Sánchez y Junqueras, cara a cara: la apuesta del presidente para salvar la legislatura
La decisión de Pedro Sánchez de recibir a Oriol Junqueras en La Moncloa marca un antes y un después en esta legislatura. La foto, inédita desde la salida de prisión del líder de ERC tras el indulto concedido por el procés, supone una maniobra política calculada cuando la legislatura parece estar al límite: el presidente del Gobierno asume que su continuidad pasa por recomponer una mayoría erosionada por los graves escándalos de corrupción y las denuncias por acoso sexual en el entorno del PSOE y del Ejecutivo.
La llamada entre ambos líderes de este fin de semana y el anuncio posterior de una ronda de encuentros con los socios de investidura evidencian que Sánchez ya no se limita a resistir; intenta rearmar políticamente su mandato. Los republicanos ha conseguido que el presidente se siente y escuche a quienes hicieron posible su investidura tras perder las elecciones generales de 2023. En términos políticos, una admisión implícita de vulnerabilidad porque las medidas anunciadas para encauzar la legislatura no parecen satisfacer a sus aliados.
El encuentro con Junqueras tiene una doble lectura. Por un lado, refleja la debilidad del jefe del Ejecutivo, dispuesto a asumir un coste simbólico elevado al recibir en la sede de la presidencia a una de las figuras centrales del procés. Pero también confirma que sus socios tampoco desean precipitar un final abrupto de la legislatura. Si ERC creyera inevitable o conveniente la caída del Gobierno, difícilmente habría promovido este deshielo al más alto nivel.
El contenido de la negociación será tan relevante como el gesto. Los republicanos ya han avanzado que exigirán avances concretos en los compromisos con Cataluña, desde la financiación singular hasta una agenda de “democratización” institucional. La posición expresada por el portavoz parlamentario Gabriel Rufián —reconociendo dudas, incomodidad y un desgaste evidente— resume bien el dilema de los socios: sostener a Sánchez para evitar un Gobierno del PP con Vox o marcar distancias para no asumir el coste reputacional de los escándalos.
Los socios ven al Gobierno en el alero
Junts, por su parte, ha optado por una estrategia distinta: aprovechar la debilidad del presidente para maximizar concesiones. Su propuesta de “hacer piña” catalana en Madrid no busca estabilizar la legislatura, sino extraer el mayor rédito posible en un momento que califican de “debilidad histórica” del Gobierno central. La ruptura previa con el PSOE y el escepticismo ante los nuevos gestos de Sánchez indican que la reconstrucción de esa relación será, como mínimo, incierta.
La presión no llega solo desde el independentismo catalán. El PNV ha elevado el tono, con voces como la del exlehendakari Iñigo Urkullu calificando la situación de “insostenible”, mientras negocia a contrarreloj transferencias de competencias pendientes. A la izquierda del PSOE, Sumar reclama una remodelación profunda que Sánchez rechaza, y Podemos da por amortizado al Ejecutivo, al que considera políticamente “muerto”. El presidente, sin embargo, ha optado por la continuidad: descarta cambios de calado en el Gobierno y reafirma su intención de agotar la legislatura.
En este contexto, la ronda de consultas anunciada para principios de año se convierte en una prueba de resistencia. Para Sánchez, será el termómetro real de si aún dispone de una mayoría funcional o solo de una suma precaria sostenida por el miedo a la alternativa. Para sus socios, una oportunidad de medir hasta dónde está dispuesto a llegar el presidente para seguir.
El cara a cara con Junqueras simboliza, en última instancia, el estado actual de la legislatura: un equilibrio inestable en el que nadie parece plenamente satisfecho, pero casi todos temen el escenario posterior. La pregunta ya no es solo si Sánchez puede aguantar dos años más, sino a qué precio político y con qué grado de desgaste para quienes decidan sostenerlo. @mundiario



