo exportador, sino que sus empresas están reaccionando —a la defensiva— ante el nuevo embate arancelario de Donald Trump. Un retroceso que no se explica por fortaleza, sino por precaución.
La caída del 3,7% en las importaciones no responde a una súbita mejora en la competitividad local ni a un crecimiento de la producción interna, sino al freno que han pisado las compañías para no quedar atrapadas en el campo minado del comercio global que Trump ha reconfigurado con una estrategia que recuerda más a una guerra relámpago que a una política comercial coherente. Las empresas, que a principios de año habían importado a gran escala por temor a lo que se venía, hoy se repliegan, reorganizan inventarios y esperan.
Las exportaciones también cayeron, aunque en menor proporción, y eso dice mucho. No hay un auge exportador, sino una contracción general. Lo que mejora las cifras del PIB es más una ilusión contable que una señal de fortaleza estructural. Las exportaciones netas sumaron cinco décimas al crecimiento económico, sí, pero el empleo pierde fuelle, el consumo se enfría y la inflación reaparece. Un cóctel conocido, peligroso y políticamente explosivo.
¿Superávit con sabor a pólvora?
El informe de junio muestra que el déficit comercial con China cayó a mínimos desde 2009, el de Canadá al nivel más bajo desde 2020 y el de México bajó tras marcar récord en mayo. Pero no son logros de política exterior, sino consecuencias de un entorno inestable donde las empresas prefieren no arriesgar. La llamada “reciprocidad arancelaria” que impone Trump no es más que una forma rebuscada de proteccionismo, que al final puede terminar por aislar a Estados Unidos de los mismos mercados que pretende dominar.
Esta tendencia también tiene un componente emocional, y no menor: la incertidumbre. Las empresas no saben qué reglas cambiarán mañana, qué productos tendrán nuevos gravámenes o qué país quedará fuera de juego comercial. La amenaza de aranceles del 250% a los productos farmacéuticos es solo una muestra de la volatilidad que puede paralizar decisiones de inversión, contratación o innovación. Lo que parece una ofensiva industrialista puede convertirse en un tiro en el pie.
Una economía que encoge por dentro
Mientras el presidente presume de atraer fábricas como la taiwanesa TSMC a Arizona, omite que esa inversión se gestó bajo el mandato de su predecesor Biden. El presidente Trump capitaliza éxitos ajenos mientras dispara políticas propias que alejan socios. La reducción del déficit no es fruto de una estrategia robusta de reindustrialización, sino del miedo y la parálisis.
Y cuando el miedo dirige el comercio, el mercado se vuelve ineficiente. Las empresas acopian o paralizan pedidos, el consumidor paga más, y los aliados comerciales toman nota. Imponer un 250% de aranceles a los medicamentos puede sonar patriótico en campaña, pero tiene efectos reales: tratamientos más caros, menor competencia y menos incentivos para la innovación.
Reducir el déficit comercial no es, en sí mismo, malo. Pero hacerlo a costa de la estabilidad, el crecimiento y la previsibilidad es una receta para el desastre a medio plazo. Las cifras de junio deberían preocupar más que alegrar. @mundiario



