Sánchez pide unidad, el PP responde con reproches

Mientras Pedro Sánchez insiste en dejar el clima fuera de la trinchera política, el PP responde con acusaciones de “cortina de humo” y rehúye la negociación.
Ester Muñoz, portavoz del PP. / RR SS.
Ester Muñoz, portavoz del PP. / RR SS.

La política española parece condenada a convertir en munición cualquier asunto que exija altura de miras. Ni siquiera una crisis devastadora como la de los incendios forestales de este verano, con más de 340.000 hectáreas arrasadas y miles de personas afectadas, ha logrado que Gobierno y oposición encuentren un terreno común. El presidente Pedro Sánchez planteó un pacto de Estado frente a la emergencia climática, convencido de que la magnitud del problema trasciende colores e ideologías. El Partido Popular, sin embargo, ha rechazado de plano la propuesta, acusando a La Moncloa de buscar un salvavidas político y de ideologizar una tragedia que requiere soluciones inmediatas.

El choque refleja dos concepciones distintas de lo que significa gobernar en tiempos de catástrofe. Para el Ejecutivo, el fuego no es un fenómeno aislado, sino la manifestación más brutal de un cambio climático que ya condiciona la seguridad, la economía y la vida cotidiana en España. De ahí la insistencia en forjar un pacto duradero, similar a los consensos alcanzados en otros momentos críticos de la historia democrática. El PP, por su parte, interpreta el movimiento como un gesto cosmético, una huida hacia adelante que busca encubrir la falta de medios y la respuesta tardía ante la emergencia. La propuesta, dicen, no apaga incendios ni da refugio a quienes han perdido sus casas.

Es cierto que la ciudadanía espera eficacia inmediata: más brigadas, más recursos, más soldados desplegados sobre el terreno. Pero reducir la crisis climática a un problema coyuntural de logística es, cuando menos, ingenuo. España arde cada verano con mayor virulencia, y los científicos repiten hasta el cansancio que las olas de calor extremas, la sequía persistente y la desertificación no son anécdotas, sino tendencias que configuran un nuevo escenario. Pretender afrontarlo únicamente con la gestión de la emergencia equivale a apagar un incendio con un vaso de agua.

La negativa del PP también destapa una paradoja política: las comunidades más afectadas por los fuegos —Castilla y León, Galicia, Extremadura— están gobernadas por los populares, que reclaman más ayuda estatal mientras rehúsan sentarse a diseñar un marco común. Al criticar a Sánchez por falta de medios, el PP reconoce de manera implícita que el desafío supera las competencias autonómicas. Sin embargo, cuando se trata de establecer una estrategia nacional, prefiere refugiarse en el cálculo electoral. La contradicción es evidente: se exige más músculo al Estado, pero se rechaza cualquier intento de articulación a largo plazo.

En el trasfondo late una batalla política más amplia. Sánchez busca reforzar su liderazgo en un contexto de crisis, presentándose como el estadista dispuesto a convocar al consenso frente a una amenaza global. El PP, en cambio, teme quedar atrapado en un acuerdo que refuerce al Gobierno y le deje sin margen de crítica. El resultado es un bloqueo que no perjudica a Moncloa ni a Génova, sino a los bosques, a los pueblos que arden y a las generaciones que heredarán un territorio cada vez más frágil.

El debate sobre el pacto climático recuerda demasiado al fracaso de otros intentos de consensuar políticas estructurales en España: la educación, la financiación autonómica, las pensiones. Siempre se antepone la rentabilidad política inmediata a la necesidad de reformas profundas. Mientras tanto, los incendios no esperan a que el Congreso se ponga de acuerdo. Ni tampoco el deshielo, ni la sequía, ni las lluvias torrenciales que cada año cobran vidas y destruyen infraestructuras.

Lo preocupante no es solo el rechazo del PP, sino la falta de una visión común que trascienda la legislatura. La Ley de Cambio Climático, aprobada en 2022, se queda corta sin una planificación real de recursos, anticipación y refuerzo de servicios públicos. Los presupuestos prorrogados, otro síntoma de parálisis, agravan la precariedad de un sistema que depende demasiado de la heroicidad de bomberos, brigadistas y voluntarios. Hablar de pacto no es un gesto vacío: es el reconocimiento de que el clima ha dejado de ser un asunto ambiental para convertirse en un desafío nacional de primer orden.

España arde mientras la política se quema a sí misma en la hoguera de la confrontación. La pregunta no es si habrá un pacto, sino cuántos veranos devastadores tendrán que repetirse para que lo haya. Quizá la respuesta llegue demasiado tarde, cuando el país descubra que la verdadera cortina de humo no era la de Sánchez, sino la del negacionismo político que se niega a mirar de frente el incendio del futuro. @mundiario

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