Víctimas de la violencia, familias colombianas se ven obligadas a refugiarse en las ciudades

¿Quién le explica a los niños y niñas hacinados en minúsculos rincones urbanos de los barrios de invasión de Villavicencio, qué pasó con el río, la casa, la escuela, las frutas y las flores?
Víctimas de la violencia, familias colombianas se ven obligadas a refugiarse en las ciudades

Playa de Bocagrande, Cartagena, Colombia “Cuando la violencia llegó nos tocó dejar todo e irnos a la ciudad...", relata un desplazado. Pedro Szekely via Compfight

En Colombia, la violencia se ha apoderado de todo. De la región, de los pueblos, de las familias y de las personas. Como cuenta Juvenal Quintero, un habitante de Mapiripán (Meta) “es tanto el acoso (por parte de la guerrilla) que los niños diferencian perfectamente el ruido de un tubo de escape al del disparo de un fusil”. En el lenguaje de los niños se reproducen los actos de violencia de los que han sido testigos o de los que escuchan hablar con tanta frecuencia. Los pelaítos están aprendiendo a identificarse a sí mismos dentro del conflicto, en el cual tanto el miedo como la admiración generan una única certeza: que para sobrevivir en esta vida se tiene que ser uno de “los duros”.

Si en alguna población se le preguntaba a un chiquillo qué quería ser de mayor, él respondía sin ningún atisbo de duda: “paramilitar” o “guerrillero”, dependiendo de quién dominaba el territorio. “A los 15 años eres un adolescente, tienes mucha adrenalina y ver allí  un hombre con un fusil estilo Rambo, pues eso te emociona, y claro que los niños se van, ilusionados,  a convertirse en rambos. Lo que pasa es que luego la realidad es otra”, en palabras de Yeni Guzmán.

Nadie confía en nadie

Las normas de la guerra hacen que la vida diaria cambie. Nadie confía en nadie, y ante la constante vigilancia no se puede ser uno mismo. Los padres, que no conocen otro lenguaje que el de la violencia, maltratan a sus hijos, y generan en estos el pensamiento del odio, que a su vez se evidencia en las escuelas. En las zonas en conflicto los métodos de enseñanza son otros, como cuenta Héctor Ariel Vázquez, quien trabajó como preparador físico en una escuela rural en El Dorado (Meta) y trató de remover ese sentimiento de frustración en sus alumnos, “al principio utilizaba el juego como una herramienta para enseñar a resolver los conflictos de manera pacífica. En los comienzos se  mostraban un poco confundidos y displicentes, pero luego fui generando confianza entre ellos, y mejoraron en muchas facetas, en las relaciones con sus padres y sus compañeros”.

Las mujeres tratan de emparejarse con uno de los comandantes de los grupos armados para sentirse protegidas, y porque eso les da estatus.  Las prostitutas, consideradas las damiselas del conflicto, van de combate en combate, buscando el sustento para sus hijos, ya que en una semana pueden conseguir hasta cuatro millones de pesos (1.800 €).

Desde las montañas de Casanare y Arauca hasta las sabanas del Meta se repite la misma historia. Víctimas de la violencia, de la pobreza y del temor por sus vidas, muchas familias se ven obligadas a abandonar la tierra que tanto aman y refugiarse en las ciudades. Otras veces son los mismos grupos armados los que fuerzan a salir de sus casas. Como cuenta Benjamín Palacios “llegan y lo amenazan, y uno tiene que salir para la ciudad, o si no vienen y le dan (matan) a uno”.

Un viaje sin retorno

“Cuando la violencia llegó nos tocó dejar todo e irnos a la ciudad. Nunca nos imaginamos que el desplazamiento iba a ser un viaje sin retorno, sin punto de llegada. Nos movemos, pero no avanzamos. Mirándolo en perspectiva, hemos estado en tres “lugares” durante este viaje — la violencia allá en el campo antes de salir, la miseria de los barrios de invasión cuando nos desplazamos, y el insomnio — ahora que hemos regresado a lo que fue nuestro hogar. Uno nunca deja de ser “desplazado”. Es una marca, una forma de vida”, comenta un afectado por la violencia. El desplazado sabe que cuando emprende el camino de ida, algo sustancial cambiará en su vida, que nunca volverá a ser el mismo, aun cuando regrese a casa.

A estos hacedores silenciosos de la paz, que prefirieron el éxodo antes de entrar en la lógica de vivir o morir en campos sembrados de terror y desesperanza, se les carga con la pesada cruz de la marginación y la estigmatización. Además de la frustración, la depresión, la baja autoestima y el desconsuelo por encontrarse en un contexto que les es desconocido, deben sentir el rechazo de la sociedad civil. Muchas personas los tildan de ladrones, y algunos intentan aprovecharse de su situación para dar lastima y conseguir lo que quieren. Mientras tanto, el Estado solo los recuerda en época de elecciones, “a mí el Estado no me ha ayudado con prácticamente nada. Los únicos que me han ayudado son la Cruz Roja Internacional, y solo me ayudaron con unos mercaditos cuando salí”, comenta Benjamín. Millones de pesos se destinan cada año a la compra de armamentos y al aprovisionamiento del Ejército, y los escasos fondos consignados a los programas de ayudas como la vivienda, la salud o la educación, son desviados para otros fines.

¿Quién les devuelve la tranquilidad a los hombres y mujeres que vieron desde la impotencia cómo cambiaba el grito de monte que aprendieron de sus antepasados por el grito de la muerte impregnado en la memoria como un eco que no termina? ¿Quién le explica a los niños y niñas hacinados en minúsculos rincones urbanos de los barrios de invasión de Villavicencio, qué pasó con el río, la casa, la escuela, las frutas y las flores? ¿Qué explicación podemos dar a los abuelos que enmudecieron con la tristeza profunda que les dejó la imagen de su pueblo abandonado y destruido? Durante más de cuarenta años, la guerra ha dejado y deja un daño inmenso y casi irreparable.

(Continuará)

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