El PSOE colapsa entre el desconcierto, la desafección y la sospecha
Durante años, Pedro Sánchez construyó su liderazgo sobre un modelo centralizado, casi presidencialista, que minimizó las voces críticas del PSOE y reforzó su control a través de una reducida guardia de confianza. Esta fórmula, que le sirvió para resistir vendavales internos y conquistar el poder, muestra ahora sus límites más dolorosos: la soledad del líder en la tormenta y un partido que se siente traicionado por aquellos a quienes él mismo empoderó.
El caso de Santos Cerdán, secretario de Organización y hombre clave en Ferraz, es el mejor ejemplo del modelo Sánchez: un poder delegado sin contrapesos, sin debate y sin una red de control interno capaz de detectar y frenar comportamientos potencialmente corruptos. Cerdán, antes un colaborador leal de Ábalos, ha acabado envuelto en un escándalo que huele a descomposición institucional. Las grabaciones, las conversaciones vulgares y las presuntas mordidas a cambio de contratos públicos han sido un puñetazo directo en el estómago del PSOE, que se define desde 2021 como "feminista" y éticamente irreprochable.
La indignación dentro del partido es palpable. Lo demuestran testimonios como el de María Chivite, rota emocionalmente, o el de Carlos Martínez, que anticipa una posible debacle electoral en Castilla y León. En apenas días, la fe en la cúpula se ha evaporado. La moral está por los suelos, y los cuadros medios ya no esconden su hartazgo: se sienten utilizados, engañados y abandonados por un presidente que no escucha, no da la cara y se refugia, una vez más, en la finca de Quintos de Mora mientras el partido arde.
El desconcierto es aún mayor cuando se constata que Sánchez ni siquiera mantiene un canal de comunicación directo con los barones territoriales. En plena crisis, no hubo llamadas, ni mensajes, ni instrucciones claras. Solo silencio. Un silencio que muchos interpretan como desprecio, otros como incapacidad para afrontar las consecuencias de sus propias decisiones. Porque fue Sánchez quien aupó a Ábalos, quien le mantuvo pese a las señales de alarma, y quien después entregó el control total del partido a Santos Cerdán, sin fiscalización ni debate interno.
Hoy, ambos son símbolos del ocaso. Ábalos, ya en el Grupo Mixto tras negarse a entregar el acta, podría tener pronto como compañero al propio Cerdán si este incumple su promesa de dimitir. Esa imagen —dos exnúmeros tres del PSOE, cesados en desgracia, convertidos en tránsfugas y causantes del mayor escándalo interno del partido en décadas— sería devastadora. No solo para la marca PSOE, sino para la estabilidad misma del Gobierno.
El temor a una posible financiación ilegal, aún sin pruebas firmes, planea como una nube tóxica. La auditoría externa anunciada por Sánchez es un intento de frenar esa sospecha, pero llega tarde y con la credibilidad erosionada. Si se confirmara siquiera parcialmente, el daño sería irreversible. El partido se asoma entonces no solo al descrédito, sino al abismo judicial.
Y mientras tanto, se enciende un debate que parecía superado: ¿debe dimitir Pedro Sánchez? Algunos líderes territoriales lo plantean ya sin ambages. La idea de adelantar elecciones, como defendió en su momento Emiliano García-Page, cobra fuerza entre los cuadros intermedios, que ven en el adelanto una vía para contener la sangría institucional y recuperar algo de dignidad política antes de que la descomposición sea total.
El PSOE, que hace apenas unos años vivía su particular resurrección bajo el mantra del “no es no”, se ha convertido hoy en un partido sin rumbo, con una militancia paralizada y una dirección en estado de shock. Lejos de ser el motor del cambio progresista, es ahora un ejemplo del desgaste que provoca gobernar sin red, sin crítica y sin partido. Porque eso es, en esencia, lo que ha ocurrido: Sánchez dejó de considerar al PSOE como una organización política y lo trató como un instrumento personal. Esa instrumentalización, a la larga, ha generado una cadena de errores y negligencias que explican por qué la actual crisis no es un simple accidente, sino el resultado previsible de una gestión vertical y opaca.
Pedro Sánchez ha dejado de ser el líder incuestionado. Y el PSOE, salvo reacción inmediata, corre el riesgo de convertirse en una fuerza testimonial, dividida y ajena a los valores que en otro tiempo defendió. La regeneración no será posible sin un cambio profundo de cultura política interna, sin rendición de cuentas real y sin abrir el debate que Sánchez lleva años evitando.
La pregunta ya no es si el PSOE sangra por la herida. Es si sobrevivirá a la hemorragia. @mundiario




